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sábado, 3 de marzo de 2012

Una voluntad de hierro

Desde hacía años era algo más que un capricho, y el día que la vi en Gómez del Moral intuí que, tarde o temprano, sería mía. Si no ella... una hermana gemela suya.

Era una bicicleta de las de toda la vida, con su luz, su cestita y su muelle sobre la rueda de detrás para enganchar una de esas carpetas de cartón azul de toda la vida. Una bici de las de antes, vamos.

No era BH, ni Orbea... ni de ninguna otra marca que me resultara conocida, ni tenía dibujadas florecitas, ni el diseño era de esos pastelosos tipo "Sara Kay". Pero iba bien conmigo: la cesta era grande como para que cupiera el maletón que casi siempre me acompaña, el sillín como el de mi BH de hace treinta años (no de estos modernos que se te clavan en todos lados), el manillar el de toda la vida... y para colmo era alamedosa, como yo, color Alameda de Hércules y recién montada en la calle Calatrava, al borde mismo del paseo y a dos pasos de San Lorenzo, de San Vicente y de San Antonio.

No la reservé en el momento. Quería ver otras bicis por otro lado... aunque, de mí pa tí, ya había hecho la elección.

Iba a estar en casa el día 6 de Enero. Era mi único regalo de Reyes. Una bici... es una bici. Pero Sus Majestades tardaron algo más, porque se agotaron en la tienda minutos antes de que llamara para reservarla.

El trece de Enero pasado, Viernes, tocaba pastoreo en la calle Santa Ana, muy cerquita de La Alameda. En mi casa de Hermandad de la Pastora de San Antonio se celebraba Cabildo de Elecciones a Hermano Mayor y Junta. Servidora había pedido relevo de la mesa en la que intentaba ayudar un poco para estirar un poco las piernas y hacer una llamada a la Fuente de las Palomas, que como mis paisanos saben está en la otra punta de la ciudad, y decirle a mi gente que no me esperaran despiertos, que me quedaba para rato en San Lorenzo, que no se asustaran y que ya llegaría. Que el Viernes es sagrado y si hay pastoreo en San Lorenzo, más.

En el teléfono, silenciado -como mandan los cánones en esas ocasiones- había una llamada perdida de un número que no identifiqué en principio. Llamé. Eran como las ocho de la noche. Mi bicicleta ya había llegado a Gómez del Moral. Estaba allí... a dos pasos de la calle Santa Ana, en la Alameda de Hércules, en el catorce de la calle Calatrava. La tenían que tunear un poquillo para poder llevármela al Aljarafe y para esa cueste"cita" tan mona que hay a la salida del paseo Marqués de Contadero... que tiene migas la cuestecita... así que, aunque me podía la curiosidad y estaba a dos pasos, mi bici -ahora sí: MI bici- se quedó allí hasta el siguiente Miércoles.

A partir de entonces, sé lo que es ir por Sevilla sobre ruedas. Sobre ruedas propias... sin el incordio de tener que revisar bicicleta por bicicleta de las de SEVICI hasta encontrar -cuando las encontraba- alguna que no estuviera rota, sin tener que parar cada dos por tres para anclar y desanclar "la borrica"... sin tener que ir sin frenos, sin luces o con el sillín en tenguerengue.

No es por nada... pero la bici lo aguanta todo. Y es preciosa... color Alameda de Hércules. ¿Os había dicho ya que tiene el mismo color que La Alameda?. Pues tiene el mismísimo color del pavimento del paseo... Y se integra a la perfección con el entorno cuando la dejo aparcada en los bicicleteros que ha puesto el Ayuntamiento a la altura del parquecito de los columpios. Se debe haber aprendido el camino desde la Fuente de las Palomas a la Alameda, pasando por La Gavidia, San Lorenzo, San Vicente, la Placita de San Antonio y la calle Santa Ana, porque cuando tiro para allá parece que va sola... y cuando quiero tirar para otro sitio, casi casi puedo percibir como se rebela: "¡¡Oye... pero a dónde me llevas?!!, ¡¡¿Desde cuándo hemos tirado tú y yo pal barrio del avecrem?!!".

Sin embargo, en la calle Fresa, por más que está al lado justo de Calatrava, lindando con el paseo casi, debía de parecer demasiado clara, más en la oscuridad de la noche... Demasiado clara, demasiado nueva... con cestita, con luces... Demasiado para el body de un colgao que pasó por allí el pasado Miércoles, no con muy buenas intenciones, como de las nueve y cinco que salí de la clase de Manuel Imán, en La Caja Negra, a las once y pico que debí regresar de tomarme con los compañeros mi tapa de "pollo barnizao" en El Pimiento. Al menos eso es lo que dijeron los dos agentes que me vinieron a socorrer desde la comisaría cuando vieron la barra antirrobos hecha un Cristo... que más parecía una cucharilla de las de Uri Gueler que una barra de acero galvanizado.

El caso es que cuando entré al callejón, vi a un individuo que no me dio del todo confianza cerca del bicicletero, que en principio estimé vendría buscando escombros o chatarra de la obra de atrás. "Uffff... ándate con cuidado con éste", me dije.

Cuando llegué, vi que en la mano llevaba un serrucho. Cuando me vio se marchó, con parsimonia, casi al mismo tiempo de que yo comprobara que la "chatarra" que andaba buscando no estaba precisamente en la obra... 

Casi me dio un síncope. En ese momento pensé volver corriendo al Pimiento, a buscar a alguno de los compañeros... pero... ¿cómo iba a dejar allí la bicicleta, con la barra medio rota y mi amigo el del serrucho a la vuelta de la esquina?. Pensé en salir corriendo... meter la llave y salir corriendo con la bici... pero... ¿y si el nota me está esperando en la boca de la calle?. En ese momento, de verdad que no sabes qué hacer. La impotencia más castrante, el miedo, la sensación de desamparo, de "me ha tocado a mí".... son aplastantes.

Como pude, desde el callejón llamé a dos o tres transeuntes que pasaban justo por la boca de la calle, por Calatrava en dirección Barqueta. No sabía qué decirles... No coordinaba. Ellos se asustaron quizá más que yo, pues la expresión que yo entonces debía de tener bien podría compararse a la de cualquier colgado de los que roban bicicletas o atracan a quien se le pone a tiro en cualquier callejón.

"Miren ustedes... ¿pueden venir?... ¿pueden acercarse?... Por favor, ¿pueden ustedes venir?". Como pude, en un ramalazo de coordinación, de la poca coordinación que me quedaba, logré decir: "Me han forzado la bici". Después, ya en compañía, me debí tranquilizar un poco, al menos para explicarles que lo que quería era que me acompañaran hasta la esquina de Vib Arragel porque me daba miedo salir sola con la bici, vistas las circunstancias, hasta la Barqueta.

En presencia de mis primeros ángeles de la guarda, metí, con la mano temblando, la llave en la cerradura de la "u". Bueno... de la "u" que para entonces me la habían dejado hecha una "uve doble mal garabateá". La llave no entró. Ni con mi pulso tembloroso ni con el de uno de mis axiliadores, más sereno. La barra había sido de tal manera forzada que no funcionaba la cerradura. Desconozco con qué y cómo lo hicieron... pero daba miedo ver el estado en que había quedado. Y era acero macizo. 

Mi desorientación en aquellos momentos era mayúscula. Ni sabía lo que hacer ni tenía asiento para hacer nada... Fueron estas tres personas las que me acompañaron a la rampa de la Comisaría de policía de la Alameda, y allí ya, como pude, le dije al primer agente que me encontré, pisándome la lengua de pura desesperación: "Que m'han intentao robá la bicicleta ahí en la calle 'Freza', que no la puedo zacá, que'r tío ejhtá por ahí merodeando a ve zi pué vorvbé a terminá de romperme la cadena y llevarzela der tó".

Tengo que agradecer el trato recibido por la Policía, que en todo momento me trató, más que bien, mejor. En seguida dos agentes en moto se dirigieron conmigo al lugar de los hechos, viendo el estropicio que habían hecho con mi bici y con el amarre antirrobo, que verdaderamente había cumplido bien su trabajo.

Una hora y algo se pasaron dos agentes primero, que luego fueron auxiliados por otros dos más, intentando terminar de romper la barra para poder sacar la bicicleta del bicicletero de la calle Fresa. Una hora y algo, casi una hora y media quizá... sin explicarse cómo el "choro", que así es como ellos llaman coloquialmente a esos amantes de lo ajeno que, amparados por una justicia que es de todo menos eso: JUSTICIA, cada vez proliferan más en nuestra ciudad, había podido doblar aquello que parecía ser lo más duro del mundo.

"¿Dónde te has comprado la cadena, hija?", me decían. "Pues donde te la hayas comprado... cómprate una igual, no lo dudes". Aquello no cedía con nada, ni con esa especie de alicates gigantes que según me dijeron intervinieron a otro "choro", ni con un martillo y un cincel... Incluso llegaron a dudar que fuera posible serrarlo con un serrucho. A estas de hoy, Sábado 4 de Marzo, le debo el tener bici aún a la calidad de la barra antirrobos que me vendieron en Gómez del Moral el día que me llevé la bicicleta. Lo digo por si alguno por ahí tiene la burra amarrada a las pitones esas antiguas... que sepan que si pasa el chorizo de turno con ganas de fiesta eso se lo meriendan en segundos, según me contaban los policías.

Después de hora y media casi de trabajo, y de poner buen humor al asunto para que me tranquilizara un poco, entre los cuatro agentes lograron romper del todo la barra, y sacar la bici de la calle Fresa, ante el alivio del camión de la basura, que tuvo que esperar lo suyo también, y el alivio -a medias- mío, que todavía no había entrado en mí. Tal y como la sacaron, volvimos a la comisaría, pusimos el sillín en su sitio y, escoltada por los dos agentes que me atendieron, volví pedaleando hasta la Fuente de las Palomas. No sé cuánto hay medido en pedaladas, pero un trecho importante. Eran más de la una y media de la noche. Yo me levanto todas las mañanas a las cinco y media de la madrugada para ir a trabajar. Estaba temblona... tanto que se me iba la bici. Si apenas tenía equilibrio para mantenerme depié, ¿cómo iba a mantenerme en la bici?.

La bici, como no tenía cadena para amarrarla, he tenido que subirla a mi piso. Ahí está, toda magullada, llena de rasguños y arañazos... los que el "choro" le debió hacer intentando birlármela y los que los agentes tuvieron que propinarle intentando salvarla de las garras del "choro", que con más probabilidad de la deseable seguro hubiera vuelto a terminar su trabajo... Ahí la tengo, en la entrada, quieta...

Le he comprado otra "u", no igual, sino mejor. Se la compré ayer en Gómez del Moral, en la Alameda. Pero resulta que es tan buena la "u" y tiene tanto predicamento que hay que registrarla por Internet y todo, con la marca de la bicicleta, el modelo, el distribuidor... ¡Y yo no sé el modelo de mi bicicleta y la marca!. Así que, hasta el Lunes que vuelva a abrir Gómez del Moral y pregunte... no la saco. Que hay muchos "choros" por ahí y me hace mucha falta mi bici. Que de la Fuente de las Palomas a la Alameda de Hércules, a San Lorenzo, a San Antonio y a la calle San Vicente hay hora y media en TUSSAM, cerca de los diez leros en taxi (cuando no más) y una auténtica aventura en SEVICI.

Y hay que ver... que hoy estoy aquí, totalmente echa un ocho... parecido al estado en que quedó la antigua barra que salvó a mi bici... sin querer salir a ningún sitio... Con el cuerpo todavía temblón y una indignación que se podría cortar... con el serrucho de mi amigo el de la Alameda de Hércules... sin ganas de nada... y sin poder sacar la bici.

Y me llama una hermana de la Hermandad, que también es "del extrangero" (vamos... que las dos vivimos más p'allá de la Plaza de La Gavidia), y me dice que le cuesta ir a la Hermandad viviendo tan lejos. Que yo, que aún viviendo en la Fuente de las Palomas, voy cada semana hasta allá, hasta San Lorenzo, voy porque tengo una voluntad de hierro.

Sí, señora... cierto. Yo tengo una voluntad de hierro... que me lleva casi todos los días a San Lorenzo, a La Alameda... A la calle San Vicente o la Plaza de La Gavidia. Una voluntad de hierro... sí... Pero hoy la tengo en casa, magullada, arañada toda y seguramente con el susto en el cuerpo (porque seguramente hasta siente y todo). En su cuerpo de hierro, color Alameda de Hércules.

La otra, la que tenía desde antes de las elecciones de la Pastora... que también es color Alameda de Hércules, y de vez en cuando me llama a perderme Gavidia adentro... no sé si es de hierro... pero desde hace tres días está también magullada, arañada toda... echa un ocho... asustada e indignada.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Distinto

Lo querían matar
los iguales,
porque era distinto.
Si veis un pájaro distinto,
tiradlo;
si veis un monte distinto,
caedlo;
si veis un camino distinto,
cortadlo;
si veis una rosa distinta,
deshojadla;
si veis un río distinto,
cegadlo.
si veis a un hombre distinto,
matadlo.
Y el sol y la luna
dando en lo distinto?
Altura, olor, largor, frescura, cantar, vivir
distinto
de lo distinto;
lo que seas, que eres
distinto
(monte, camino, rosa, río, pájaro, hombre):
si te descubren los iguales,
huye a mí,
ven a mi ser, mi frente, mi corazón distinto.


Juan Ramón Jiménez


3 de Diciembre de 2011
DÍA DE LAS PERSONAS CON DISCAPACIDAD




(a mis compañeros con y sin discapacidad de Paz y Bien-Santiponce)

sábado, 19 de noviembre de 2011

A las siete y cuarto



Y yo que siempre solía decir que iba con la hora justa, la exacta... Justo por el reloj de la torre de San Lorenzo. Yo que fijaba el meridiano del mundo donde se asienta el de mi propio universo... Y le ha dado por pararse a las siete y cuarto.

Y digo yo... Si San Lorenzo es el corazón de Sevilla, y el reloj en la torre marcaba los pulsos del corazón de San Lorenzo... ¿Qué va a ser ahora de la ciudad entera?. ¿Se ha parado el tiempo en Sevilla?. ¿O sólo en San Lorenzo?. ¿Se habrá quedado Sevilla sin corazón?. ¿Y los lubricanes?. ¿Quién sabe ahora cuánto duran los lubricanes?. ¿Qué compás han de seguir los atardeceres, Otoños presurosos de cada día?.

Y no sé si es el golpe de calendario, o fue el mini-incendio de La Bofetá de hace unos meses... o simplemente un punto de cordura sobre la "i" de este mundo loco, que siempre va corriendo y corre a ninguna parte.

Sólo sé que desde hace tiempo, no sé muy bien cuánto, cada vez que miro al cielo, la Mora Cristiana marca, impertérrita, irremediable, las siete y cuarto.

Yo también quisiera, vieja torre, alminar de la tarde, detenerme un momento en el tiempo, dejar correr a la gente a mi alrededor, escapar del Siglo y de los siglos, y del tiempo todo. Te miro, pues, y no sé si se me inunda el alma de nostalgia o de deseo, de pena o de cierta envidia.

Deseo de escapar para quedarme, de volar lejos para llegar a estar cerca, de parar para no sentir esta inútil sensación de tiempo huero, ajeno, alienado. Nostalgia de miradas hacia el cielo, partido por dos mitades desde la mitad de Cardenal Espínola, un poco más allá de las Capuchinas. Envidia de quien puede volverse ajeno al tiempo que desconoce, que ya no reconoce ni le afecta. Y pena... pena de tiempo muerto, el tuyo y el mío: el tuyo porque paró, el mío porque ya no me pertenece.

Y te miro, detenido el tiempo entre tus manos -entre tus manillas, digo- y quisiera detener el tiempo de los de abajo, transeúntes de la Plaza... De la vida.

Y me dicen los que saben que tengo la cabeza a las tres de la tarde.

No... La tengo justa, exactamente, a las siete y cuarto.

viernes, 28 de octubre de 2011

Te regalo...

Te regalo un trozo de vida que no viví (tú sí), un sonido flotando en el universo atemporal de las evocaciones. Un espejismo de proyectos rotos. Tu antigua casa. La casilla de los locos.

Te regalo una canción, sin voz, como tú; olvidada por todos... o por casi todos, como tú. Bueno... como tú… y como yo. Tu canción. Nuestra canción. Mi canción preferida. ¿Sabías que es mi canción preferida?. Yo también la he escuchado hasta la saciedad... en un disco. Sí... me acuerdo que el disco me lo compré con lo que me pagó una turista francesa por una clase de Sevillanas que le di en una habitación de hotel en el Barrio de Santa Cruz.

Te regalo este trozo de algo que ni siquiera me atrevo a definir, porque no lo conozco. Hace años que sabía que esto fue, que pasó, que ocurrió cerca del suelo que piso cada día, en mi misma ciudad, mucho antes que Mobile, que Danzaterapia, que la fiebre de la integración, de la inclusión, de la autogestión y de su puñetera madre. Antes de la sutileza. Antes de que yo tuviera siquiera noticia de que esto existía.

He buscado este video antiguo, caótico quizá -medio borrado de años- por cielo, mar y tierra. Ayer lo encontró un amigo y me lo pasó... y me acordé de ti. ¿Te acuerdas tú de estos?. ¿Estabas allí?. Estabas allí, ¿verdad?. ¿Sonaban tan bien como me suenan a mí?. Ese piano... ¿sonaba de verdad, o no...?. ¿Photoshop?, ¿Videoshop?, ¿Teclashop?... O Síndrome Marinelli (dos docenas de dedos en cada mano... Probrecito... nació ya así y sin remedio, y no lo iba a tirar la madre al cubo de la basura. Sobre todo porque tenía la mujer a dos iguales y el delito iba a ser por duplicado. Además, que tiene que haber de todo en la viña del Señor, ¿o no?).

Pero tú... ¿estabas de verdad allí?. ¿Tú?. ¿A ti... te gustaba toda esa música?. ¿Tú... rockero?... ¡Anda ya!. Tú no. Tú, el "abuelo" del taller, tú tranquilo, absorto en tus largos paseos, aspirando sólo a tomarte un café de máquina en el pueblo con las cuatro perras que te da la gobernanta. Estás demasiado cargado de años, demasiado doblado. Más quemao que la pipa de un indio, que la Exposición Sevillana y el Pabellón aquel de la Expo. Más quemao que tú mismo, abuelo... más quemao que tú, por no decir más que yo.

Claro... que... pensándolo bien, esto fue en el 84, ¿no?... Entonces yo estaba haciendo la Comunión en el Corpus Christi, no sabía dónde estaba San Lorenzo, menos La Alameda (uuuuhhh, lagarto, lagarto... que entonces sí que tenía sentido aquello de "no niego que te he querío"). Sevilla, para mí, terminaba en la puerta del Corte Inglés que daba a La Gavidia (que en realidad no daba a La Gavidia, sino a La Concordia). Escuchaba a Parchís, Enrique y Ana y al mormón ese que cantaba con los Pitufos. ¿Sabes?... entonces yo no sabía bailar ni las Sevillanas. Y tú... tú podías tener chispa más o menos la misma edad que el de los teclados... el chico, el que murió. Echando esos cálculos... Más raro es que lo flipe yo, que no que lo flipes tú.

Te regalo lo que me regalaron ayer. Sabe Dios quién y dónde lo encontró. Quién lo grabó en su día... tú sabes dónde.

No te preocupes... ya sé que no eres el trabajador de la semana. Si hubieras estado fuera probablemente ya te habrías jubilado, o serías uno de esos funcionarios -quemadísimos- del "vuelva usted mañana". Pero da igual... te lo regalo. No es un premio, no tienes que ganar nada. Es un regalo. Porque sí, macho... porque sé que te gusta. Que te he quincao, que cuando los pincho en clase para los de la Danza te escaqueas del taller y te acercas a escucharlos.

Toma, pa' ti. Disfrútalo y que te cunda, tío. Te lo regalo.

Pero dime: Tú... de verdad... ¿estuviste allí?.



Alameda, 1984
Festival SALTA LA TAPIA, en el antiguo Hospital Psiquiátrico de Miraflores (Sevilla)

sábado, 25 de junio de 2011

Feliz Navidad

No… no me he equivocado de fecha. Bien podrían estos calores de Sevilla haberme reblandecido las ideas, y haber perdido norte y sur del día en que vivo. Pero no… sabes que no.

De más sabes a qué me refiero…


Hace más de un mes que me llevas preguntando en qué cae el día de la última actuación.

Hace más de un mes que los Viernes se te notaban los ojos perdidos. Que de vez en cuando la formabas en los ensayos, y que no dejabas de hablar de sitios que sólo conozco en tu voz.

Hace más de un mes que llevas esperando la víspera del  Corpus como agua de Mayo en Junio.

El Martes tuvimos el último bolo del curso. El Miércoles, fiestuki y maleta. El Jueves, a casa… ya no se te puede pedir más.

Es curioso cómo a veces, distancias que parecen cortas, se sienten como enormes abismos de espacio y tiempo, más que otras que se presumen más largas. ¿A cuánto puede estar Huelva de Sevilla?. ¿A cuánto de cualquier pueblecito del Aljarafe?. ¿A cuánto puede estar tu Navidad, de mi Alameda de Hércules?. Cualquiera diría que en una hora y cuarto iba apañado y de sobra. Para ti, la distancia dura meses largos, todos los barrios de Sevilla y dos o tres poblaciones ribereñas. Supongo que te has acostumbrado ya, pero tus ojos, los Viernes que te toca escapada, no me dejan creerlo del todo.

Pocas cosas debe haber más duras que vivir, por causas ajenas a tu voluntad, lejos del terruño que te da vida. Todos tenemos uno. Hasta Francesco, que decía que iba de paso por la vida, como todos los locos bohemios que han salpicado la historia de la humanidad, tenía su patria chica, su porciúncula, su pedacito. Y Don Bosco, dicen en el arrabal de San Antonio, soñaba por las noches con Valdocco, su barrio. Juan Ramón con Moguer, y Alberti con el mar.

A ti, te tocó nacer en Navidad. Y por lo que cuentan en los periódicos de tu ciudad no debe ser ninguna maravilla, pero es tu barrio, tu ciudad, tu pequeño terruño. Tu tierra sin promisión, perdida y jamás recobrada, reencontrada, a veces, una semana en Navidad, dos en Verano y, alguna vez, días sueltos en Semana Santa.

No conozco tu barrio… sino por tu boca. Miento: también por algunas líneas que han salido a mi encuentro sin quererlo en alguna página de sucesos del Odiel, o de Huelva Información, encontradas por casualidad mientras que buscaba la crónica de nuestro bolo en la UHU (qué nerviosa te pusiste), o el último concierto de Alameda.

A Sevilla, no llega nunca nada de tu barrio. Lo sabes… ¿qué te voy a contar yo a ti?. Aquí se habla de las marismas cuando salen las carretas, del Colombino cuando los supercracks de la “superliga de las estrellas” están de vacaciones, de la Catedral y de la Concepción cuando a Canal Sur le conviene sacar santos en la tele, de la Casa Colón de vez en cuando y del Carrasquito de OT cuando vende sacar a un andaluz guapo en la tele. Como mucho, mucho, del polo químico cuando algún ecologista charao le mete mano al asunto… sabe Dios si con intención de hacer algo por la causa, por pasar el rato, o por llevárselo calentito también como el resto de politicuchos de turno. Pero de La Navidad… nada.

Quizá es por esta sociedad a medio globalizar, en la cuál Nueva York está más cerca de San Lorenzo que la Plaza de la Mata; tu barrio, a años luz de de mi Alameda; tu mundo interior, a insondables abismos del mío, muchas veces… más de las que quisiéramos las dos. Esta sociedad que, de vez en cuando, deja agujeros negros de los que sólo se acuerda muy de tarde en tarde, cuando pasa algo gordo -muy gordo- y nunca en horario “prime time”. Así es la vida (perdóname que no te lo ponga en francés, que queda más fino… pero ni tú lo vas a entender ni yo lo sé escribir).

Quizá por eso no sé casi nada de tu barrio. Tan sólo lo que me dicen a diario tus ojos cansados, tu baile lento de matrona gitana, esa sensibilidad tuya y esa sabiduría para darte cuenta -demasiado- de demasiadas cosas. Esas ganas de vivir, a veces truncadas en tu hondísima tristeza de “niña yuntera” de Hernández, y otras veces rebosante, chispeante de quien en realidad eres, aunque no te hayan dejado ser.

De verdad, que tan sólo eso conozco de tu barrio. Pero… ¿acaso necesito conocer algo más?. Es lo mismo de siempre. Los parias, mi querida compañera, hablamos el mismo dialecto aun cuando lo callamos, y en todas partes del mundo. Pobreza, falta de oportunidades, frustración, malos caminos tomados quizá por malas veredas, espejismos de ambrosías que empiezan con el morbo de lo prohibido y terminan en los escombros del ser y del estar, cadenas visibles e intangibles que atan a personas a las que se les privó del ejercicio de serlo demasiado pronto, o quizá no se les concedió nunca. Basura… Putrefacción de una sociedad que esconde su hediondez, pero sólo donde viste oler bien.

Hoy no hemos tenido ensayo. Ayer nos dejamos el alma a girones en el Salón de Múltiples de cualquier pueblecito perdido, en un bolo del que tampoco hablará ningún periódico de Sevilla ni de Huelva. La musa, y el trabajo de todos nosotros durante meses, quisieron que la Danza brotara en aquel recóndito lugar, tan nuestro, como una flor, con ese olor que sólo desprenden las flores de la libertad, asilvestradas por más que cuidadas, que se siembran en el alma, se riegan con las lágrimas de cada día y el sudor del trabajo diario y se dejan florecer a rayos lentos del mismo sol que brilla en mi tierra y en la tuya, lejos del calor artificial del invernadero y de la macroproducción en masa que en este tiempo parece arrasar con todo lo humano.

Te he buscado al salir de los talleres.

- “¿Y ‘mi’ choquera?, ¿Dónde está mi choquera?. ¿La han acercado ya a Plaza de Armas?”.

No te había visto en todo el día. El trabajo apremia. No hay tiempo para parar en toda la jornada. Tú, cuando no estás en los ensayos y clases de la Compañía, trabajas abajo. Yo, arriba. Te he dado un abrazo, que se me antoja hubiera sido más largo y más fuerte… si yo no fuera, como tú, tan mía, tan retraída, y no me costara tanto decir “amiga” aunque lo sienta. Bueno… y si el autocar no hubiera estado a punto de salir.

Y nada más… a éstas tú ya estarás en Huelva, probablemente en Navidad, probablemente contenta, radiante como niño con zapatos nuevos, en la Tierra Prometida, que no en el Paraíso.

Cuídate, descánsate (te pienso dar caña de España a partir de Septiembre y te necesito con fuerzas), dale las estampas de San Antonio que te guindé del Convento de mi Pastora a tu gente… en especial a ese que tú ya sabes… por lo tú que ya sabes también. Ensaya de vez en cuando, y acuérdate de la “güeso inrroíble” de ‘la’ de la Danza. Sé feliz…

Feliz Verano, amiga.


… Y Feliz Navidad.

martes, 31 de mayo de 2011

Un poema de Juan Ramón



Lo que Vos queráis, Señor.
Sea lo que Vos queráis.

Si queréis que entre las rosas
ría hacia los manantiales
resplandores de la vida,
sea lo que Vos queráis.

Si queréis que entre los cardos
sangre hacia las insondables
sombras de la noche eterna,
sea lo que Vos queráis.

Gracias si queréis que mire.
Gracias si queréis cegarme.
Gracias por todo y por nada.
Sea lo que Vos queráis.

Lo que Vos queráis, Señor.
Sea lo que Vos queráis.



Hoy le ha tocado a Juan Ramón...

Mañana le tocará a uno de mis compañeros. Al fin y al cabo, le tocará a toda la compañía. Me tocará a mí, que hoy he musitado entre danza y danza también éste poema, que mañana bailará uno de mis bailarines, sin saber muy bien si le hablaba a un Dios preconcebido o a Aquel otro inconcebible, inconceptuable, al que a veces me encomiendo.

Me llevo el año esperando como agua de mayo la próxima actuación... Cuando pasan y pasan meses sin un aviso, una llamada, un círculo de 'edding' rojo en el calendario, me desespero. Pero qué abismo insondable cuando llega. Qué salto al vacío tan enorme cada vez... y cada vez más.

Sé que no debería darle tanta importancia (¿o sí?), que no debería de "atacarme de los nervios" como me ataco, y que muchas de las incidencias que tanto me descolocan las provoco yo misma -el gran peso que siento en el alma es que las sufrimos en comandita- con mis torpes olvidos, fruto de mi nerviosismo o de mi agotamiento.

Sé que no debería ser tan puñetita -así, dicho a la sevillana manera- y debía dejarme caer en el valor demostrado de mi compañía, que para eso me lo demuestra día a día, trabajando... haciéndome vivir intensamente cada día. Que si algo falla -que no tiene por qué- fallará, y probablemente se saldrá del paso.

Que he pagado entradas de primeros teatros, y he hecho viajes, para ir a ver meter una gambada a más de uno de mis inalienables... y he salido del patio 'butacas flotando en sueños, con gambada incluida. Que a veces vale más un paso a traspiés en una danza que trasmina a humano, que el encorsetado movimiento perfectamente aprendido de tantos autómatas sin corazón, de esos que cada vez abundan más en esta profesión, y en esta sociedad enferma de informática, ofimática, domótica, robótica, y otras yerbas... que ya no saben oler ni siquiera.

Sé todo eso y mucho más... y aún así no puedo evitar sentirme en el vacío. Imagino que es congénito. Que nació conmigo y me moriré así. Así, no: peor. Peor cada día. Peor cada escenario. Cada actuación, más pequeña. O tal vez será que la Danza es cada vez más grande. O quizá sólo que yo soy cada vez más vieja.

... A saber.

Vicisitudes. Cambios de última hora. Un transporte que falla. ¿Por qué no tendré ya carné y utilitario?. Botones por pegar que no se pegarán. Un maillot y una falda "de refresco", por 'si aca'. Mil veces y mil veces más revisar cada detalle... y esa sensación, casi siempre constatada en el vestuario, lejos de casa y del estudio, de que se te ha olvidado algo. Tiritas, por si un zapato roza. Árnica con Romero, por si algo duele. Para el alma... ¿qué me llevo?... Dos sancionados que se nos caen del elenco (la madre que los... en qué líos me meten a veces). Un baile que lleva un suplente -ese crack "a lo Messi" al que a las últimas siempre acudes- ensayado de dos días. Nerrrrviossss. Salto al vacío, sin saber si esta vez la piscina estará llena o me daré de bruces con el fondo, ni cuántos se estrellarán o flotarán detrás de mí.

The show must go on. El espectáculo debe continuar, siempre. Por encima de mis miedos, de los sancionados, de los imprevistos, de los malos rollos, del corchete que se cae, de la cremallera que se parte justo antes de salir a escena, del audio que furula lo justo... cuando furula lo justo, de los escenarios sin espacio suficiente, de los vestuarios improvisados con un separador o un trapo colgao de un cordelito, de las asesinas escaleras de caracol, tan preciosas ellas... para subir en plano y relajadamente...

P’alante, como el tren de Alicante.

Mieeeerrrrda. Mucha, muchísima mierda.


... Sea lo que Vos queráis.

viernes, 25 de marzo de 2011

Merece la pena

         

Boceto para la coreografía IF YOU BELIEVE


            Mañana va a parecer un príncipe. Un faraón de Egipto con toda su magnificencia, aunque a él le sobra todo eso. Sólo le basta una buena canción para bucear en su propio “yo” y lograr comunicarse con él mismo y con el cosmos de lo no inteligible como ni usted ni yo (y eso que llevo décadas intentándolo) podríamos siquiera imaginar.

            Nació, inalienablemente, para bailar. La Danza es su vida. El movimiento su arma de libertad. La libertad, su única patria. Ama los caballos. No entiende por qué, pero el arte lo llama poderosamente. Se le abre el alma cuando escucha a Camarón, a Witney Houston o a Sergio Contreras, y en su carpeta guarda celosamente láminas con pinturas de Miguel Ángel, fotos de Danza y caballos… muchos caballos.

            Pudiera parecer, a simple vista, que vive aislado de lo que le rodea. Eso es lo que dijeron los médicos, los psicólogos, los pedagogos, los logopedas… en fin, todos esos profesionales que conocen a la perfección los patrones estándares de la conducta de las personas.

Pero mientras más lo observo, más convencida estoy de que su aislamiento es, más que un muro impuesto por el lastre inquebrantable de la discapacidad, una manera de alejarse del mundanal ruido de una sociedad que no va con él. Una manera de ser él mismo, sin aditamentos ni artificios. Un camino hacia su propio ser, desde el que sí puede ver y conversar con todo lo que le rodea. Con el cosmos, con la Naturaleza, con la Danza, con la Música y el tempo del mundo, conmigo y contigo, si sabemos y queremos escucharlo, y con el alma de los caballos. No es prosa lírica: yo lo he visto. Lo he visto con mis propios ojos hablar sin palabras con un caballo, y el caballo lo entendía, y le sonreía, y le amaba.

            Quizá es que la mayoría de las personas somos menos sensibles que los caballos, nos comemos más el tarro con tonterías y no sabemos, no queremos o algunos no podemos entender la cosmología de las cosas sencillas, necesarias, auténticas… y al que no comulga con ruedas de molino, le endilgamos el adjetivo.

            Hace tiempo que no intento que siga mis coreografías a pie de letra. Y a veces lo consigo sin intentarlo… pero ¿para qué?… si me encanta ver cómo las revienta. Si cuando las revienta las coreografías mejoran enteros. Nació libre sin remedio y sin propósito de enmienda. Ponerle trabas es perder algo de esa genialidad natural. Le doy cuatro ideas, que hacemos juntos. Luego lo dejo desarrollar. A veces no hace falta que se las dé: él me las birla directamente, sin pedir permiso. A veces es él el que me da ideas, que yo desarrollo en mis improvisaciones. A veces es un movimiento de alguno de los otros bailarines, o un paso concreto de un baile, que le llama la atención y embebe como una esponja, matizándolo con su forma esencial de moverse y de bailar, su técnica, su estilo, su idioma.

            Cuando baila, baila desde dentro, por necesidad vital, por instinto humano. No busca el aplauso, aunque cuando termina, una alegría inusitadamente penetrante lo embarga por completo, y, al comprender que tú también te sientes igual que él, su semblante se le ilumina, y a veces se acerca a ti, emocionado, a darte un abrazo.

Se ha producido el milagro. La habitación se transforma en un templo donde la Danza en estado puro no necesita altar ni mesa, porque lo inunda todo.

Quizá por eso, cuando me propuse hacerle otra nueva coreografía, escogí una pieza de música soul, de Witney Houston y Maria Carey, que habla de los milagros y posee la nobleza y la frescura de un caballo grande galopando libre con la crin al viento.

La coreografía, If you believe (Si tú lo crees), lleva ya va para dos años en repertorio. Se estrenó, como casi todo, en una ocasión pequeña, con un público pequeño, en petit comité y entre casi conocidos, en un pequeño escenario efímero, y con un presupuesto en indumentaria no ya pequeño, sino inexistente.

Es el día a día de una compañía de Danza que hace tiempo rehusó llamarse como tal para no perder sus señas de identidad como grupo de personas que bailan, que no maquinaria pesada para reproducir coreografías. Personas a las que, si no cribamos por grado de discapacidad, menos podemos éticamente cribar por el grado de posibilidades económicas. No sería ni justo, ni coherente, ni tendría ningún sentido, ni pedagógicamente ni desde el plano artístico. Hay poco, y son muchos… y los atrezzos se simplifican, se apañan y, si se pueden fabricar a mano, o reciclar atrezzos existentes ya, mejor que mejor.

Pero mañana vamos al Álvarez Quintero (puntero, puntero), convidados por otros compañeros de otra Compañía de Psicodanza, y hacía tiempo que queríamos darle un poco de color y de vistosidad al baile… Y dicen que la ocasión la pintan calva. Cuando te mira la diosa fortuna, en forma de providencial papel moneda, no puedes “dejarlo para luego”. Para luego, lo necesitarán otros, y ya no habrá ocasión ni opción de mejora.

Y así es que llevo una semana y pico de tienda en tienda, buscando telas, buscando lazos, cintas al bies, lentejuelas de colores, entretela... para hacer un milagro sobre el milagro.

Jornadas interminables, desde las seis y media de la mañana que salgo de mi casa hacia el trabajo hasta la hora en que Dios quisiera que encontrara lo que buscaba, y si no lo encontraba, había que dejar lo que fuera al día siguiente, de trabajo, de lo tuyo o de lo ajeno, porque esto urgía, y había que encontrarlo.

Haciendo bocetos en cualquier sitio, comiendo lo que podía, cuando podía y donde podía (adaptabilidad franciscana: comía como vestía y vestía como podía), faltando a las clases de la carrera de Danza, a las de Contemporáneo, a la reunión de la priostía de la Pastora, a las sesiones de electroterapia para la tendinitis del hombro… y postergándolo todo: viajes, compras, limpiezas a fondo, visitas a la biblioteca, reuniones de la tertulia literaria… TODO.

Al principio se te hace un mundo dejar de pensar y centrarte en ti, en tus responsabilidades, tus problemas, tus necesidades y tu manera de llevar las cosas “a tu manera”. Te sientes agobiada, asfixiada por la circunstancia y desplazada por la urgencia de cosas que nunca son para ti.

Pero, al cabo de un tiempo, merece la pena.

Como mi compañero de fatigas, creo que estoy aprendiendo a escapar del mundanal ruido de una sociedad que a mí también me da tres patadas en las costillas, aunque en no pocas ocasiones me encuentre aprisionada en la tela de araña de sus vanidades.

Una sociedad digital donde todos tenemos que tragar con ser o unos o ceros, para que al de al lado le suene todo de p.ost m.eridian. Una sociedad en que vales lo que crematísticamente puedan ganar contigo o a tu costa, y existes solo cuando a la sociedad le conviene y en la manera en que le conviene.

Hoy en día no se esconden las diferencias. Se ignoran, que es peor. Se camuflan, o simplemente se pasa de ellas. De las diferencias y de las personas que la tienen. Lo sé por experiencia. Lo he vivido mil veces en primera persona.

Quería ir a Jerez el pasado Sábado. Tenía que hacerlo para buscar un zapato de baile a la medida de mis cansados y maltrechos pies. Mis pies son la historia de otro milagro, si es que al amor, a la vocación, y a la providencia, se les puede llamar así. Nunca llegaré a saber cómo me enamoré de la Danza teniendo unos pies tan deformes, tan anchísimos y tan sensibles que cualquier cosa me hace polvo si no la planta, los dedos, si no el talón, si no el tobillo y si no el pie entero. El caso es que, con el pie tan difícil, me tengo que probar el zapato antes de llevármelo. En Sevilla no existe en almacén ninguno de los modelos del ancho, altura y largo que a mí, supuestamente, me hacen falta. Se vende poco, con lo cuál no se trae, y si se trae se trae apalabrado.

De camino, pensaba hacer algo de turismo. Caminar por las calles de Jerez y, ¿por qué no?, escuchar a Javier Ruibal y a Glazz en directo, que tocaban el pasado Sábado por aquellos lares.

Pero no… no fue el fin de semana pasado, porque el fin de semana pasado me lo pasé entero buscando telas para el traje de egipcio y corales para el Zorongo Gitano, que lo interpretan otros dos chavales de la Compañía.

Sigo sin poder ocuparme de encontrar unas zapatillas de punta, y de comprar ese maillot, de arreglar el cuarto del ordenador y el dormitorio, y de hacer limpieza en el ordenador.

Pero merece la pena.

Hoy mi cuerpo ya no da para más. A última hora de la tarde se terminaron los últimos retoques del traje de egipcio. La falda del Zorongo estaba cosida desde ayer. La pobre mía está ya más vencida que mi corazón, pero una noche más saldrá a escena y hará el apaño. Quedé en ir al centro a buscar unas licras, pero no me ha dado tiempo. Quizá mañana, en vez de buscar mis zapatillas de punta y un modelito para que no se me caigan las manos el Domingo de Ramos.

Vuelvo a casa. Estoy derrotada. Pero ya todo está preparado. Se hizo el milagro… de nuevo. Siempre pensé que la Danza, cuando nace en el alma, y cuando se expande por el viento, tiene algo de sobrenatural, de milagro.

Y sé que no habría habido milagro si no fuera por unas cuántas compañeras. Unas, han montado el traje en tres días, y en una semana de vértigo. Otras han tomado las riendas de las labores organizativas. Y otras han tranquilizado a los chavales (y a la coreógrafa de los chavales) contando chistes cuando los ensayos se hacían penosos y cansinos, y mis ojos parecían salirse de las órbitas, ya por el cansancio, ya por los nervios.

Más allá de San Isidoro del Campo, sé que está todo lo demás. El mundo que rechaza mi compañero autista. El de las academias de baile carísimas repletas de niñas bien que bailan por pasar el rato y de paso -de paso- se sacan la carrera de Danza, como el que se bebe una cerveza en el Gambrinus… por pasar el rato con la amigueta de turno. El de las puertas cerradas. El de las medias sonrisas y las palabras vacías en tibio tono de contestador automático. El de las palmaditas en la espalda. El del “vuelva usted mañana”. El de las monas que se disfrazan de seda o las disfrazan de seda. El mundo alineado y alienado en que pretende engarzarnos la sociedad en que nos ha tocado vivir.

La superficialidad de un ambiente al que quise pertenecer un día por amor a la Danza, y que con el tiempo y las vivencias adquiridas, se fue desnudando ante mí para dejar al aire sus vergüenzas, sus juegos de poder y su maquillado vacío de valores y, sobre todo, de materia sensible, de humanidad, de persona.

Un mundo al que le falta danza, Danza pura, locura del alma, y le sobran estrategias de poder y mercadeo de voluntades.

Un mundo en que siempre he sido una extraña. La rara. El mundo de la gente segura de sí misma que consigue lo que quiere cuando quiere, y maneja el cosmos que le rodea a golpe de bolsillo y de “porque sí, porque yo lo mando, que estaba antes que tú”. Lo maneja, o al menos, lo cree manejar.

Camino lentamente. Me he quedado dormida en el viajero de Santiponce. Debo de tener una estampa bastante rara, quizá de persona poco recomendable, de quinquilla o de “tocada”. Por algún sitio me tiene que salir la beta bohemia de los artistas.

Saco mi MP4, me coloco los pinganillos y me pongo a escuchar música. Desconecto. ¿Por qué será que siempre abre por algún tema de Alameda?. Suenan los “platillos volantes” del principio de Urbana, princesa en flor.

… Mira: la luna cambió.

Mi luna cambió de cuarto.

El azahar ha roto un año más en mi ciudad. Sevilla está repleta de flores blancas.

Mañana, mientras Fray Ricardo esté engarzando poemas y alabanzas a mi Divina Pastora de San Antonio, yo estaré en el Álvarez Quintero, con mi Compañía, con tres de mis bailarines.

Uno de ellos, estrena indumentaria.

Horas de ensayo, noches casi en vela, y unos nervios que me comen viva. Frustraciones, desengaños, luchas y combates. Ramalazos bohemios de la que nunca quise dejar de ser.

Besos, abrazos, mucha mierda.

La suerte está echada. Ahora sólo queda que ellos salgan a bailar y que Dios reparta suertes.

Entre bambalinas, volveré a musitar el “Salve, Fuente de la vida” y el principio de la Consagración Calasancia.



Merece la pena.



Gracias, Manuel, porque probablemente sin darte cuenta, me terminaste de convencer de lo que estaba haciendo con las tres palabras que encabezan la entrada: Merece la pena.

jueves, 24 de marzo de 2011

El dialecto de los parias

No cabe duda... hablamos un idioma propio, un dialecto que pasa desapercibido para todos los demás, pero que cuando llega a nuestros ojos, a ojos de otro paria cualquiera, sabemos reconocer.

Son vivencias, sentimientos, deseos, costumbres, coletillas al hablar... miles de detalles, y miles de maneras de expresarlos.

Esta sociedad que nos ha tocado en suerte no es del todo mala... pudiera ser, tal vez, peor. Pero deja ciertos huecos, ciertos "agujeros negros". Un paria es el que queda en ese agujero negro.

En realidad, los parias no existen para la sociedad. Esa es quizá la definición que se me hace más certera del término. Un paria es aquel que vive entre la gente en un determinado lugar, pero sin existir socialmente, sin ser socialmente reconocido en todo su ser personal.

Al paria se le llama, se le reclama, se le pide... y hasta se le da (no lo que necesita, pero se le da). Pero no existe. No existe porque los demás, la sociedad, ha creado una envoltura decorada sobre ellos, para poder creer que son como a ella le gusta, o le conviene, que sean.

Interiormente, el paria, claro está, sí existe. Y por eso precisamente es un paria. Un paria inadaptado permanente y eternamente, desde el día que tuvo consciencia de su "ser social" y del natural.

¿Por qué la sociedad hace parias?. Pues eso sí que no lo sé. Y créanme: me encantaría saberlo. Probablemente porque unos errores han de tapar otros. Si todo fuera perfecto, no habría parias, pero como falta "mano de obra barata" para tapar las chapuzas de otros, que a la vez tapan las de otros y otros... al final de la cadena siempre tiene que haber un paria, un desarraigado al que arraigar dónde, cómo y cuándo nos haga falta.

Y a quien le toca, le toca si hay quintada ser el quinto... como decía Jorge Cafrune (el de Marito).

Es curioso cómo a veces, en nuestro destierro sentimental de todo lo que amamos -injusto y terrible destierro el que te desgrana de tus ilusiones y expresiones más íntimas- encontramos una especie de espejo por el camino... y, extrañados, casi exclamamos: ¡Uy, mira... otro paria!.

Y sí... otro paria. Con otras razones, con otras guerras perdidas y otro bajage de sueños rotos. Con otra apariencia y expulsado de otro paraíso, pero al fin y al cabo, otro paria.

Lo intuimos... lo olemos. Sabemos perfectamente a lo que se refiere el de enfrente sin tener por qué conocer ni su nombre ni su gracia (ni siquiera su desgracia). Es normal: hablamos el mismo idioma. Un dialecto que pasa desapercibido para los demás y que sólo cobra significado a nuestros ojos, a los ojos de un paria.

Entonces el alma te da un vuelco y las heridas que de podridas, de purulentas, ya ni siquiera sangraban, vuelven a manar sangre y lágrimas.

Yo, mi querido paria recién nacido al absurdo de la nada, también he llorado en seco. También he querido ser sólo el murmullo del viento. Ni eso siquiera... Mejor el silencio. Pero nadie puede convertirse en viento.

Hay, sin embargo, dos cosas que le quedan al paria: la caricia de consuelo dulce que Abril estremece en su brisa y acuna Mayo, y el sueño de la Tierra Prometida.

La primera es bálsamo de todas las heridas y cicatrices que te llevaron a ser paria.

El segundo puede llegar a ser un martillo que te golpea incesante la esencia misma de tu ser más íntimo, llegando a atormentar lo poco que de paz te queda. Pero te hace sentir que, a veces, sigues vivo, y te da señas de que, por encima de paria, eres tú, como eres, como tú eres... aunque por ser como eres la sociedad de haya dejado en el agujero, y sientas, hables y te expreses como los parias... Como lo que eres.

Mejor ser paria que ser borrego...