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domingo, 19 de agosto de 2012

Anhelo

Donde habitan los suspiros
de la Bambera gitana,
y los ayes más remotos
que suenan por Seguiriya.
Donde se duerme Sevilla
y se traspasa Triana,
y se hace flor una Nana,
y Sueño una maravilla.
Donde brota la semilla
del Sueño más Sevillano,
y torna en Tango gitano
la clavel de tu mejilla.
Donde juega la chiquilla
que otrora, de niña, fuera,
y llora la Petenera
de destierro y de dolor.
Donde rondada de amor
de tu mano primorosa
pierde su espina la rosa
y desgrana en Ti su olor.
Donde Liviana al calor
de tu sereno albedrío
cruza la Cantiña el río
de la pena a la Alegría.
Donde aguarda el puro día
que crepúsculo no aguarda,
y dos ángeles de guarda
coronan la fantasía.
Donde no existe falsía,
ni injusticia, ni venganza,
y se vuelve la alabanza
feliz, cual la Colombiana,
y juega la Sevillana
a ser oración y Danza.
Donde vive la esperanza
de las cosas que se sueñan,
y las maestras enseñan
con amorosos cayados.
Donde la gente ha olvidado
lo que vale la mentira.
Donde la vida es Guajira,
sin Soleá, sin Taranto.
Donde no te busque tanto
porque te sienta a mi vera,
y toque a mi primavera
terciar de flores su manto.
Donde ya no llega el llanto,
y el alba se ve más clara,
y se acierta a ver tu cara
sin espejos de árbol vivo.
Donde el Martinete, altivo,
tras las lunas se levanta,
y entre fraguas de gargantas
forja de estrellas tu velo.
Donde se vislumbra el Cielo,
y se muere la Taranta.
Donde dos palomas santas
pintan rizos en tu pelo.
Donde mueren mis anhelos,
y la vida se hace gozo,
y se llora de alborozo
ante tus ojos de aurora...
Qué gozo tener, Señora,
un trozo de Edén bendito.
Un compás, un pedacito
de Cielo, apenas un cante.
Una mirada, un instante,
mi bata de bailaora...
Y, vestida de Pastora,
la Gloria de tu semblante.

sábado, 21 de julio de 2012

Termina el curso

Termina el curso, con más de medio Proyecto de vacaciones y el otro medio muertecito con estos calores... en aquella sala, esa porciuncula nuestra, que es tan versátil, tan versátil, que de ser una nevería en Invierno se convierte en un horno en Verano.

Termina el curso, una semana antes de lo previsto, porque dos de los pocos bailarines que me quedan se van de colonias a Galaroza, a aquella preciosa casita donde pernoctamos cuando actuamos en el Capitol Sierra, en Junio de 2009 (ufff... sí que ha llovido desde entonces...), y porque Carmen, la gobernanta, se ha quedado sin nadie en Lavandería y Cocina está en cruz y en raya... y claro... por más que me ponga en cruz el comer y el vestir van antes que el bailar, aunque alguno de mis tormentos hoy hayan llegado a casa diciéndoles a sus padres que "la del moño" les ha enseñado a bailar "en pelotas" (¡¡eehhh, no saquéis la parte borde de vuestro inconciente: sólo les he enseñado los "em-botados" de Escuela Bolera!!, jajaja).

Termina el curso, y es momento de hacer balance, examen de con-ciencia y de sin-ciencia de lo que han dado de sí estos once meses, lo bueno y lo malo, lo que se ha hecho bien y lo que se pudo hacer mejor. Y lo que se hizo como se pudo. Y lo que simplemente no se hizo o se hizo y salió como el mismísimo culo. Balance de todo. Balance pedagógico, artístico, dancístico, vocacional... sentimental acaso.

Y es que para que nos pague la Junta (bien... decía... ejemmm... Quiero decir, para que la Junta NOS PROMETA que nos va a pagar, con garabato de quien competa incluído... Nos PROMETA, porque pagar, pagar, lo que es pagar no paga ni a tironazos)... ¿Por dónde íbamos?... ¡Ahhh!, sí... Que para que la Junta nos conceda las subvenciones, ayudas, conciertos, sin-ciertos y demás maneras de apellidar la entrada de papel moneda, los balances se hacen en Diciembre, de año en año. Pero una, que ha pasado de una parte del aula a la de enfrente sin apenas darse cuenta, no se resiste a contar sus días por curso, de Septiembre a Junio o a Julio, no de Enero a Diciembre.

Termina el curso, y es el tiempo de volver a empezar -si es que se deja de empezar alguna vez, y de volver- de dedicarle más tiempo a buscar música, a buscar vídeos, a pensar en coreografías para el curso que viene, y en vestuarios, y en escenografías. A darle vueltas a la sesera sobre quién debe ser el siguiente  en entrar a la compañía, y con qué estilo, y con quién. A preparar actividades nuevas. A sacar tiempo para aprender a hacer presentaciones, para clase y para promoción, porque este año o se promociona o se promociona... que con la que está cayendo como encima no se promocione... apaga y vámonós. A cabilar cómo llegar a quien sabes que no has llegado, cómo presentarle lo que tanto amas, y que quieres que también él comparta contigo y con todos.

A cargar pilas y a cargar las alforjas de nuevas experiencias, que luego serán o no Danza, serán 'mi' danza, 'su' danza o nuestra danza, o la Danza de todos cuando traspase la barrera luminosa. ¿Quién lo sabe?. Si la Danza brota de cualquier cosa o de ninguna... y cuando a Ella le da la gana.

A descansar. A no descansar demasiado. A trabajar lo que no dio tiempo de trabajar. A disfrutar de otras cosas, con o sin las zapatillas puestas. A pasear por el Jueves. A levantarme tarde de vez en cuando...

Y si la Junta "se enrolla" y empieza a soltar lo que nos adeuda, y, por milagro divino, cobro, a largarme tres días y dos noches a aquella fonda de aquel pueblecito que conocí el pasado Agosto -donde no me molesta ni el viento- para encalarme el alma, como de año en año hacían con las casas antiguas, con claridades de fachadas blancas al sol del mediodía.

Termina el curso, y ya lo creo que ha dado de sí el pajolero curso. Para bien y para mal.

Termina el curso... Ya se termina el curso. Probablemente ya ha terminado, pues esos dos días que quedan ahí de la última semana, casi con seguridad los pasaré en Lavandería o en oficina. De baile... nada.

Termina el curso y a mí me faltan días, me faltan horas... Pero para qué me voy a engañar: también, a estas alturas, me faltan fuerzas. Que una ya no es una niña... y las vacaciones están porque el cuerpo las necesita. Que si no... no nos las darían.

Termina el curso... un curso más... Otro curso más. Y ya tenemos otro circulito de Edding rojo en el almanaque para el catorce de Septiembre. Vamos... que vamos a tener que deshacer la maleta de la playa, de la piscina, de la montaña... a la par que llenamos el troler de las actuaciones.

Termina el curso, y algo de él se queda entre las entretelas del alma... y ya tienes un curso más.

Porque esta servidora, que pasó de una parte del aula a la otra sin apenas darse cuenta... que aún no ha dejado de ser alumna y ya lleva lo suyo de maestra... Esta servidora de ustedes, todavía no ha aprendido a contar por años. Como en los lejanos años de uniforme gris de Calasancias y babilón a rayas, yo sigo contando mi vida por cursos.

viernes, 15 de julio de 2011

Tenía once años...

Tenía once años para cumplir los doce. Once años pero de los de hace veintitantos, que hoy los niños con once años te dan once vueltas a la derecha y otras once a la izquierda, y a lo mejor les sobra para darte alguna más o mandarte directamente al carajo. No… mis once años eran ONCE años de los de toda la vida: sin videoconsola, sin netbook y sin tuenti.

Acababa de entrar en Segunda Etapa, y en el piso de arriba de mi colegio de monjas. No me gustaba correr, no me gustaba saltar, no me gustaba andar ni jugar al baloncesto. Era un pato mareado, y no sabía bailar las Sevillanas.

No iba malamente en el colegio. Aparte de Gimnasia, que la tenía MD (natural: Muy Deportiva) desde los seis años, y las matracas, que las venía aprobando por cinco décimas desde los siete… no iba la cosa del todo mal.

Comía por siete, pero la gordura nunca fue un problema para mí. Al fin y al cabo, bonita, lo que se dice bonita, nunca lo fui, ni sin gordura ni con ella… aunque eso, la verdad, tampoco me importaba demasiado. Si yo disfrutaba como un cochino en un charco comiendo… ¿por qué me iba a privar?, ¿para que no se me quedaran chicos los chándales y los uniformes a mitad de curso?.

Mis más preciados valores eran Perlita Blanca, mi muñeca repollo recién salida de fábrica, y mis dos perritas Poochie: “la de verdad”, toda de peluche en blanco y rosa, y la de plástico, que por dentro era un tampón de tinta de colores.

Soñaba con tener unas manoletinas de charol de las que siempre había en el escaparate de la zapatería de los columpios rojos, un canario flauta y el muñeco que estuviera de moda por Reyes. No había más.

Bueno… sí, sí había más: también soñaba con tener unos zapatos de tacón y un traje de gitana, que tuviera muchos lunares rojos de esos enormes de galleta, y a ser posible de Las Pardales, que según mi madre eran unas muy famosas que cosían.

En mi casa, no gustaba la Feria, para qué nos vamos a engañar. La verdad es que hubiera sido un puntazo imaginar a mi padre vestido de corto, con sombrero incluido… y a mi madre un poco piripi de finito o de manzanilla.

Yo la verdad es que la Feria no la echaba de menos (ahora sí, ahora sí que la echaba si pudiera… pero de Pernambuco para allá). A lo mejor por que eso de los cacharritos no era para mí, que yo me subo en las escaleras mecánicas de esos grandes almacenes que hay en la Plaza del Duque y ya voy agarrada hasta a mi corazón. O porque nunca tuve demasiada suerte con las rifas, y la única tómbola que me gustaba era la pequeñita que se hacía en mi colegio de monjas el día de la fiesta de final de curso, que para montarla traíamos todas los juguetes viejos de cada casa, las muñecas de trapo de dos cumpleaños atrás, los cuentos de colorines y los Juegos Reunidos Jeyper.

Yo, Feria, Feria, lo que se dice Feria… A mí no me llamaba la Feria.

Yo lo que quería era un traje de gitana y unos zapatos de tacón de la tienda de los columpios rojos.

Y en casa tuvieron la genial idea de que a la niña no se le compraba traje de gitana como no supiera bailar las sevillanas.

Todas las compañeras del colegio tenían traje de gitana. Años después me enteré de que muchas de ellas no sabían bailar las sevillanas. Pero el caso es que yo no sabía bailar las sevillanas. Y claro… sin sevillanas no hay traje de gitana, y menos de Las Pardales.

Hasta que un día me decidí a aprender las sevillanas.

Y he aquí que iba un Lunes dos de Febrero de finales de los ochenta, a las seis menos diez de la tarde, una servidora que aquí suscribe, comiéndose un bollo con Fuagrás Bolado, con el uniforme de Calasancias, unas castañuelas de Filigrana de papel prensado con cintas colorás, como las de La Canastera, y mis tacones negros recién comprados en la zapatería de los columpios rojos, de esos baratos de las hebillitas, andando plácidamente por donde la tapia de La Catalana de Gas, que hoy ya no hay ni tapia, ni Catalana… ni acaso existe el Fuagrás Bolado… camino de una academia de barrio, que era de la que enseñaba baile en el colegio a la hora del recreo, y que estaba en una bocacalle de la Avenida de Felipe Segundo, cuando Felipe Segundo era avenida… que hoy en día la han dejado en callejón y va sobrado de nombre.

Y mira que la monja que me daba Ciencias me decía: “Laurita, Laurita… Si Lourdes es capaz de enseñarte a ti antes de que te canses la primera sevillana… yo le pongo a Lourdes un monumento en el medio del patio del colegio”. A la buena mujer -eso sí: de poca fe- le faltó decir que si me enseñaba mínimamente a hacer el paseíllo iban a quitar de la capilla a la Pastora e iban a poner una fotografía de la profesora de baile, con palillos de Filigrana incluidos. …La de veces que después me he acordado yo de esa mujer y de sus proféticas palabras (y de la santa de su madre, de camino)…

Pero yo estaba dispuesta a tener mi traje de gitana, de Las Pardales, por supuesto, y para la cuenta que le había echado a la jodía monja desde que me preparó para la Comunión…

Y bueno… así fue. Para Abril tenía traje de gitana y las cuatro sevillanas aprendidas (entre alfileres, pero aprendidas). Eso sí: el traje me lo hizo una de Rochelambert, no Las Pardales. Cosas de mi amantísima madre: toda la vida prometiéndome un traje de Las Pardales y ahora me lo hace una de Rochelambert, la que se lo hacía a mi amiga del colegio de monjas…

Pero resultó que para entonces ya no me importaba tanto mi traje de gitana, ni que me lo hicieran Las Pardales, ni que tuviera muchos lunares rojos de esos enormes de galleta... Me llamaban más mis zapatos negros de tacón, de esos malos de la hebillita que vendían en la zapatería de los columpios rojos, y mis castañuelas de Filigrana de papel prensado, con cintas colorás, como las de La Canastera.

Tenía casi doce años. En la segunda evaluación me acababan de dejar colgadas las matemáticas, pero había sacado un suficiente en Educación Física.

Soñaba con bailar en la fiesta de fin de curso de mi colegio de monjas, y con unas zapatillas rosas de ballet que había visto en Deportes Zeta.

A la monja que me daba Ciencias la mandaron al colegio de Sanlúcar y vino otra de Sanlúcar a la que le echábamos menos cuenta todavía.

Empezaron las clases de ballet, los primeros ensayos encerrada en mi cuarto, las broncas en casa (¡¡Esta niña… que no estudia!!, ¡¡todo el día bailando con la música a toda voz!!), los discos de Los Romeros de La Puebla, la primera falda de ensayo, la moñera de crochet de lana rosa…

Las rabonas al revés: mamá, me voy un rato a la calle… (a la calle de la academia, y con las castañuelas escondidas en los bolsillos). Los ratos perdidos en la capilla del colegio, contándole tanto como anhelaba bailar a una Virgen con cara de niña, vestida con un chaleco de borreguito y un manto azul celeste, que tenía dos ovejas -una a cada lado- y un Niño Dios sentado en el regazo, vestido de pastorcito. Los primeros poemas, que hablaban de Pastora y Baile, de vocación, de libertad, de mí, de mi academia y mi colegio de monjas. Los fandangos de Niña Lola, las rumbas de Bambino, Rosa, La novia del campesino, Compasión, Marinería, Amanecer en el puerto, Andaluces de Jaén, Cigüeñas de Palacio… alguna de Claudio Baglioni…

Creía, cosas de la inexperiencia, que me había hecho mayor. Que había inventado la palabra Vocación, y con ella Amor, y con todas Danza.

Se me fue haciendo pequeño mi colegio de monjas, igual que se me quedaba chico el uniforme gris de cada curso, de Septiembre a Junio. Quizá por eso me empezó a gustar. Le dejé de tener tanta tirria a Madre Dolores, sobre todo porque en Sanlúcar hacía menos pupa con la tabla periódica y con los “patos de Federico” y los “pitos de…”. Bueno… no me acuerdo de quién eran los pitos.

Me puse a dieta para poder bailar mejor.

Después…

Después vino todo lo demás.

martes, 31 de mayo de 2011

Un poema de Juan Ramón



Lo que Vos queráis, Señor.
Sea lo que Vos queráis.

Si queréis que entre las rosas
ría hacia los manantiales
resplandores de la vida,
sea lo que Vos queráis.

Si queréis que entre los cardos
sangre hacia las insondables
sombras de la noche eterna,
sea lo que Vos queráis.

Gracias si queréis que mire.
Gracias si queréis cegarme.
Gracias por todo y por nada.
Sea lo que Vos queráis.

Lo que Vos queráis, Señor.
Sea lo que Vos queráis.



Hoy le ha tocado a Juan Ramón...

Mañana le tocará a uno de mis compañeros. Al fin y al cabo, le tocará a toda la compañía. Me tocará a mí, que hoy he musitado entre danza y danza también éste poema, que mañana bailará uno de mis bailarines, sin saber muy bien si le hablaba a un Dios preconcebido o a Aquel otro inconcebible, inconceptuable, al que a veces me encomiendo.

Me llevo el año esperando como agua de mayo la próxima actuación... Cuando pasan y pasan meses sin un aviso, una llamada, un círculo de 'edding' rojo en el calendario, me desespero. Pero qué abismo insondable cuando llega. Qué salto al vacío tan enorme cada vez... y cada vez más.

Sé que no debería darle tanta importancia (¿o sí?), que no debería de "atacarme de los nervios" como me ataco, y que muchas de las incidencias que tanto me descolocan las provoco yo misma -el gran peso que siento en el alma es que las sufrimos en comandita- con mis torpes olvidos, fruto de mi nerviosismo o de mi agotamiento.

Sé que no debería ser tan puñetita -así, dicho a la sevillana manera- y debía dejarme caer en el valor demostrado de mi compañía, que para eso me lo demuestra día a día, trabajando... haciéndome vivir intensamente cada día. Que si algo falla -que no tiene por qué- fallará, y probablemente se saldrá del paso.

Que he pagado entradas de primeros teatros, y he hecho viajes, para ir a ver meter una gambada a más de uno de mis inalienables... y he salido del patio 'butacas flotando en sueños, con gambada incluida. Que a veces vale más un paso a traspiés en una danza que trasmina a humano, que el encorsetado movimiento perfectamente aprendido de tantos autómatas sin corazón, de esos que cada vez abundan más en esta profesión, y en esta sociedad enferma de informática, ofimática, domótica, robótica, y otras yerbas... que ya no saben oler ni siquiera.

Sé todo eso y mucho más... y aún así no puedo evitar sentirme en el vacío. Imagino que es congénito. Que nació conmigo y me moriré así. Así, no: peor. Peor cada día. Peor cada escenario. Cada actuación, más pequeña. O tal vez será que la Danza es cada vez más grande. O quizá sólo que yo soy cada vez más vieja.

... A saber.

Vicisitudes. Cambios de última hora. Un transporte que falla. ¿Por qué no tendré ya carné y utilitario?. Botones por pegar que no se pegarán. Un maillot y una falda "de refresco", por 'si aca'. Mil veces y mil veces más revisar cada detalle... y esa sensación, casi siempre constatada en el vestuario, lejos de casa y del estudio, de que se te ha olvidado algo. Tiritas, por si un zapato roza. Árnica con Romero, por si algo duele. Para el alma... ¿qué me llevo?... Dos sancionados que se nos caen del elenco (la madre que los... en qué líos me meten a veces). Un baile que lleva un suplente -ese crack "a lo Messi" al que a las últimas siempre acudes- ensayado de dos días. Nerrrrviossss. Salto al vacío, sin saber si esta vez la piscina estará llena o me daré de bruces con el fondo, ni cuántos se estrellarán o flotarán detrás de mí.

The show must go on. El espectáculo debe continuar, siempre. Por encima de mis miedos, de los sancionados, de los imprevistos, de los malos rollos, del corchete que se cae, de la cremallera que se parte justo antes de salir a escena, del audio que furula lo justo... cuando furula lo justo, de los escenarios sin espacio suficiente, de los vestuarios improvisados con un separador o un trapo colgao de un cordelito, de las asesinas escaleras de caracol, tan preciosas ellas... para subir en plano y relajadamente...

P’alante, como el tren de Alicante.

Mieeeerrrrda. Mucha, muchísima mierda.


... Sea lo que Vos queráis.

viernes, 1 de abril de 2011

Pastora y baile

Qué le voy a hacer... si cuando era niña me llevaban a tu capilla para decirte poemas y cantarte con treinta y muchas niñas más aquello de "hoy he vuelto, Madre a recordar..." cuando ni siquiera teníamos recuerdos.

Qué le voy a hacer, si eras cómplice redentora de aquellas cansinas clases de matemáticas o de copiados de ortografía.

Qué le hago, si las primeras palabras que emborroné en un papel hablaban de ti. Si el cuaderno colegial estaba lleno de garabatos que creían ser letras, formando en irregulares renglones mil y una quimeras de sueños infantiles que esperaban, preparadas como un nazareno de La Borriquita su primer Domingo de Ramos, para salir de su cárcel de grafito y blancura matizada a dos rayas cualquier mañana del mes de Mayo.

Qué le hago... Qué he de hacer si Tú eras la que estabas allí, con tu traje de Pastora y tus dos ovejitas. Si madre María Luisa no perdía ocasión para contarme lo contenta que te encontraba cada mañana porque alguna de sus niñas había pasado a verte antes de subir la escalera.

Qué le voy a hacer, si no tenía más coartada que tu sonrisa de niña madre para mis primeros amores, mis primeros sueños, mis dolores primeros. Si sólo estabas tú.

Si estabas sobre el armario de mi primera escuela de Danza, vigilando, sigilosamente, cada paso, cada movimiento, cada momento de alegría o de desánimo... y todos los bailes que una niña, que creía entonces que ya era mayor, te dedicaba desde aquella esquina... siempre en tu esquina... siempre.

Si cuando ya dejé atrás el hogar de mis primeras oraciones, mis primeras letras, mis sueños primeros, me esperaste solícita, tras el portal de en frente de aquella otra vieja academia deshabitada, al principio de la Calle Feria, para que te conminara a ser la más duradera de mis maestras.

Si cada verano, en Chipiona, buscaba de reojo aquella puertecita del patio del pozo, que daba al altar, para escaparme contigo mientras esperaba que bajara madre Matilde, madre Lucía, madre Dolores...

Si en cada repesca de matemáticas venías conmigo escondida entre folios en blanco y ecuaciones sin resolver. Si en los exámenes de baile estabas en la funda de las castañuelas, en cada golpe de cola y entre las hojas de la teórica, confundida con los trajes regionales y la signatura de mil compases distintos.

Qué le voy a hacer, si cuando me creía terminada, tu peso leve y redentor sobre mi hombro dio vida nueva a lo que yacía muerto. Si estabas en Triana cuando me fui de alumna a Matilde Coral. Si estando yo enseñando en el colegio de la calle Mesón del Moro, Tú estabas en la placita de las Mercedarias. Si cuando estuve en el Tiro de Linea, todo el mundo te conocía de aquel colegio que fue también el mío.

Si en los peores momentos de mi vida, una fuerza centrípeta me volvió a llevar junto a ti en este rincón perdido entre San Lorenzo y el río.

Cómo borrar tantas historias... tantos momentos... toda la historia de mi vida, que has sido Tú y la Danza... la Danza y Tú.

Cómo olvidar las rabonas a clase de ballet para estar a tu lado, las engañifas a las maestras para acudir a verte una tarde septembrina de triduo en Triana, o las miradas clavadas en la calle Curtidurías cuando el autobús pasaba de largo camino de Plaza de Armas o al Pabellón de Argentina.

Cómo separar algo que siempre estuvo tan unido, tan dentro de mi universo personal, escondido tantas veces de todos los demás. Escondido todo ante tu mirada.

Como podría mirarte y no pedirte lo que cada día, desde hace más de veinte años, te pido. Cómo podría no contarte, aunque sólo sea con mi mirada, lo que me preocupa, lo que me atormenta, lo que me hace feliz y me emociona. Lo que me pasa cada mañana.

Como podría estar al lado tuya y no hablarte de baile.

Mañana volveré a mirarte, a dejarme creer que te estoy viendo, que eres visible y palpable, que te puedo acariciar con sólo levantar la mano... No es que no crea en tu presencia sempiterna. Te llamo a cada momento, y sé que siempre estás conmigo... Pero a veces... ¡qué necesario se me hace mirarte!. Descubrir en tu mirada serena la dulzura sobrecogida de una madre siempre protectora... invitándome a quedarme junto a ella para acrisolar de nuevo todos mis cristales rotos.

Mañana volveré a llamarte Esperanza de los desahuciados, y Vida, Dulzura y Consuelo, Fuente y manantial del que parten mis anhelos y medianera de todas las gracias que ha de concederme el Cosmos. Me confundiré entre tus siemprevivas para por un momento creer que aguantaré, como ellas, hasta que acabe el estío, y soñaré de nuevo, protegida ante tus plantas, que nada será distinto cuando se cierren las puertas del Convento.

En ese momento mi alma estará bailando, aunque mi cuerpo permanezca quieto, guardando celosamente tu cercanía.


Luego... será lo de siempre: la lucha de cada día, las frustraciones de cada día, la incertidumbre... el no saber qué me deparará la vida ni si merece la pena seguir luchando o no. La danza que no es Danza, por más que mude mis pies al compás de una música que me es extraña, completamente impenetrable, marcada por otros que jamás acompasaron su alma con la mía, ni tan siquiera acaso con la de ellos mismos. 

Seguirás presidiendo mi cartera, al lado de mi carné de identidad -causalidades de la vida- y todos mis actos, buenos y malos, lógicos y absurdos, en este gran teatro de mi existencia.

Seguiré actuación tras actuación musitando entre cajas el "Salve Fuente de la vida" o los primeros versos de la Consagración Calasancia, y cuando mi cuerpo amenace caer rendido en la danza diaria de las amadas rutinas, te conminaré a ser Tú la maestra -yo sólo la repetidora- de tantas y tantas horas de clase. De ensayos tediosos. De problemas e inquietudes interiores y exteriores. Y de dudas no resueltas. Y de llantos que nunca fueron llorados. Y de alegrías recordadas o aún no vividas.

Y vuelta otra vez a empezar... a escribir unas cuántas de páginas más en el libro de mi vida, a cuerpo y alma desnudas, que hablen de Pastora y Baile.


Madre de los locos bohemios y de los sueños bonitos... el Sueño más Sevillano... Sueña por nosotros. No nos abandones al sueño de los que ya olvidaron vivir viviendo, de los que renunciaron a soñar, a creer, a bailar.

viernes, 25 de marzo de 2011

Merece la pena

         

Boceto para la coreografía IF YOU BELIEVE


            Mañana va a parecer un príncipe. Un faraón de Egipto con toda su magnificencia, aunque a él le sobra todo eso. Sólo le basta una buena canción para bucear en su propio “yo” y lograr comunicarse con él mismo y con el cosmos de lo no inteligible como ni usted ni yo (y eso que llevo décadas intentándolo) podríamos siquiera imaginar.

            Nació, inalienablemente, para bailar. La Danza es su vida. El movimiento su arma de libertad. La libertad, su única patria. Ama los caballos. No entiende por qué, pero el arte lo llama poderosamente. Se le abre el alma cuando escucha a Camarón, a Witney Houston o a Sergio Contreras, y en su carpeta guarda celosamente láminas con pinturas de Miguel Ángel, fotos de Danza y caballos… muchos caballos.

            Pudiera parecer, a simple vista, que vive aislado de lo que le rodea. Eso es lo que dijeron los médicos, los psicólogos, los pedagogos, los logopedas… en fin, todos esos profesionales que conocen a la perfección los patrones estándares de la conducta de las personas.

Pero mientras más lo observo, más convencida estoy de que su aislamiento es, más que un muro impuesto por el lastre inquebrantable de la discapacidad, una manera de alejarse del mundanal ruido de una sociedad que no va con él. Una manera de ser él mismo, sin aditamentos ni artificios. Un camino hacia su propio ser, desde el que sí puede ver y conversar con todo lo que le rodea. Con el cosmos, con la Naturaleza, con la Danza, con la Música y el tempo del mundo, conmigo y contigo, si sabemos y queremos escucharlo, y con el alma de los caballos. No es prosa lírica: yo lo he visto. Lo he visto con mis propios ojos hablar sin palabras con un caballo, y el caballo lo entendía, y le sonreía, y le amaba.

            Quizá es que la mayoría de las personas somos menos sensibles que los caballos, nos comemos más el tarro con tonterías y no sabemos, no queremos o algunos no podemos entender la cosmología de las cosas sencillas, necesarias, auténticas… y al que no comulga con ruedas de molino, le endilgamos el adjetivo.

            Hace tiempo que no intento que siga mis coreografías a pie de letra. Y a veces lo consigo sin intentarlo… pero ¿para qué?… si me encanta ver cómo las revienta. Si cuando las revienta las coreografías mejoran enteros. Nació libre sin remedio y sin propósito de enmienda. Ponerle trabas es perder algo de esa genialidad natural. Le doy cuatro ideas, que hacemos juntos. Luego lo dejo desarrollar. A veces no hace falta que se las dé: él me las birla directamente, sin pedir permiso. A veces es él el que me da ideas, que yo desarrollo en mis improvisaciones. A veces es un movimiento de alguno de los otros bailarines, o un paso concreto de un baile, que le llama la atención y embebe como una esponja, matizándolo con su forma esencial de moverse y de bailar, su técnica, su estilo, su idioma.

            Cuando baila, baila desde dentro, por necesidad vital, por instinto humano. No busca el aplauso, aunque cuando termina, una alegría inusitadamente penetrante lo embarga por completo, y, al comprender que tú también te sientes igual que él, su semblante se le ilumina, y a veces se acerca a ti, emocionado, a darte un abrazo.

Se ha producido el milagro. La habitación se transforma en un templo donde la Danza en estado puro no necesita altar ni mesa, porque lo inunda todo.

Quizá por eso, cuando me propuse hacerle otra nueva coreografía, escogí una pieza de música soul, de Witney Houston y Maria Carey, que habla de los milagros y posee la nobleza y la frescura de un caballo grande galopando libre con la crin al viento.

La coreografía, If you believe (Si tú lo crees), lleva ya va para dos años en repertorio. Se estrenó, como casi todo, en una ocasión pequeña, con un público pequeño, en petit comité y entre casi conocidos, en un pequeño escenario efímero, y con un presupuesto en indumentaria no ya pequeño, sino inexistente.

Es el día a día de una compañía de Danza que hace tiempo rehusó llamarse como tal para no perder sus señas de identidad como grupo de personas que bailan, que no maquinaria pesada para reproducir coreografías. Personas a las que, si no cribamos por grado de discapacidad, menos podemos éticamente cribar por el grado de posibilidades económicas. No sería ni justo, ni coherente, ni tendría ningún sentido, ni pedagógicamente ni desde el plano artístico. Hay poco, y son muchos… y los atrezzos se simplifican, se apañan y, si se pueden fabricar a mano, o reciclar atrezzos existentes ya, mejor que mejor.

Pero mañana vamos al Álvarez Quintero (puntero, puntero), convidados por otros compañeros de otra Compañía de Psicodanza, y hacía tiempo que queríamos darle un poco de color y de vistosidad al baile… Y dicen que la ocasión la pintan calva. Cuando te mira la diosa fortuna, en forma de providencial papel moneda, no puedes “dejarlo para luego”. Para luego, lo necesitarán otros, y ya no habrá ocasión ni opción de mejora.

Y así es que llevo una semana y pico de tienda en tienda, buscando telas, buscando lazos, cintas al bies, lentejuelas de colores, entretela... para hacer un milagro sobre el milagro.

Jornadas interminables, desde las seis y media de la mañana que salgo de mi casa hacia el trabajo hasta la hora en que Dios quisiera que encontrara lo que buscaba, y si no lo encontraba, había que dejar lo que fuera al día siguiente, de trabajo, de lo tuyo o de lo ajeno, porque esto urgía, y había que encontrarlo.

Haciendo bocetos en cualquier sitio, comiendo lo que podía, cuando podía y donde podía (adaptabilidad franciscana: comía como vestía y vestía como podía), faltando a las clases de la carrera de Danza, a las de Contemporáneo, a la reunión de la priostía de la Pastora, a las sesiones de electroterapia para la tendinitis del hombro… y postergándolo todo: viajes, compras, limpiezas a fondo, visitas a la biblioteca, reuniones de la tertulia literaria… TODO.

Al principio se te hace un mundo dejar de pensar y centrarte en ti, en tus responsabilidades, tus problemas, tus necesidades y tu manera de llevar las cosas “a tu manera”. Te sientes agobiada, asfixiada por la circunstancia y desplazada por la urgencia de cosas que nunca son para ti.

Pero, al cabo de un tiempo, merece la pena.

Como mi compañero de fatigas, creo que estoy aprendiendo a escapar del mundanal ruido de una sociedad que a mí también me da tres patadas en las costillas, aunque en no pocas ocasiones me encuentre aprisionada en la tela de araña de sus vanidades.

Una sociedad digital donde todos tenemos que tragar con ser o unos o ceros, para que al de al lado le suene todo de p.ost m.eridian. Una sociedad en que vales lo que crematísticamente puedan ganar contigo o a tu costa, y existes solo cuando a la sociedad le conviene y en la manera en que le conviene.

Hoy en día no se esconden las diferencias. Se ignoran, que es peor. Se camuflan, o simplemente se pasa de ellas. De las diferencias y de las personas que la tienen. Lo sé por experiencia. Lo he vivido mil veces en primera persona.

Quería ir a Jerez el pasado Sábado. Tenía que hacerlo para buscar un zapato de baile a la medida de mis cansados y maltrechos pies. Mis pies son la historia de otro milagro, si es que al amor, a la vocación, y a la providencia, se les puede llamar así. Nunca llegaré a saber cómo me enamoré de la Danza teniendo unos pies tan deformes, tan anchísimos y tan sensibles que cualquier cosa me hace polvo si no la planta, los dedos, si no el talón, si no el tobillo y si no el pie entero. El caso es que, con el pie tan difícil, me tengo que probar el zapato antes de llevármelo. En Sevilla no existe en almacén ninguno de los modelos del ancho, altura y largo que a mí, supuestamente, me hacen falta. Se vende poco, con lo cuál no se trae, y si se trae se trae apalabrado.

De camino, pensaba hacer algo de turismo. Caminar por las calles de Jerez y, ¿por qué no?, escuchar a Javier Ruibal y a Glazz en directo, que tocaban el pasado Sábado por aquellos lares.

Pero no… no fue el fin de semana pasado, porque el fin de semana pasado me lo pasé entero buscando telas para el traje de egipcio y corales para el Zorongo Gitano, que lo interpretan otros dos chavales de la Compañía.

Sigo sin poder ocuparme de encontrar unas zapatillas de punta, y de comprar ese maillot, de arreglar el cuarto del ordenador y el dormitorio, y de hacer limpieza en el ordenador.

Pero merece la pena.

Hoy mi cuerpo ya no da para más. A última hora de la tarde se terminaron los últimos retoques del traje de egipcio. La falda del Zorongo estaba cosida desde ayer. La pobre mía está ya más vencida que mi corazón, pero una noche más saldrá a escena y hará el apaño. Quedé en ir al centro a buscar unas licras, pero no me ha dado tiempo. Quizá mañana, en vez de buscar mis zapatillas de punta y un modelito para que no se me caigan las manos el Domingo de Ramos.

Vuelvo a casa. Estoy derrotada. Pero ya todo está preparado. Se hizo el milagro… de nuevo. Siempre pensé que la Danza, cuando nace en el alma, y cuando se expande por el viento, tiene algo de sobrenatural, de milagro.

Y sé que no habría habido milagro si no fuera por unas cuántas compañeras. Unas, han montado el traje en tres días, y en una semana de vértigo. Otras han tomado las riendas de las labores organizativas. Y otras han tranquilizado a los chavales (y a la coreógrafa de los chavales) contando chistes cuando los ensayos se hacían penosos y cansinos, y mis ojos parecían salirse de las órbitas, ya por el cansancio, ya por los nervios.

Más allá de San Isidoro del Campo, sé que está todo lo demás. El mundo que rechaza mi compañero autista. El de las academias de baile carísimas repletas de niñas bien que bailan por pasar el rato y de paso -de paso- se sacan la carrera de Danza, como el que se bebe una cerveza en el Gambrinus… por pasar el rato con la amigueta de turno. El de las puertas cerradas. El de las medias sonrisas y las palabras vacías en tibio tono de contestador automático. El de las palmaditas en la espalda. El del “vuelva usted mañana”. El de las monas que se disfrazan de seda o las disfrazan de seda. El mundo alineado y alienado en que pretende engarzarnos la sociedad en que nos ha tocado vivir.

La superficialidad de un ambiente al que quise pertenecer un día por amor a la Danza, y que con el tiempo y las vivencias adquiridas, se fue desnudando ante mí para dejar al aire sus vergüenzas, sus juegos de poder y su maquillado vacío de valores y, sobre todo, de materia sensible, de humanidad, de persona.

Un mundo al que le falta danza, Danza pura, locura del alma, y le sobran estrategias de poder y mercadeo de voluntades.

Un mundo en que siempre he sido una extraña. La rara. El mundo de la gente segura de sí misma que consigue lo que quiere cuando quiere, y maneja el cosmos que le rodea a golpe de bolsillo y de “porque sí, porque yo lo mando, que estaba antes que tú”. Lo maneja, o al menos, lo cree manejar.

Camino lentamente. Me he quedado dormida en el viajero de Santiponce. Debo de tener una estampa bastante rara, quizá de persona poco recomendable, de quinquilla o de “tocada”. Por algún sitio me tiene que salir la beta bohemia de los artistas.

Saco mi MP4, me coloco los pinganillos y me pongo a escuchar música. Desconecto. ¿Por qué será que siempre abre por algún tema de Alameda?. Suenan los “platillos volantes” del principio de Urbana, princesa en flor.

… Mira: la luna cambió.

Mi luna cambió de cuarto.

El azahar ha roto un año más en mi ciudad. Sevilla está repleta de flores blancas.

Mañana, mientras Fray Ricardo esté engarzando poemas y alabanzas a mi Divina Pastora de San Antonio, yo estaré en el Álvarez Quintero, con mi Compañía, con tres de mis bailarines.

Uno de ellos, estrena indumentaria.

Horas de ensayo, noches casi en vela, y unos nervios que me comen viva. Frustraciones, desengaños, luchas y combates. Ramalazos bohemios de la que nunca quise dejar de ser.

Besos, abrazos, mucha mierda.

La suerte está echada. Ahora sólo queda que ellos salgan a bailar y que Dios reparta suertes.

Entre bambalinas, volveré a musitar el “Salve, Fuente de la vida” y el principio de la Consagración Calasancia.



Merece la pena.



Gracias, Manuel, porque probablemente sin darte cuenta, me terminaste de convencer de lo que estaba haciendo con las tres palabras que encabezan la entrada: Merece la pena.