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domingo, 19 de agosto de 2012

Anhelo

Donde habitan los suspiros
de la Bambera gitana,
y los ayes más remotos
que suenan por Seguiriya.
Donde se duerme Sevilla
y se traspasa Triana,
y se hace flor una Nana,
y Sueño una maravilla.
Donde brota la semilla
del Sueño más Sevillano,
y torna en Tango gitano
la clavel de tu mejilla.
Donde juega la chiquilla
que otrora, de niña, fuera,
y llora la Petenera
de destierro y de dolor.
Donde rondada de amor
de tu mano primorosa
pierde su espina la rosa
y desgrana en Ti su olor.
Donde Liviana al calor
de tu sereno albedrío
cruza la Cantiña el río
de la pena a la Alegría.
Donde aguarda el puro día
que crepúsculo no aguarda,
y dos ángeles de guarda
coronan la fantasía.
Donde no existe falsía,
ni injusticia, ni venganza,
y se vuelve la alabanza
feliz, cual la Colombiana,
y juega la Sevillana
a ser oración y Danza.
Donde vive la esperanza
de las cosas que se sueñan,
y las maestras enseñan
con amorosos cayados.
Donde la gente ha olvidado
lo que vale la mentira.
Donde la vida es Guajira,
sin Soleá, sin Taranto.
Donde no te busque tanto
porque te sienta a mi vera,
y toque a mi primavera
terciar de flores su manto.
Donde ya no llega el llanto,
y el alba se ve más clara,
y se acierta a ver tu cara
sin espejos de árbol vivo.
Donde el Martinete, altivo,
tras las lunas se levanta,
y entre fraguas de gargantas
forja de estrellas tu velo.
Donde se vislumbra el Cielo,
y se muere la Taranta.
Donde dos palomas santas
pintan rizos en tu pelo.
Donde mueren mis anhelos,
y la vida se hace gozo,
y se llora de alborozo
ante tus ojos de aurora...
Qué gozo tener, Señora,
un trozo de Edén bendito.
Un compás, un pedacito
de Cielo, apenas un cante.
Una mirada, un instante,
mi bata de bailaora...
Y, vestida de Pastora,
la Gloria de tu semblante.

lunes, 4 de junio de 2012

Se llamaba JL

Se llamaba JL. Bueno... no... Le pusimos JL un amigo de cinco años que se llamaba... ¿José?, ¿Jesús?, ¿Jairo?... no lo recuerdo ya, y una servidora. Le pusimos JL por nuestras iniciales, y porque pretendíamos llevarlo a la Libertad tras unos días de obligada Jaula enfermería. Porque pensamos, aunque suene un poco antagónico, que sólo en el logro de haber conseguido ubicarlo en una jaula grande, y en una de esas jaulas que los humanos llamamos "casas", estaba el camino a su libertad, y la única posibilidad de que sobreviviera.

Me la encontré en la calle Castillo de Alcalá, entre dos coches... Era apenas un pichón, pero ya estaba plumada. Estaba gravemente herida, roto el blanco de su plumaje por un gran mordisco, puede que de un gato callejero. Puede, que del mismo que la acechaba cuando la logré cojer. Casi se dejó.

Supongo que quiso saltar del nido uno o dos días antes de tiempo, y le sentó realmente mal la independencia. Pudo ser a mediados de Mayo, un mes después de yo empezar en Paz y Bien. Entonces... hará ya cuatro años, los mismos que llevo con mis bailarines.

La intenté colocar en casa de un amigo que cría palomas blancas, pero tenía lleno el palomar, así que me la llevé a mi habitación, en una estrella de cartón robado, como la de la canción de Triana. Allí tampoco cabía. Éramos demasiados: Moly (mi perro), yo... y Buenaventura: un palomo zascandil que había criado aquel invierno, y que todavía no quería emenciparse del todo. Le di de comer, le di de beber... y con una gasita y un poquito de Betadine, le curé, como pude, el bocado, inmenso (o al menos a mí me lo pareció).

Esa noche, JL -que aún no era JL- durmió, escondida, debajo de la cama, Buenaventura sobre el taburete de nea, en su jaula amarilla, y Moly, como de costumbre, entre su cama de espuma y el rehollito que hacía la colcha a mis pies.

Por la mañana me la llevé al Centro. Yo sabía que en Alcalá había otro Centro que era una finca, una granja escuela. A lo mejor se podía colocar allí. Pero al llegar y preguntar a mi compañera, ésta me dijo que en San Buenaventura no hay palomas, o al menos, no cogían palomas de la calle. Pues estamos aviados... porque en la Protectora palomas no cojen tampoco porque no están en peligro de extinción (¿que no?... Las palomas en general, no... pero JL sí), y en casa como me presente con la paloma, me mandan a tomar viento fresco a mí y a la paloma.

Tras el trabajo, a la Protectora. Calle Hespérides. Me sé el sitio de memoria. He llevado allí bencejos de San Lorenzo, palomas del Parque, y hasta una polla de agua que se encontraron en la Unidad de Día de mi Centro de Santiponce. Allí, nada más por llevarla de la calle, la miran, te dicen lo que tiene y no te cobran nada (al menos a mí no me lo cobraron).

Si tiene el ala rota... mal asunto. Sólo pueden vivir entonces en cautividad, y a veces, cuando no suelda el hueso en condiciones, con grandes dolores. A veces, de la tristeza de no poder volar, se dejan morir o viven indolentemente, sin ganas... sin aliento vital. Las palomas se parecen mucho a las personas: nacieron para volar y sólo volando son felices, como yo si no bailo me falta el aire.

Pero JL tenía una fractura limpia, perfectamente colocada el ala en su sitio, y un hueso tan pueril que, aunque el ala estaba rota, podía preverse una grata evolución, y en poco tiempo: en quince días estaría totalmente recuperada si el hueso soldaba bien y las heridas no maleaban. Sólo necesitaba quien cuidara unos días de ella, y una casa que le sirviera de improvisado hospital durante su convalescencia. Vitamina D y baños de sol para inducir a soldarse el huesecillo, minúsculo, del ala rota, y curas diarias con Betadine para ir sanando las heridas, que no eran demasiado profundas, pero al pobre animal lo habían dejado esmorecido.

Pues duro con ella. La intenté dejar en una clínica veterinaria... y nada... La ofrecí por el centro a tantos viandantes como pude, pero ¿quién va a querer una paloma herida?. Se me escapó por Santa Catalina. No podía volar, acaso no sabía aún volar, y estaba herida... le tenía que picar el yodo que le echaron en la Protectora enormemente en las heridas. Pero quería vivir más que nada en este mundo. Se notaba que le gustaba el callejeo... No sé qué pintaba en Bami, porque esa tenía alma de alamedosa... y pinta de haber nacido entre San Vicente y El Pumarejo.

Se asía a la miguita que de vez en cuando colgaba de mi mano, mojada en agua para ser a la vez refresco y alimento, como un náufrago a la tabla de su salvación. Dejarla sola era un crimen por omisión. Cualquier felino callejero hubiera hecho de ella su suculenta cena, dando al traste con las bohemias pretensiones de mi casi-volandera amiga.

Con ella me llegué hasta la calle San Luis, hasta un centro cultural ocupado. Esta gente, pensé, no tendrá problemas en albergar la jaula durante unos días. Yo vendré a cambiarle comida y agua, a limpiarla y a curarla, y a darle la medicina diariamente. No teniendo que pagar nada... por una okupa más no creo que encuentren problema alguno. Además, esta es pequeña: "okupa" poco sitio, y sólo van a ser unos días.

Pero nada... los "okupas", que por cierto, eran todos de Greenpeace, no quisieron "okuparse".

De vuelta ya, con JL y un marronazo a cuestas, por la calle Castellar me paré a hablar con una muchacha que paseaba con dos niños: uno de ellos era un bebé. El otro podía tener unos cinco años. Su nombre... no lo recuerdo bien, pero empezaba por J.

"Bueno... yo... -dijo la chiquilla- Yo puedo quedarme con la paloma. Total... por unos días... Pero no tengo para comprarle nada. Lo tendrías que traer todo tú... y venir tú a echarle las gotas y a curarla". Vi -vimos, JL y yo- el Cielo abierto.

Tiré para la calle Feria para comprarle una gran jaula de loro en los chinos de la Cruz Verde, que entonces las tenían baratísimas... más que las de canarios. En la semillería, compré comida de palomas y, quizá, bizcocho. Tal vez sacara de allí también las medicinas que me había recetado el veterinario de la Protectora. En la farmacia compré un tarrito pequeño de Betadine. Las gasas las traía desde casa.

Eso debió de ser un Martes... porque yo enseñaba en la guardería de Bami los Lunes y los Miércoles, y recuerdo que los Martes iba a Alhoja, la tertulia literaria que se reune en el Ateneo, en la sala Juan Ramón Jiménez... y ese Martes falté. Estuve, después, toda la semana yendo a curarla. Maricarmen, la madre de "J" y eventual casera de JL, debió pensar que la que os escribe estaba demasiado loca para ser peligrosa, y me abrió la puerta de su casa sin saber quién era. Ella, probablemente, tampoco era la Duquesa de Romanones... aunque eso a JL la verdad es que le importaba bastante poco, a mí menos, y a ella intuyo que menos todavía. En días, JL era otra. La herida estaba cicatrizando muy bien. El ala cada vez tenía mejor pinta. Cada día "J" y Maricarmen me decían que cuando el sol era potente, pero aún libiano, ponían la jaula en el patinillo, y JL, con esa sabiduría innata que tienen las palomas para curarse con el lorenzo, abría el ala (siempre el ala mala) para recibir su baño de sol, que poco a poco debió ir haciendo soldar su fractura, y haciendo el ala fuerte para poder volar.

Llegado el Sábado -el tercer Sábado de Mayo- estaba yo por la mañana con JL y con "J" (pero por Dios... ¿cómo se me ha olvidado el nombre de ese niño?), intentando de que JL volara un poquito. No mucho, porque aún tenía el ala rota, aunque ya la movía mucho mejor. Me vio con el Betadine y la gasa... y no le debió gustar demasiado. La verdad es que para curarla tenía que hacerle un poquito el hara-kiri... e instintivamente las primeras veces se dejaba, pero a medida de que la veíamos mejor cada vez ponía más resistencia.

Y entonces ocurrió que entre los juegos y correteos de "J" y la amenaza de mi bote de Betadine y ese "papel de lija blanco empapado de 'eso' que salía del bote de Betadine, que parecía sangre" (así lo debía de ver JL), JL alzó el vuelo. Se posó en el alféizar de la ventana del vecino de arriba, y luego en el de enfrente del piso más alto del patinillo. Y luego, voló. No volaba del todo bien, pero fue capaz de alzar el vuelo. Intentamos esperarla, por ver si volvía. Pero no volvió. Simplemente, abrió sus alas, la buena y la rota (que ya no estaba tan rota), y voló. Sé que era el tercer Sábado de Mayo porque ese día, por la tarde, salía mi Pastora por San Lorenzo.

No sé qué habrá sido de ella. Ni de "J". Ni de Maricarmen.

Sólo sé que hoy me he acordado de aquel animalillo, no por fuerte menos indefenso... no por indefenso menos fuerte... y de toda su historia hasta que, confiado en su independencia, volvió a alzar el vuelo... no sé si prematuramente... pero lo alzó.

Y es que hoy yo también he echado a volar una paloma con las alas rotas y una herida a medio cerrar...



Gracias a Reyes, Manolo, Mariano, a mi familia pastoreña, a mi compañía de Danza -la mejor compañía del Mundo, chicos... y parte del extrangero- y a todos los que en estos días, y en los que quedan de incertidumbre y de dolor, habéis estado, y estáis, soportando el chaparrón e intentando propiciar que el felino mordisco que esta paloma lleva en las alas cure al menos lo suficiente para volver a alzar el vuelo. Un vuelo pequeño, apenas perceptible acaso desde lejos... pero vuelo al fin y al cabo... que es danzar entre las ondas de la libertad.

sábado, 24 de marzo de 2012

La Cochera


La verdad sea dicha que no es ni fue nunca el Palacio de Liria... ni siquiera arquitectónicamente tiene nada digno de ser reseñado, si no es estar en plena calle Santa Ana, a dos pasos de San Antonio, a tres de San Lorenzo, a cuatro de San Clemente y a un trozo de calle de la Alameda de Hércules.

Probablemente tiene la misma planta, la misma alzada y la misma finalidad que otros muchos locales que puede haber en Sevilla, en los bajos de un bloque de pisos de una calle estrecha, poco comercial, que terminan siendo almacenes o trasteros del comercio de la calle principal del barrio, dos manzanas más para arriba, o el garaje de la vivienda de al lado.

En realidad, lo único especial que tiene aquel lugar, que en tiempos fue el almacén de una tienda de cunas, es el ser la casa de hermandad de mi Hermandad de la Pastora de San Antonio. Por lo demás es como tantas otras mini-navecitas urbanas de las que, nada más que en el distrito dos, puede haber miles... con su portón de hierro pintado de verde, horrorosa y gratuitamente "adornado" por esos pseudo-grafittis a medio terminar de gamberros nictálopes que, encima, no saben ni pintar grafittis en condiciones.

Posiblemente por todo eso, el por entonces guardián del -por entonces- Convento de San Antonio, en un ataque de "genialidad", le largó el mote: la Cochera.

La Cochera va variando de mobiliario según a Fulano se le haya quedado en desuso un armario, o a Setana una mesa, o a Mengana la de Perengano un aparador. Se diría que está hecha como los lápices del name: a cachitos. A retazos de vida de unos y otros: los que se quedan, los que se van, los que están siempre, los que pasaron por allí un instante en sus vidas y, no se sabe por qué, dejaron algo de ellos en el ambiente, en el paisaje y en el paisanaje interior del habitáculo, todo un país en sí mismo o, al menos, para algunos, una Patria.

El mueble viejo que en casa sobra o estorba, en la Cochera se convierte en ese armario para guardar parte del ajuar de la Virgen, que llevaba años en proyecto de adquisición y sin poder entrar en los libros de cuentas, cortitas, cortitas siempre. Cortitas... y hasta sin sifón.

Los restos de una cubertería vieja o de una vajilla diezmada, sustituida ya en casa por otra más nueva y con todos sus detalles, en la Cochera son el vehículo inmejorable para un buen comadreo de vecinas de barrio antiguo, al calor de un cafelito con pastas, en las tardes de costura o de manualidades. O la alegría de estar, un mes más, juntos y junto a Ella, tras la Sabatina de primero de mes, cuando la mesa de los Cabildos se llena de viandas, cada una llegada de un rincón de la feligresía sentimental de la Hermandad, de adentro y afuera de La Gavidia.

¡A ver quién es el guapo que puede igualar más de cuatro platos, cuatro cubiertos o cuatro trapos de cocina!.

Pero... ¿qué digo?: Estamos a menos de una calle de la Alameda de Hércules, somos hijos del Sueño de un loco bohemio -¡el sobrino de Don Juan Tenorio!- y entre nuestras glorias pasadas destacan dos famosísimos, nobilísimos, excelentísimos... maestros de baile de  la academia del barrio. En la mezcla está la pureza, hermano... La fusión es riqueza, y además es la única riqueza de la que podemos disfrutar los pobres, así que al que no le vaya el tema o busque algo más encopetado, Manolito León está en la calle de atrás.

Así, la Cochera es... mucho más que una cochera. Es donde cada Abril se enciende la luz de la barquita de plata que pasea a la Señora por su barrio cada Mayo, poco a poco, paso a paso. Donde se devuelven a la vida a los maltrechos candelabros a base de "trapito, 'sepiyito shico' y mucha 'pasiensia'... y vámonos que nos vamos". Y de los doce o trece arañazos de rigor con los trozos machacados de hojarasca, claro está... aunque eso, el tercer Sábado de Mayo, cuando se muere el último rayo de sol vespertino y San Lorenzo regala otro atardecer más, con Ella en la calle y las cuatro luminarias encendidas a plena salve de cera, ya no cuenta.

Donde han ido tomando forma, puntada a puntada, sayas, mantos, dos o tres pellicas y los faldones del paso.

Donde se nos dijo en su día que el espejo de nuestra esperanza estaba herido, y había que llevarlo a sanar... y desde donde algunos salimos, pudorosamente, casi de puntillas, calle arriba hasta la sacristía de San Antonio, pocos días o pocas horas después de que llegara de nuevo al barrio.

Entre sus paredes proletarias se ha ido haciendo, poco a poco, cada esperanza, cada sueño, cada salida, Rosario, Triduo y Función. Cada conflicto que nos encoje el alma por un espacio de tiempo y de vida, cada desgracia que nos abate, y cada alegría. Todo así... a la antigua usanza: a "manubrio"... o a juego de muñeca, que decía una antigua profesora de la que os escribe.

Todo lo que mueve al corazón de este puñado de pastores... todo. Y también esta aprendiz de pastoreña que, como todo en esta vida, también se va haciendo poco a poco, con vivencias intransferibles y en un lugar concreto: entre San Antonio, San Lorenzo... y la Cochera.

Fijaos que la Cochera, tan chica y tan pobretona como es, sirvió de improvisado almacén de juguetes a sus Majestades de Oriente (pero de Oriente, Oriente... no de Luis Montoto), una Navidad que un colega de Melchor nos dio un toque para que les guardáramos los regalos de Reyes a los niños de Sevilla 2... Que aún me recuerdo con el brazo bueno vendado y el otro sosteniéndole el fixo a Mercedes, para envolver cada presente y ponerle el nombre y la edad de su futuro destinatario. Que luego fuimos a entregárselos a la cárcel, ¿os acordáis?. ¿Y el día que vino el camión de Donantes?. ¿Y cuando Martínez Alcalde nos felicitó por el primor sencillo con que preparamos la Cochera para los actos del Centenario?. ¡Qué annnchos nos quedamos algunos!.

Pequeños pedacitos de historia, de esa historia que no se detiene jamás, pero que deja el regusto de habérsela vivido en quienes estuvieron en disposición de paladearla. Pequeños pedazos de vida que, posiblemente, no quedarán recogidos en ningún libro de actas, sino tan sólo entre los archivos empolvados que, día a día, vamos guardando Gavidia adentro en el alma.

Pues este año, pa' rematar la faena, ¡Un ropero solidario en la Cochera!. ¡Digo!... Martes y Jueves toda la tarde... que está de ropa la Cochera... ¡pues más ropa sale!. La de gente que vendrá por esa calle Santa Ana buscando el portón de la Cochera, con un pellizco en el alma, como tantas veces lo hemos buscado nosotros, los de casa... los de la Cochera... con la que está cayendo y la que nos queda...

Que conoce la Cochera tardes y tardes de trabajo. Alas caídas de más de uno y más de una que, como por instinto, tiraban pa' la Cochera como los elefantes cansados de vivir, que van todos al mismo sitio a dejarse caer. Esperanzas nuevas o renovadas como de golondrina o paloma arrabaleras, que llenan, cada primavera, el mismo nido de vida y alegría reciennacidas. Y más de una ilusión. Y más de un llanto. Y más de una trifulca... ¡seguro!.

Y más de lo mismo: un puñado de almas intentando navegar en las aguas revueltas de un mundo que fuera es hostil, y dentro ajustado.

Ya ves... para ser una triste y común -que no vulgar- cochera, la de cosas que podría contar nuestra Cochera. Que si la Cochera hablara...

Y sí... sí que he entrado a otras casas de otras hermandades, mucho mejor equipadas, por qué no reconocerlo... Y no niego que me puede, por ejemplo, ese patio de detrás de la Pastora de Santa Marina, donde cada Septiembre me voy a despetalar ilusiones viejas y nuevas, para verlas llover hasta Ella el Domingo de procesión en la calle Divina Pastora, esquina con González Cuadrado.

Pero como la Cochera... No, qué va... Como la Cochera ninguna. A todas las demás les falta algo que, invariablemente, encuentro en la Cochera. A todas.

... Y es que como en la Casa de uno...

domingo, 18 de diciembre de 2011

Dieciocho de Diciembre









            Creímos que todo estaba
roto, perdido, manchado…
- Pero, dentro, sonreía
lo verdadero, esperando -.

            ¡Lágrimas rojas, calientes,
en los cristales helados…!
- Pero, dentro, sonreía
lo verdadero, esperando -.

            Se acababa el día negro,
revuelto en frío mojado…
- Pero, dentro, sonreía
lo verdadero, esperando -.


OLVIDANZAS
(Juan Ramón Jiménez)




 

Hoy es día de la Esperanza...