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domingo, 19 de agosto de 2012

Anhelo

Donde habitan los suspiros
de la Bambera gitana,
y los ayes más remotos
que suenan por Seguiriya.
Donde se duerme Sevilla
y se traspasa Triana,
y se hace flor una Nana,
y Sueño una maravilla.
Donde brota la semilla
del Sueño más Sevillano,
y torna en Tango gitano
la clavel de tu mejilla.
Donde juega la chiquilla
que otrora, de niña, fuera,
y llora la Petenera
de destierro y de dolor.
Donde rondada de amor
de tu mano primorosa
pierde su espina la rosa
y desgrana en Ti su olor.
Donde Liviana al calor
de tu sereno albedrío
cruza la Cantiña el río
de la pena a la Alegría.
Donde aguarda el puro día
que crepúsculo no aguarda,
y dos ángeles de guarda
coronan la fantasía.
Donde no existe falsía,
ni injusticia, ni venganza,
y se vuelve la alabanza
feliz, cual la Colombiana,
y juega la Sevillana
a ser oración y Danza.
Donde vive la esperanza
de las cosas que se sueñan,
y las maestras enseñan
con amorosos cayados.
Donde la gente ha olvidado
lo que vale la mentira.
Donde la vida es Guajira,
sin Soleá, sin Taranto.
Donde no te busque tanto
porque te sienta a mi vera,
y toque a mi primavera
terciar de flores su manto.
Donde ya no llega el llanto,
y el alba se ve más clara,
y se acierta a ver tu cara
sin espejos de árbol vivo.
Donde el Martinete, altivo,
tras las lunas se levanta,
y entre fraguas de gargantas
forja de estrellas tu velo.
Donde se vislumbra el Cielo,
y se muere la Taranta.
Donde dos palomas santas
pintan rizos en tu pelo.
Donde mueren mis anhelos,
y la vida se hace gozo,
y se llora de alborozo
ante tus ojos de aurora...
Qué gozo tener, Señora,
un trozo de Edén bendito.
Un compás, un pedacito
de Cielo, apenas un cante.
Una mirada, un instante,
mi bata de bailaora...
Y, vestida de Pastora,
la Gloria de tu semblante.

sábado, 3 de marzo de 2012

Una voluntad de hierro

Desde hacía años era algo más que un capricho, y el día que la vi en Gómez del Moral intuí que, tarde o temprano, sería mía. Si no ella... una hermana gemela suya.

Era una bicicleta de las de toda la vida, con su luz, su cestita y su muelle sobre la rueda de detrás para enganchar una de esas carpetas de cartón azul de toda la vida. Una bici de las de antes, vamos.

No era BH, ni Orbea... ni de ninguna otra marca que me resultara conocida, ni tenía dibujadas florecitas, ni el diseño era de esos pastelosos tipo "Sara Kay". Pero iba bien conmigo: la cesta era grande como para que cupiera el maletón que casi siempre me acompaña, el sillín como el de mi BH de hace treinta años (no de estos modernos que se te clavan en todos lados), el manillar el de toda la vida... y para colmo era alamedosa, como yo, color Alameda de Hércules y recién montada en la calle Calatrava, al borde mismo del paseo y a dos pasos de San Lorenzo, de San Vicente y de San Antonio.

No la reservé en el momento. Quería ver otras bicis por otro lado... aunque, de mí pa tí, ya había hecho la elección.

Iba a estar en casa el día 6 de Enero. Era mi único regalo de Reyes. Una bici... es una bici. Pero Sus Majestades tardaron algo más, porque se agotaron en la tienda minutos antes de que llamara para reservarla.

El trece de Enero pasado, Viernes, tocaba pastoreo en la calle Santa Ana, muy cerquita de La Alameda. En mi casa de Hermandad de la Pastora de San Antonio se celebraba Cabildo de Elecciones a Hermano Mayor y Junta. Servidora había pedido relevo de la mesa en la que intentaba ayudar un poco para estirar un poco las piernas y hacer una llamada a la Fuente de las Palomas, que como mis paisanos saben está en la otra punta de la ciudad, y decirle a mi gente que no me esperaran despiertos, que me quedaba para rato en San Lorenzo, que no se asustaran y que ya llegaría. Que el Viernes es sagrado y si hay pastoreo en San Lorenzo, más.

En el teléfono, silenciado -como mandan los cánones en esas ocasiones- había una llamada perdida de un número que no identifiqué en principio. Llamé. Eran como las ocho de la noche. Mi bicicleta ya había llegado a Gómez del Moral. Estaba allí... a dos pasos de la calle Santa Ana, en la Alameda de Hércules, en el catorce de la calle Calatrava. La tenían que tunear un poquillo para poder llevármela al Aljarafe y para esa cueste"cita" tan mona que hay a la salida del paseo Marqués de Contadero... que tiene migas la cuestecita... así que, aunque me podía la curiosidad y estaba a dos pasos, mi bici -ahora sí: MI bici- se quedó allí hasta el siguiente Miércoles.

A partir de entonces, sé lo que es ir por Sevilla sobre ruedas. Sobre ruedas propias... sin el incordio de tener que revisar bicicleta por bicicleta de las de SEVICI hasta encontrar -cuando las encontraba- alguna que no estuviera rota, sin tener que parar cada dos por tres para anclar y desanclar "la borrica"... sin tener que ir sin frenos, sin luces o con el sillín en tenguerengue.

No es por nada... pero la bici lo aguanta todo. Y es preciosa... color Alameda de Hércules. ¿Os había dicho ya que tiene el mismo color que La Alameda?. Pues tiene el mismísimo color del pavimento del paseo... Y se integra a la perfección con el entorno cuando la dejo aparcada en los bicicleteros que ha puesto el Ayuntamiento a la altura del parquecito de los columpios. Se debe haber aprendido el camino desde la Fuente de las Palomas a la Alameda, pasando por La Gavidia, San Lorenzo, San Vicente, la Placita de San Antonio y la calle Santa Ana, porque cuando tiro para allá parece que va sola... y cuando quiero tirar para otro sitio, casi casi puedo percibir como se rebela: "¡¡Oye... pero a dónde me llevas?!!, ¡¡¿Desde cuándo hemos tirado tú y yo pal barrio del avecrem?!!".

Sin embargo, en la calle Fresa, por más que está al lado justo de Calatrava, lindando con el paseo casi, debía de parecer demasiado clara, más en la oscuridad de la noche... Demasiado clara, demasiado nueva... con cestita, con luces... Demasiado para el body de un colgao que pasó por allí el pasado Miércoles, no con muy buenas intenciones, como de las nueve y cinco que salí de la clase de Manuel Imán, en La Caja Negra, a las once y pico que debí regresar de tomarme con los compañeros mi tapa de "pollo barnizao" en El Pimiento. Al menos eso es lo que dijeron los dos agentes que me vinieron a socorrer desde la comisaría cuando vieron la barra antirrobos hecha un Cristo... que más parecía una cucharilla de las de Uri Gueler que una barra de acero galvanizado.

El caso es que cuando entré al callejón, vi a un individuo que no me dio del todo confianza cerca del bicicletero, que en principio estimé vendría buscando escombros o chatarra de la obra de atrás. "Uffff... ándate con cuidado con éste", me dije.

Cuando llegué, vi que en la mano llevaba un serrucho. Cuando me vio se marchó, con parsimonia, casi al mismo tiempo de que yo comprobara que la "chatarra" que andaba buscando no estaba precisamente en la obra... 

Casi me dio un síncope. En ese momento pensé volver corriendo al Pimiento, a buscar a alguno de los compañeros... pero... ¿cómo iba a dejar allí la bicicleta, con la barra medio rota y mi amigo el del serrucho a la vuelta de la esquina?. Pensé en salir corriendo... meter la llave y salir corriendo con la bici... pero... ¿y si el nota me está esperando en la boca de la calle?. En ese momento, de verdad que no sabes qué hacer. La impotencia más castrante, el miedo, la sensación de desamparo, de "me ha tocado a mí".... son aplastantes.

Como pude, desde el callejón llamé a dos o tres transeuntes que pasaban justo por la boca de la calle, por Calatrava en dirección Barqueta. No sabía qué decirles... No coordinaba. Ellos se asustaron quizá más que yo, pues la expresión que yo entonces debía de tener bien podría compararse a la de cualquier colgado de los que roban bicicletas o atracan a quien se le pone a tiro en cualquier callejón.

"Miren ustedes... ¿pueden venir?... ¿pueden acercarse?... Por favor, ¿pueden ustedes venir?". Como pude, en un ramalazo de coordinación, de la poca coordinación que me quedaba, logré decir: "Me han forzado la bici". Después, ya en compañía, me debí tranquilizar un poco, al menos para explicarles que lo que quería era que me acompañaran hasta la esquina de Vib Arragel porque me daba miedo salir sola con la bici, vistas las circunstancias, hasta la Barqueta.

En presencia de mis primeros ángeles de la guarda, metí, con la mano temblando, la llave en la cerradura de la "u". Bueno... de la "u" que para entonces me la habían dejado hecha una "uve doble mal garabateá". La llave no entró. Ni con mi pulso tembloroso ni con el de uno de mis axiliadores, más sereno. La barra había sido de tal manera forzada que no funcionaba la cerradura. Desconozco con qué y cómo lo hicieron... pero daba miedo ver el estado en que había quedado. Y era acero macizo. 

Mi desorientación en aquellos momentos era mayúscula. Ni sabía lo que hacer ni tenía asiento para hacer nada... Fueron estas tres personas las que me acompañaron a la rampa de la Comisaría de policía de la Alameda, y allí ya, como pude, le dije al primer agente que me encontré, pisándome la lengua de pura desesperación: "Que m'han intentao robá la bicicleta ahí en la calle 'Freza', que no la puedo zacá, que'r tío ejhtá por ahí merodeando a ve zi pué vorvbé a terminá de romperme la cadena y llevarzela der tó".

Tengo que agradecer el trato recibido por la Policía, que en todo momento me trató, más que bien, mejor. En seguida dos agentes en moto se dirigieron conmigo al lugar de los hechos, viendo el estropicio que habían hecho con mi bici y con el amarre antirrobo, que verdaderamente había cumplido bien su trabajo.

Una hora y algo se pasaron dos agentes primero, que luego fueron auxiliados por otros dos más, intentando terminar de romper la barra para poder sacar la bicicleta del bicicletero de la calle Fresa. Una hora y algo, casi una hora y media quizá... sin explicarse cómo el "choro", que así es como ellos llaman coloquialmente a esos amantes de lo ajeno que, amparados por una justicia que es de todo menos eso: JUSTICIA, cada vez proliferan más en nuestra ciudad, había podido doblar aquello que parecía ser lo más duro del mundo.

"¿Dónde te has comprado la cadena, hija?", me decían. "Pues donde te la hayas comprado... cómprate una igual, no lo dudes". Aquello no cedía con nada, ni con esa especie de alicates gigantes que según me dijeron intervinieron a otro "choro", ni con un martillo y un cincel... Incluso llegaron a dudar que fuera posible serrarlo con un serrucho. A estas de hoy, Sábado 4 de Marzo, le debo el tener bici aún a la calidad de la barra antirrobos que me vendieron en Gómez del Moral el día que me llevé la bicicleta. Lo digo por si alguno por ahí tiene la burra amarrada a las pitones esas antiguas... que sepan que si pasa el chorizo de turno con ganas de fiesta eso se lo meriendan en segundos, según me contaban los policías.

Después de hora y media casi de trabajo, y de poner buen humor al asunto para que me tranquilizara un poco, entre los cuatro agentes lograron romper del todo la barra, y sacar la bici de la calle Fresa, ante el alivio del camión de la basura, que tuvo que esperar lo suyo también, y el alivio -a medias- mío, que todavía no había entrado en mí. Tal y como la sacaron, volvimos a la comisaría, pusimos el sillín en su sitio y, escoltada por los dos agentes que me atendieron, volví pedaleando hasta la Fuente de las Palomas. No sé cuánto hay medido en pedaladas, pero un trecho importante. Eran más de la una y media de la noche. Yo me levanto todas las mañanas a las cinco y media de la madrugada para ir a trabajar. Estaba temblona... tanto que se me iba la bici. Si apenas tenía equilibrio para mantenerme depié, ¿cómo iba a mantenerme en la bici?.

La bici, como no tenía cadena para amarrarla, he tenido que subirla a mi piso. Ahí está, toda magullada, llena de rasguños y arañazos... los que el "choro" le debió hacer intentando birlármela y los que los agentes tuvieron que propinarle intentando salvarla de las garras del "choro", que con más probabilidad de la deseable seguro hubiera vuelto a terminar su trabajo... Ahí la tengo, en la entrada, quieta...

Le he comprado otra "u", no igual, sino mejor. Se la compré ayer en Gómez del Moral, en la Alameda. Pero resulta que es tan buena la "u" y tiene tanto predicamento que hay que registrarla por Internet y todo, con la marca de la bicicleta, el modelo, el distribuidor... ¡Y yo no sé el modelo de mi bicicleta y la marca!. Así que, hasta el Lunes que vuelva a abrir Gómez del Moral y pregunte... no la saco. Que hay muchos "choros" por ahí y me hace mucha falta mi bici. Que de la Fuente de las Palomas a la Alameda de Hércules, a San Lorenzo, a San Antonio y a la calle San Vicente hay hora y media en TUSSAM, cerca de los diez leros en taxi (cuando no más) y una auténtica aventura en SEVICI.

Y hay que ver... que hoy estoy aquí, totalmente echa un ocho... parecido al estado en que quedó la antigua barra que salvó a mi bici... sin querer salir a ningún sitio... Con el cuerpo todavía temblón y una indignación que se podría cortar... con el serrucho de mi amigo el de la Alameda de Hércules... sin ganas de nada... y sin poder sacar la bici.

Y me llama una hermana de la Hermandad, que también es "del extrangero" (vamos... que las dos vivimos más p'allá de la Plaza de La Gavidia), y me dice que le cuesta ir a la Hermandad viviendo tan lejos. Que yo, que aún viviendo en la Fuente de las Palomas, voy cada semana hasta allá, hasta San Lorenzo, voy porque tengo una voluntad de hierro.

Sí, señora... cierto. Yo tengo una voluntad de hierro... que me lleva casi todos los días a San Lorenzo, a La Alameda... A la calle San Vicente o la Plaza de La Gavidia. Una voluntad de hierro... sí... Pero hoy la tengo en casa, magullada, arañada toda y seguramente con el susto en el cuerpo (porque seguramente hasta siente y todo). En su cuerpo de hierro, color Alameda de Hércules.

La otra, la que tenía desde antes de las elecciones de la Pastora... que también es color Alameda de Hércules, y de vez en cuando me llama a perderme Gavidia adentro... no sé si es de hierro... pero desde hace tres días está también magullada, arañada toda... echa un ocho... asustada e indignada.

sábado, 19 de noviembre de 2011

A las siete y cuarto



Y yo que siempre solía decir que iba con la hora justa, la exacta... Justo por el reloj de la torre de San Lorenzo. Yo que fijaba el meridiano del mundo donde se asienta el de mi propio universo... Y le ha dado por pararse a las siete y cuarto.

Y digo yo... Si San Lorenzo es el corazón de Sevilla, y el reloj en la torre marcaba los pulsos del corazón de San Lorenzo... ¿Qué va a ser ahora de la ciudad entera?. ¿Se ha parado el tiempo en Sevilla?. ¿O sólo en San Lorenzo?. ¿Se habrá quedado Sevilla sin corazón?. ¿Y los lubricanes?. ¿Quién sabe ahora cuánto duran los lubricanes?. ¿Qué compás han de seguir los atardeceres, Otoños presurosos de cada día?.

Y no sé si es el golpe de calendario, o fue el mini-incendio de La Bofetá de hace unos meses... o simplemente un punto de cordura sobre la "i" de este mundo loco, que siempre va corriendo y corre a ninguna parte.

Sólo sé que desde hace tiempo, no sé muy bien cuánto, cada vez que miro al cielo, la Mora Cristiana marca, impertérrita, irremediable, las siete y cuarto.

Yo también quisiera, vieja torre, alminar de la tarde, detenerme un momento en el tiempo, dejar correr a la gente a mi alrededor, escapar del Siglo y de los siglos, y del tiempo todo. Te miro, pues, y no sé si se me inunda el alma de nostalgia o de deseo, de pena o de cierta envidia.

Deseo de escapar para quedarme, de volar lejos para llegar a estar cerca, de parar para no sentir esta inútil sensación de tiempo huero, ajeno, alienado. Nostalgia de miradas hacia el cielo, partido por dos mitades desde la mitad de Cardenal Espínola, un poco más allá de las Capuchinas. Envidia de quien puede volverse ajeno al tiempo que desconoce, que ya no reconoce ni le afecta. Y pena... pena de tiempo muerto, el tuyo y el mío: el tuyo porque paró, el mío porque ya no me pertenece.

Y te miro, detenido el tiempo entre tus manos -entre tus manillas, digo- y quisiera detener el tiempo de los de abajo, transeúntes de la Plaza... De la vida.

Y me dicen los que saben que tengo la cabeza a las tres de la tarde.

No... La tengo justa, exactamente, a las siete y cuarto.

viernes, 28 de octubre de 2011

Te regalo...

Te regalo un trozo de vida que no viví (tú sí), un sonido flotando en el universo atemporal de las evocaciones. Un espejismo de proyectos rotos. Tu antigua casa. La casilla de los locos.

Te regalo una canción, sin voz, como tú; olvidada por todos... o por casi todos, como tú. Bueno... como tú… y como yo. Tu canción. Nuestra canción. Mi canción preferida. ¿Sabías que es mi canción preferida?. Yo también la he escuchado hasta la saciedad... en un disco. Sí... me acuerdo que el disco me lo compré con lo que me pagó una turista francesa por una clase de Sevillanas que le di en una habitación de hotel en el Barrio de Santa Cruz.

Te regalo este trozo de algo que ni siquiera me atrevo a definir, porque no lo conozco. Hace años que sabía que esto fue, que pasó, que ocurrió cerca del suelo que piso cada día, en mi misma ciudad, mucho antes que Mobile, que Danzaterapia, que la fiebre de la integración, de la inclusión, de la autogestión y de su puñetera madre. Antes de la sutileza. Antes de que yo tuviera siquiera noticia de que esto existía.

He buscado este video antiguo, caótico quizá -medio borrado de años- por cielo, mar y tierra. Ayer lo encontró un amigo y me lo pasó... y me acordé de ti. ¿Te acuerdas tú de estos?. ¿Estabas allí?. Estabas allí, ¿verdad?. ¿Sonaban tan bien como me suenan a mí?. Ese piano... ¿sonaba de verdad, o no...?. ¿Photoshop?, ¿Videoshop?, ¿Teclashop?... O Síndrome Marinelli (dos docenas de dedos en cada mano... Probrecito... nació ya así y sin remedio, y no lo iba a tirar la madre al cubo de la basura. Sobre todo porque tenía la mujer a dos iguales y el delito iba a ser por duplicado. Además, que tiene que haber de todo en la viña del Señor, ¿o no?).

Pero tú... ¿estabas de verdad allí?. ¿Tú?. ¿A ti... te gustaba toda esa música?. ¿Tú... rockero?... ¡Anda ya!. Tú no. Tú, el "abuelo" del taller, tú tranquilo, absorto en tus largos paseos, aspirando sólo a tomarte un café de máquina en el pueblo con las cuatro perras que te da la gobernanta. Estás demasiado cargado de años, demasiado doblado. Más quemao que la pipa de un indio, que la Exposición Sevillana y el Pabellón aquel de la Expo. Más quemao que tú mismo, abuelo... más quemao que tú, por no decir más que yo.

Claro... que... pensándolo bien, esto fue en el 84, ¿no?... Entonces yo estaba haciendo la Comunión en el Corpus Christi, no sabía dónde estaba San Lorenzo, menos La Alameda (uuuuhhh, lagarto, lagarto... que entonces sí que tenía sentido aquello de "no niego que te he querío"). Sevilla, para mí, terminaba en la puerta del Corte Inglés que daba a La Gavidia (que en realidad no daba a La Gavidia, sino a La Concordia). Escuchaba a Parchís, Enrique y Ana y al mormón ese que cantaba con los Pitufos. ¿Sabes?... entonces yo no sabía bailar ni las Sevillanas. Y tú... tú podías tener chispa más o menos la misma edad que el de los teclados... el chico, el que murió. Echando esos cálculos... Más raro es que lo flipe yo, que no que lo flipes tú.

Te regalo lo que me regalaron ayer. Sabe Dios quién y dónde lo encontró. Quién lo grabó en su día... tú sabes dónde.

No te preocupes... ya sé que no eres el trabajador de la semana. Si hubieras estado fuera probablemente ya te habrías jubilado, o serías uno de esos funcionarios -quemadísimos- del "vuelva usted mañana". Pero da igual... te lo regalo. No es un premio, no tienes que ganar nada. Es un regalo. Porque sí, macho... porque sé que te gusta. Que te he quincao, que cuando los pincho en clase para los de la Danza te escaqueas del taller y te acercas a escucharlos.

Toma, pa' ti. Disfrútalo y que te cunda, tío. Te lo regalo.

Pero dime: Tú... de verdad... ¿estuviste allí?.



Alameda, 1984
Festival SALTA LA TAPIA, en el antiguo Hospital Psiquiátrico de Miraflores (Sevilla)

lunes, 1 de agosto de 2011

El sueño de un desterrado (I)

“Guarda en su finura el sueño
 de una vocación perdida.
 Todo terruño añorado
 duerme en su perfil pequeño.
 Ella Misma es todo sueño,
 y en soñar le va la vida.
 Mas es Ella lo soñado...
 Que el Sueño de un desterrado
 es la Tierra Prometida.”




Dicen que no era de Triana...

Que llegó con el alma ya vieja desde la otra margen del río.

Vicisitudes políticas de una España revuelta, que nunca fue "una",  lo sacaron de su casa a golpe de decretazo, le privaron de llevar consigo sus señas de identidad, lo apearon del camino que en otro tiempo decidió tomar, y lo disfrazaron de persona normal, sin ideales, sin idiosincracia... un personajillo al uso de la época.

Probablemente se pudo ir de Sevilla, y así habría evitado todo lo que pasó después. Muchos lo hicieron. En las Américas todo era distinto...

Pero no se fue.

Lo tuvieron pululando, paseando su destierro sentimental, por varios barrios de la ciudad. Y cuando ya le pesaba el alma demasiado, lo mandaron a Triana... para más inri a Triana... al otro lado del río, donde la palabra DESTIERRO ya no era solamente una manera figurativa de nombrar el desarraigo. ¡Ay, el río!... ¡el Río Grande!... Qué grande es... algunas veces.

Se llamaba Miguel, igual que el arcángel que vela por Sevilla. Nunca cambió su nombre. ¿Para qué?... Suelen cambiarlo los frailes para reseñar algún santo de su devoción, a menudo la devoción de su ciudad natal, y luego se colocan el nombre de su tierra por apellido. Pero él ya tenía a su tierra en su nombre de pila. "Fray Miguel... ¿de Sevilla?"... Hubiera quedado redundante y un poco hortera, la verdad.

No hay peor destierro que el que te separa de tu propio ser. Ni mayor crimen que mutilar un alma arrancándole algo que le es esencial, como sus creencias y su vocación, sean estas, y aquella, las que fueren.

Se llamaba Miguel, nació en Sevilla, ya no era capuchino, y como todos los desterrados y los parias de todos los tiempos y lugares, soñaba con regresar a la Tierra Prometida, al tiempo de las flores.

Y lo mandaron a Triana... que no había otro sitio... Tuvo que ser a Triana, con el río de por medio. Y en Triana, soñando en la Tierra Prometida, en el Sueño más Sevillano, intentó, por un instante, traerlo desde la orilla de su pasado. Luego pensó... y al cabo dijo para sí: "Sí... eso haré... La traeré hasta aquí. La traeré hasta Triana. Será el Sueño de Triana, igual que lo es de Sevilla".

En cierto modo, Miguel hizo lo mismo que Isidoro, pero al revés: Isidoro pensaba... pensaba en cómo tenía que ser aquella Señora que encandilara a Sevilla. Pensaba y no daba con la clave... hasta que lo soñó. Miguel soñaba con la Tierra Prometida. Soñaba, pero no podía poner en claro aquello que soñaba; no lo atinaba a pensar con la consciencia necesaria para el que quiere poner en pie un proyecto más o menos de futuro.

En vano buscó por toda la ciudad, a un lado y al otro del río, un rostro, una cara, unos ojos... que expresaran aquello que él sentía cuando pensaba en Ella, casi ensoñando. Fueron bocetos y bocetos... artistas y más artistas... madera, barro, papelón... Y no, aquello no era... ni aquello, ni aquello otro, ni lo otro... ni lo de más allá. Aquello... no era lo que él quería. Eran bonitas, pero no era Ella.

Cansado, quizá a punto de dejar volar su sueño, sentose un rato al pie de la Virgen marinera. Lloraba, pero en su semblante había algo... algo que no dejaba morir aquella especie de bohemia, de ensoñación, que el viejo cura albergaba en su pecho. "Con razón te llaman Esperanza los trianeros", le dijo muy bajito. Y se levantó lentamente, y caminó hasta el puente -el puente de barcas- porque aquella mañana había de bajar a Sevilla.


Había ya dejado Triana atrás, y aún en la otra orilla sentía aquella brisa marinera llena de esperanza que junto a Ella había sentido. Recorría las puertas y las calles. Iba absorto. Quizá en la Esperanza. Quizá en la Tierra Prometida. Quizá era que conocía bien el camino. Al fin y al cabo, se trataba de su ciudad, y él había nacido en aquella margen del río.

Mas de repente, sin quererlo, sintió que algo parecía mirarlo desde una ventana de la calle. Sin saber por qué, como prendido de una intuición que no fuera la suya, volvió la cabeza. En seguida reconoció aquel rostro.

Tras la ventana, un viejo escultor sacaba algo a la entraña de un agreste leño... Miguel no pudiera haber jurado el qué. Al fondo, sobre un armazón desnudo hecho con listones de madera, estaba Ella, la que había atraído su atención, sacándolo de la abstracción en la que caminaba.

Era apenas una niña. Morena, como la Esperanza. Su rostro trasminaba dulzura. Parecía que soñaba, absorta en no se sabe qué tiernos pensamientos. La serenidad hacía nido en sus ojos. Nada quebraba la inocencia de aquella muchacha que miraba, solícita, hacia la ventana. Soñaba. Un anhelo de tierras lejanas, devueltas en la ternura de lo recordado, parecía transir su sueño, más tan leve y dulcemente que la pena no hendía una mínima raíz por entre sus ensimismadas cavilaciones, ni en las de aquel que se regalaba en su mirada.

- Oiga usted, buen hombre... ¿Es suya esa Virgen?.

- Sí, mía es?. ¿Por qué?.

- Se parece a la Esperanza, a la Esperanza de Triana.

- Sí... algo. A mi padre le hubiera gustado verla. Fue mi padre el que talló a la Esperanza. Algunas veces el recuerdo me embarga, y entonces parece que fuera él el que me guiara las manos... Sin embargo, ésta es de Gloria. La Esperanza, de pasión.

El hombre hablaba, sin quitar la vista, ni acaso la atención, de lo que estaba haciendo. Miguel, ávido y absorto a un tiempo en aquella visión, seguía preguntando.

- ¿Qué Virgen es?.

- No sé... no es un encargo. Aún está por terminar. Sólo le tengo el busto, la cara. A decir verdad, que lo mismo puede ser una Virgen del Rosario, que de Belén... o una Virgencita del Carmen. Cuando termine Ésta me pondré con Ella... y Ella sola me lo dirá lo que quiere ser.

- ... O una Pastora.

Por un instante los dos viejos se miraron. El escultor no había caído jamás en que aquel rostro pudiera ser el de una Pastora. A Miguel no le cabía el beneficio de la duda. Cuando un rostro te dice algo clara y meridianamente no hay vuelta de hoja, o lo que es lo mismo: una imagen, cuando se representa ante ti tan nítidamente, vale más que mil palabras.

- ¿Una Pastora?...

- Una Pastora -insistió Miguel- Una Pastora para Triana.

 

domingo, 8 de mayo de 2011

Jacarandas

Hoy la he visto. No la buscaba, pero se vino a mis ojos. Como un niño que enseña orgulloso su juguete nuevo, parecía querer decirme ¡mira: ya tengo flores!.

Apenas tenía dos o tres ramitos. Todavía no ha brotado del todo, pero ya lucía su traje nuevo, morado... que en Mayo no es luto, y menos para las Glorias.

Dicen que la jacaranda no es de Sevilla. Que vino de las Américas para adornar la vieja Exposición del 29. Esa de la que hablaba el Pali.

No lo sé. No sé si es o no sevillana. Supongo que no. Pero ha hecho de Sevilla su segunda patria, su casa, su mejor jardín.Toda Sevilla se llena de jacarandas florecidas cada Mayo, y casi todos los Otoños. Sí, en Otoño, porque la jacaranda, por más que delicada, florece dos veces... cuando le apetece.

Y Mayo ya está a la vuelta de la esquina...

Poco a poco la más sencilla de las flores se irá abriendo paso entre las delicias florales de una Sevilla que la espera con los brazos abiertos.

Nacerá como siempre delicada, fragante, asoslayada para que los soles y los vientos de Mayo no la quemen. Siempre de soslayo. Como la esperanza, como casi todas las cosas buenas de la vida.

No hay duda: esto ya no tiene marcha atrás... la Gloria se va instalando en el alma... van aflorando anhelos, que son como las jacarandas del alma: siempre fragantes, siempre asoslayados... juguetillos delicados que tienden a florecer más de una vez. Y una va mirando por las calles, para ver cómo y cuánto están floreciendo las jacarandas... y pensando: "Mayo es cuestión de días. Ya va a estar Sevilla alfombrada de morado..." mientras que deshoja días en el calendario.

Cuando la "suya", esa que espera cada año verla entrar por la calle Guadalquivir, esté cuajada de flores será la hora de despertar. La Gloria se habrá apoderado definitivamente del alma y el País del Eterno Otoño volverá, por un día, a ser tomado por la Primavera.

Por una primavera pujante, que sabe que es Primavera porque una Jacaranda Bendita, sencilla, asoslayada, límpidamente sevillana, ha brotado en sus entrañas como una inmensa Fuente de nueva Vida.

Ya está floreciendo de nuevo la jacaranda, Sevilla.

Placita... qué poco queda.




(Escrito a finales de Abril de 2009)




Se me ha hecho quizá demasiado tarde. Se me ha venido Mayo encima, y ya las jacarandas están en plena floración. El día 21 de Mayo, Tercer Sábado de Mayo, como casi siempre, la Gloria de San Lorenzo saldrá a pasear por las calles del barrio desde su Convento de San Antonio, y el cielo de Sevilla la verá pasar dulce, asoslayada, como una jacaranda... como casi todas las cosas buenas de la Vida...

Corpus Christi en Sevilla. Ocho de la tarde. La calle San Vicente se ha vestido de Primavera. San Antonio es un hervidero de esa alegría de lo sencillo, esa que sólo se puede paladear a pequeños sorbos. María, la de la Placita... vestida de Pastora, sencilla, como siempre, estrenando anhelo y Primavera nueva. Albor de mantilla... La primera estrella que se alza en el cielo para decirle en silencio que en la calle Guadalquivir el día se muere por Ella. Campanas al repique desde las dos atalayas.

... Y se va, navegando, río manso, barrio abajo, en un barquito de plata y flores que sólo lleva por remos los anhelos; por vela... una bohemia rama de álamo que sueña ser rosal para acariciarle el pelo con pétalos de seda. Revuelo de herberas y rizos de pilistra.

Que el País del Eterno Otoño también tiene su Primavera. Que Mayo tiene que llegar para todo el mundo, y San Lorenzo la espera como agua de Mayo. Que Mayo no se abre en el barrio hasta que Ella sale a la calle.

Que Mayo ya se escurre por el calendario y San Lorenzo sueña...

Sueña, barrio de Otoño... Sueña primaveras dulces, serenas, asoslayadas como jacarandas. Sueña, barrio del alma, esencia del corazón de Sevilla... Sueña el Sueño más Sevillano, el de los locos bohemios, el que borra otoños en el alma...

Qué poco queda ya, Placita... Qué poco queda...

martes, 29 de marzo de 2011

Sombra y son

Hoy, aunque hace poco entró la Primavera, tengo el alma llena de Otoño. Y cuando tengo el alma llena de Otoño, el alma se me va buscando su igual por las calles de Sevilla, para encontrar su sitio.


Hay un lugar en Sevilla donde todo el año es Otoño. Bueno... todo el año no. El tercer Sábado de Mayo la Primavera, plena de flores y con destelleos de plata, se apodera del lugar... Qué milagro de primor infinito... Qué dulzura de Primavera sobre Otoño la de aquel Sábado...


Pero el resto del año, todo el año, en mayor o menor medida, a veces por la climatología, la mayor parte de las veces por el propio estado del alma del transeunte, es Otoño. Otoño sombrío a veces. Dulce y cálido Otoño otras.


El Otoño de aquel lugar no es un Otoño cualquiera. No en vano, allí se fabrican y funden todos los lubricanes de la ciudad, que son como pequeños Otoños diarios, como el Otoño de cada día. A veces el Otoño suena allí como una viola en el alma. Otras como un violonchelo, derramando sus notas profundamente, calando hasta los tuétanos de los huesos. Otras, si estás atento, puedes escuchar desde una ventana o un balcón, el eco lejano de un piano que no se ve, pero se intuye. Todo es según le dé a un viejo que se sienta cada tarde en la Plaza a hacer lubricanes con hilos de luz naranja y a tornasolar el pecho de las palomas zuritas con sombras y luces violáceas, mientras las agasaja y les echa de comer mijitas de pan candente.


Fíjate si tiene arte el viejo, que hasta la Plaza lleva su nombre...


Pero otras veces, cuando el viejo también tiene el alma llena de Otoño, o cuando se le inunda de Primavera el tercer Sábado de Mayo, en aquel lugar sólo suena una campana. Un oso panza arriba gruñendo desde la torre de la Iglesia, verdadera Catedral de un País en Eterno Otoño.

Suena... y cuando suena, te llama, hablándote de cosas que crees que nadie sabe... tan sólo tú... y ella. Te empapa, te cala, te llega hasta lo más profundo del alma, más que cualquier otro instrumento que se haya inventado o que inventarse pudiere de aquí en adelante.


Esa torre, al contrario que la Giralda, nació cristinana, pero parece mora. Que yo sepa, sus campanas no tienen nombre, como cada una de las de su hermana primogéita de la Plaza Virgen de Los Reyes. Tampoco es tan esbelta como ella. Pero te habla al alma, al fondo del alma, cuando tu alma está entre penumbras, llena de Otoño.

Parte el cielo de su País en dos mitades, imponiéndose al firmamento altiva, como una fortaleza inquebrantable. Pero al darle el sol en el viejo lomo, cubre al barrio con su sombra protectora, y te hace sentir seguro, porque sabes que nada escapa a su tutela.




Yo no digo que tú seas la mejor del mundo;
la más alta, la más bella ni la más gallarda.
Pero suenas y me llamas a sombras profundas
que guardo en el alma.

Cuando el alba se compone en Santa Rosalía,
-celosía centenaria: cielo, nube y rama-
tu figura incontenible de mora y cristiana.
Sombra y son. Torre y campana.

La Gavidia es la frontera del Eterno Otoño,
de las sombras de Sevilla, de las tardes largas,
de los soles que se mueren siempre en San Lorenzo,
de sonoros muecines que al romper al cielo
son moras cristianas.
Sombra y son. Torre y campana.

Yo no digo que tú seas la mejor del mundo;
la más alta, la más bella ni la más gallarda.
Yo te busco porque sabes de sombras profundas
que oculta mi alma.



Lo siento... pero hoy tengo el alma llena de Otoño.

lunes, 7 de marzo de 2011

NO HABÍA PALOMAS BLANCAS. Mi Pastora de San Antonio de Rosario a los Humeros

Como una paloma... blanca... arrebolada. Tan etéreamente terrena como el aleteo de sus alas cuando alza el vuelo. Tan cálida como su arrullo, cuando el sol choca de lleno en el suelo añejo de su terruño.


Como una paloma blanca, matizada por los rayos del mediodía, que hacen cálido el blancor almidonado de los buenos sueños de Sevilla.

Como una paloma.

Como una paloma blanca, no zurita, ni siquiera gabina, de esas que tanto abundan por su barrio.


La puerta de la Gavidia está flanqueada eternamente por los centinelas del barrio. Da igual que a Daoiz lo llenen de pinchos hasta las orejas... Ellas están en su sitio. Son herederas del noble linaje de las bravías... y como bravías que son, no abandonarán la plaza.

Son azules, grises, negruzcas, ensombrecidas. Quizá a fuerza de tanto surcar el cielo del barrio de parte a parte, fue éste el que las pintó de otoño, en perfecta consonancia con sus calles, con sus gentes... con esa secular sobriedad otoñal de San Lorenzo.

También hay algunas pardas, de las que los palomeros llaman bayas. A mí me gusta pensar que esas son de San Antonio, o de Santa Rosalía... y por eso van vestidas con hábitos franciscanos, del color del pan horneado, cálido de barrio y de fuego bien temperado, recién salido de la tahona.

Van de la Gavidia a la Plaza, de la Plaza a la Gavidia... Algunas se cuelan, quizá perdidas o por un instante desorientadas, por la calle Baños; y otras se pierden por la Concordia hasta la Plaza del Duque, donde nunca les falta un alma caritativa que les haga caer algunos granos de arroz inflado, o “gusanitos” de maíz.

Pero las palomas son palomas... y, como las palomas, siempre vuelven.

Han estado siempre allí... Vieron llegar al Señor y al Traspaso, al Rey con Rocamador, a Fray Isidoro, a Fray Diego y a la revolución del 68, a la Soledad, a la Palma, a San Antonio y a San Francisco... y a María Auxiliadora con su cohorte de salesianas. Y por más que el Ayuntamiento intente quitarlas de en medio, allí han de seguir, quizá hasta que San Lorenzo sea solamente un barrizal de recuerdos conclusos y  dormidos, perdido en lo arcano de la historia de Sevilla.

Son tan de San Lorenzo como las propias paredes del barrio, como las vencidas acacias de la Plaza, en cuyos huecos anidan, como la vieja torre de la iglesia, mora y cristiana, que parte el cielo del barrio en dos mitades. Se bañan y beben en la fuente que el Ayuntamiento puso hace poco en la Plaza, para aliviar la sed momentánea y la calor estival de lorentinos y transeúntes, porque ellas saben que son las dos cosas. Duermen en la techumbre de la Parroquia, donde han aprendido a convivir hasta con las trampas que desde hace años quieren diezmarlas. Comen de lo que les echa la vecindad. Y del arroz que queda en el suelo después de las bodas. Y del bocadillo de la merienda puerilmente abandonado en una esquina, a hurtadillas de los ojos cansados de los abuelos, cuando la Plaza se llena de algarabía y juegos infantiles, a media tarde. Son parte del paisaje y del paisanaje lorentino, umbrío, gris, azulado, ensombrecido de otoño como ellas.


 ... Pero no había palomas blancas.

Faltaba en el barrio una luz que anunciara el alba, en un vuelo inusitado de blancores cálidamente tornasolados por el astro que al mismo barrio le dio nombre.

Faltaba blancura y lozanía, de cal, de arrabal... Faltaba la frescura del río grande, y la brisa salina y dulce de soñados canales que suenan por igual a gracia gaditana y a patios cordobeses.

Faltaban sábanas tendidas al viento en las mañanas de Noviembre, sombrío de difuntos y recuerdos. Faltaba blancura de amanecidas blancas, de miga de pan blanca y caliente.

No había palomas blancas... mensajeras de esperanza que tiñeran de oro blanco el azabache inmenso de la penumbra atávica del Corazón de Sevilla.


 Salió de mañana... como siempre. Vestida de mañanitas... como todos los años. Iba blanca... blanca de albas serenas... blanca con la luz de un sol aún adormecido, que se deslizaba, como Ella, por el intrincado laberinto de las callejas del barrio y sus alrededores.

Salió, y como las otoñales palomas de su barrio, se perdió entre resquicios que tan sólo saben descifrar en sus vuelos las palomas, transitando por las calles y el tiempo, bebiéndose el sol que, embelesado, la acompañaba por callejuelas perdidas hasta más allá de la frontera del País del Eterno Otoño.


 La umbría desvaneció su manto. El barrio descorrió su velo de otoño, y Mayo, equivocado de fecha y de lugar -o quizá no tanto-, acarició su cara con un rayo de sol sencilla, franciscanamente dorado, a la salida de la capilla de Los Humeros.

No había palomas blancas. No había más palomas blancas en San Lorenzo. Las palomas de su barrio son como él: zuritas, otoñales, ensombrecidas.

Tal vez sólo una paloma blanca vio nacer el viejo barrio de San Lorenzo. Blanca de paz y lozanía, de miga de pan caliente, de cal, de sábana blanca tendida al viento... Y aquella mañana, ¡Santo Dios!, estaba más blanca que nunca.

Como una paloma, arrebolada, blanca...

... Como una paloma blanca, matizada por los rayos del mediodía, que hacen cálido el blancor almidonado de los Buenos Sueños de Sevilla.


A mi Pastora de San Antonio, cuando hace unos años, en Noviembre de 2008, fue en Rosario de la Aurora a la capilla de Los Humeros.