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domingo, 19 de agosto de 2012

Anhelo

Donde habitan los suspiros
de la Bambera gitana,
y los ayes más remotos
que suenan por Seguiriya.
Donde se duerme Sevilla
y se traspasa Triana,
y se hace flor una Nana,
y Sueño una maravilla.
Donde brota la semilla
del Sueño más Sevillano,
y torna en Tango gitano
la clavel de tu mejilla.
Donde juega la chiquilla
que otrora, de niña, fuera,
y llora la Petenera
de destierro y de dolor.
Donde rondada de amor
de tu mano primorosa
pierde su espina la rosa
y desgrana en Ti su olor.
Donde Liviana al calor
de tu sereno albedrío
cruza la Cantiña el río
de la pena a la Alegría.
Donde aguarda el puro día
que crepúsculo no aguarda,
y dos ángeles de guarda
coronan la fantasía.
Donde no existe falsía,
ni injusticia, ni venganza,
y se vuelve la alabanza
feliz, cual la Colombiana,
y juega la Sevillana
a ser oración y Danza.
Donde vive la esperanza
de las cosas que se sueñan,
y las maestras enseñan
con amorosos cayados.
Donde la gente ha olvidado
lo que vale la mentira.
Donde la vida es Guajira,
sin Soleá, sin Taranto.
Donde no te busque tanto
porque te sienta a mi vera,
y toque a mi primavera
terciar de flores su manto.
Donde ya no llega el llanto,
y el alba se ve más clara,
y se acierta a ver tu cara
sin espejos de árbol vivo.
Donde el Martinete, altivo,
tras las lunas se levanta,
y entre fraguas de gargantas
forja de estrellas tu velo.
Donde se vislumbra el Cielo,
y se muere la Taranta.
Donde dos palomas santas
pintan rizos en tu pelo.
Donde mueren mis anhelos,
y la vida se hace gozo,
y se llora de alborozo
ante tus ojos de aurora...
Qué gozo tener, Señora,
un trozo de Edén bendito.
Un compás, un pedacito
de Cielo, apenas un cante.
Una mirada, un instante,
mi bata de bailaora...
Y, vestida de Pastora,
la Gloria de tu semblante.

sábado, 24 de marzo de 2012

La Cochera


La verdad sea dicha que no es ni fue nunca el Palacio de Liria... ni siquiera arquitectónicamente tiene nada digno de ser reseñado, si no es estar en plena calle Santa Ana, a dos pasos de San Antonio, a tres de San Lorenzo, a cuatro de San Clemente y a un trozo de calle de la Alameda de Hércules.

Probablemente tiene la misma planta, la misma alzada y la misma finalidad que otros muchos locales que puede haber en Sevilla, en los bajos de un bloque de pisos de una calle estrecha, poco comercial, que terminan siendo almacenes o trasteros del comercio de la calle principal del barrio, dos manzanas más para arriba, o el garaje de la vivienda de al lado.

En realidad, lo único especial que tiene aquel lugar, que en tiempos fue el almacén de una tienda de cunas, es el ser la casa de hermandad de mi Hermandad de la Pastora de San Antonio. Por lo demás es como tantas otras mini-navecitas urbanas de las que, nada más que en el distrito dos, puede haber miles... con su portón de hierro pintado de verde, horrorosa y gratuitamente "adornado" por esos pseudo-grafittis a medio terminar de gamberros nictálopes que, encima, no saben ni pintar grafittis en condiciones.

Posiblemente por todo eso, el por entonces guardián del -por entonces- Convento de San Antonio, en un ataque de "genialidad", le largó el mote: la Cochera.

La Cochera va variando de mobiliario según a Fulano se le haya quedado en desuso un armario, o a Setana una mesa, o a Mengana la de Perengano un aparador. Se diría que está hecha como los lápices del name: a cachitos. A retazos de vida de unos y otros: los que se quedan, los que se van, los que están siempre, los que pasaron por allí un instante en sus vidas y, no se sabe por qué, dejaron algo de ellos en el ambiente, en el paisaje y en el paisanaje interior del habitáculo, todo un país en sí mismo o, al menos, para algunos, una Patria.

El mueble viejo que en casa sobra o estorba, en la Cochera se convierte en ese armario para guardar parte del ajuar de la Virgen, que llevaba años en proyecto de adquisición y sin poder entrar en los libros de cuentas, cortitas, cortitas siempre. Cortitas... y hasta sin sifón.

Los restos de una cubertería vieja o de una vajilla diezmada, sustituida ya en casa por otra más nueva y con todos sus detalles, en la Cochera son el vehículo inmejorable para un buen comadreo de vecinas de barrio antiguo, al calor de un cafelito con pastas, en las tardes de costura o de manualidades. O la alegría de estar, un mes más, juntos y junto a Ella, tras la Sabatina de primero de mes, cuando la mesa de los Cabildos se llena de viandas, cada una llegada de un rincón de la feligresía sentimental de la Hermandad, de adentro y afuera de La Gavidia.

¡A ver quién es el guapo que puede igualar más de cuatro platos, cuatro cubiertos o cuatro trapos de cocina!.

Pero... ¿qué digo?: Estamos a menos de una calle de la Alameda de Hércules, somos hijos del Sueño de un loco bohemio -¡el sobrino de Don Juan Tenorio!- y entre nuestras glorias pasadas destacan dos famosísimos, nobilísimos, excelentísimos... maestros de baile de  la academia del barrio. En la mezcla está la pureza, hermano... La fusión es riqueza, y además es la única riqueza de la que podemos disfrutar los pobres, así que al que no le vaya el tema o busque algo más encopetado, Manolito León está en la calle de atrás.

Así, la Cochera es... mucho más que una cochera. Es donde cada Abril se enciende la luz de la barquita de plata que pasea a la Señora por su barrio cada Mayo, poco a poco, paso a paso. Donde se devuelven a la vida a los maltrechos candelabros a base de "trapito, 'sepiyito shico' y mucha 'pasiensia'... y vámonos que nos vamos". Y de los doce o trece arañazos de rigor con los trozos machacados de hojarasca, claro está... aunque eso, el tercer Sábado de Mayo, cuando se muere el último rayo de sol vespertino y San Lorenzo regala otro atardecer más, con Ella en la calle y las cuatro luminarias encendidas a plena salve de cera, ya no cuenta.

Donde han ido tomando forma, puntada a puntada, sayas, mantos, dos o tres pellicas y los faldones del paso.

Donde se nos dijo en su día que el espejo de nuestra esperanza estaba herido, y había que llevarlo a sanar... y desde donde algunos salimos, pudorosamente, casi de puntillas, calle arriba hasta la sacristía de San Antonio, pocos días o pocas horas después de que llegara de nuevo al barrio.

Entre sus paredes proletarias se ha ido haciendo, poco a poco, cada esperanza, cada sueño, cada salida, Rosario, Triduo y Función. Cada conflicto que nos encoje el alma por un espacio de tiempo y de vida, cada desgracia que nos abate, y cada alegría. Todo así... a la antigua usanza: a "manubrio"... o a juego de muñeca, que decía una antigua profesora de la que os escribe.

Todo lo que mueve al corazón de este puñado de pastores... todo. Y también esta aprendiz de pastoreña que, como todo en esta vida, también se va haciendo poco a poco, con vivencias intransferibles y en un lugar concreto: entre San Antonio, San Lorenzo... y la Cochera.

Fijaos que la Cochera, tan chica y tan pobretona como es, sirvió de improvisado almacén de juguetes a sus Majestades de Oriente (pero de Oriente, Oriente... no de Luis Montoto), una Navidad que un colega de Melchor nos dio un toque para que les guardáramos los regalos de Reyes a los niños de Sevilla 2... Que aún me recuerdo con el brazo bueno vendado y el otro sosteniéndole el fixo a Mercedes, para envolver cada presente y ponerle el nombre y la edad de su futuro destinatario. Que luego fuimos a entregárselos a la cárcel, ¿os acordáis?. ¿Y el día que vino el camión de Donantes?. ¿Y cuando Martínez Alcalde nos felicitó por el primor sencillo con que preparamos la Cochera para los actos del Centenario?. ¡Qué annnchos nos quedamos algunos!.

Pequeños pedacitos de historia, de esa historia que no se detiene jamás, pero que deja el regusto de habérsela vivido en quienes estuvieron en disposición de paladearla. Pequeños pedazos de vida que, posiblemente, no quedarán recogidos en ningún libro de actas, sino tan sólo entre los archivos empolvados que, día a día, vamos guardando Gavidia adentro en el alma.

Pues este año, pa' rematar la faena, ¡Un ropero solidario en la Cochera!. ¡Digo!... Martes y Jueves toda la tarde... que está de ropa la Cochera... ¡pues más ropa sale!. La de gente que vendrá por esa calle Santa Ana buscando el portón de la Cochera, con un pellizco en el alma, como tantas veces lo hemos buscado nosotros, los de casa... los de la Cochera... con la que está cayendo y la que nos queda...

Que conoce la Cochera tardes y tardes de trabajo. Alas caídas de más de uno y más de una que, como por instinto, tiraban pa' la Cochera como los elefantes cansados de vivir, que van todos al mismo sitio a dejarse caer. Esperanzas nuevas o renovadas como de golondrina o paloma arrabaleras, que llenan, cada primavera, el mismo nido de vida y alegría reciennacidas. Y más de una ilusión. Y más de un llanto. Y más de una trifulca... ¡seguro!.

Y más de lo mismo: un puñado de almas intentando navegar en las aguas revueltas de un mundo que fuera es hostil, y dentro ajustado.

Ya ves... para ser una triste y común -que no vulgar- cochera, la de cosas que podría contar nuestra Cochera. Que si la Cochera hablara...

Y sí... sí que he entrado a otras casas de otras hermandades, mucho mejor equipadas, por qué no reconocerlo... Y no niego que me puede, por ejemplo, ese patio de detrás de la Pastora de Santa Marina, donde cada Septiembre me voy a despetalar ilusiones viejas y nuevas, para verlas llover hasta Ella el Domingo de procesión en la calle Divina Pastora, esquina con González Cuadrado.

Pero como la Cochera... No, qué va... Como la Cochera ninguna. A todas las demás les falta algo que, invariablemente, encuentro en la Cochera. A todas.

... Y es que como en la Casa de uno...

lunes, 1 de agosto de 2011

El sueño de un desterrado (I)

“Guarda en su finura el sueño
 de una vocación perdida.
 Todo terruño añorado
 duerme en su perfil pequeño.
 Ella Misma es todo sueño,
 y en soñar le va la vida.
 Mas es Ella lo soñado...
 Que el Sueño de un desterrado
 es la Tierra Prometida.”




Dicen que no era de Triana...

Que llegó con el alma ya vieja desde la otra margen del río.

Vicisitudes políticas de una España revuelta, que nunca fue "una",  lo sacaron de su casa a golpe de decretazo, le privaron de llevar consigo sus señas de identidad, lo apearon del camino que en otro tiempo decidió tomar, y lo disfrazaron de persona normal, sin ideales, sin idiosincracia... un personajillo al uso de la época.

Probablemente se pudo ir de Sevilla, y así habría evitado todo lo que pasó después. Muchos lo hicieron. En las Américas todo era distinto...

Pero no se fue.

Lo tuvieron pululando, paseando su destierro sentimental, por varios barrios de la ciudad. Y cuando ya le pesaba el alma demasiado, lo mandaron a Triana... para más inri a Triana... al otro lado del río, donde la palabra DESTIERRO ya no era solamente una manera figurativa de nombrar el desarraigo. ¡Ay, el río!... ¡el Río Grande!... Qué grande es... algunas veces.

Se llamaba Miguel, igual que el arcángel que vela por Sevilla. Nunca cambió su nombre. ¿Para qué?... Suelen cambiarlo los frailes para reseñar algún santo de su devoción, a menudo la devoción de su ciudad natal, y luego se colocan el nombre de su tierra por apellido. Pero él ya tenía a su tierra en su nombre de pila. "Fray Miguel... ¿de Sevilla?"... Hubiera quedado redundante y un poco hortera, la verdad.

No hay peor destierro que el que te separa de tu propio ser. Ni mayor crimen que mutilar un alma arrancándole algo que le es esencial, como sus creencias y su vocación, sean estas, y aquella, las que fueren.

Se llamaba Miguel, nació en Sevilla, ya no era capuchino, y como todos los desterrados y los parias de todos los tiempos y lugares, soñaba con regresar a la Tierra Prometida, al tiempo de las flores.

Y lo mandaron a Triana... que no había otro sitio... Tuvo que ser a Triana, con el río de por medio. Y en Triana, soñando en la Tierra Prometida, en el Sueño más Sevillano, intentó, por un instante, traerlo desde la orilla de su pasado. Luego pensó... y al cabo dijo para sí: "Sí... eso haré... La traeré hasta aquí. La traeré hasta Triana. Será el Sueño de Triana, igual que lo es de Sevilla".

En cierto modo, Miguel hizo lo mismo que Isidoro, pero al revés: Isidoro pensaba... pensaba en cómo tenía que ser aquella Señora que encandilara a Sevilla. Pensaba y no daba con la clave... hasta que lo soñó. Miguel soñaba con la Tierra Prometida. Soñaba, pero no podía poner en claro aquello que soñaba; no lo atinaba a pensar con la consciencia necesaria para el que quiere poner en pie un proyecto más o menos de futuro.

En vano buscó por toda la ciudad, a un lado y al otro del río, un rostro, una cara, unos ojos... que expresaran aquello que él sentía cuando pensaba en Ella, casi ensoñando. Fueron bocetos y bocetos... artistas y más artistas... madera, barro, papelón... Y no, aquello no era... ni aquello, ni aquello otro, ni lo otro... ni lo de más allá. Aquello... no era lo que él quería. Eran bonitas, pero no era Ella.

Cansado, quizá a punto de dejar volar su sueño, sentose un rato al pie de la Virgen marinera. Lloraba, pero en su semblante había algo... algo que no dejaba morir aquella especie de bohemia, de ensoñación, que el viejo cura albergaba en su pecho. "Con razón te llaman Esperanza los trianeros", le dijo muy bajito. Y se levantó lentamente, y caminó hasta el puente -el puente de barcas- porque aquella mañana había de bajar a Sevilla.


Había ya dejado Triana atrás, y aún en la otra orilla sentía aquella brisa marinera llena de esperanza que junto a Ella había sentido. Recorría las puertas y las calles. Iba absorto. Quizá en la Esperanza. Quizá en la Tierra Prometida. Quizá era que conocía bien el camino. Al fin y al cabo, se trataba de su ciudad, y él había nacido en aquella margen del río.

Mas de repente, sin quererlo, sintió que algo parecía mirarlo desde una ventana de la calle. Sin saber por qué, como prendido de una intuición que no fuera la suya, volvió la cabeza. En seguida reconoció aquel rostro.

Tras la ventana, un viejo escultor sacaba algo a la entraña de un agreste leño... Miguel no pudiera haber jurado el qué. Al fondo, sobre un armazón desnudo hecho con listones de madera, estaba Ella, la que había atraído su atención, sacándolo de la abstracción en la que caminaba.

Era apenas una niña. Morena, como la Esperanza. Su rostro trasminaba dulzura. Parecía que soñaba, absorta en no se sabe qué tiernos pensamientos. La serenidad hacía nido en sus ojos. Nada quebraba la inocencia de aquella muchacha que miraba, solícita, hacia la ventana. Soñaba. Un anhelo de tierras lejanas, devueltas en la ternura de lo recordado, parecía transir su sueño, más tan leve y dulcemente que la pena no hendía una mínima raíz por entre sus ensimismadas cavilaciones, ni en las de aquel que se regalaba en su mirada.

- Oiga usted, buen hombre... ¿Es suya esa Virgen?.

- Sí, mía es?. ¿Por qué?.

- Se parece a la Esperanza, a la Esperanza de Triana.

- Sí... algo. A mi padre le hubiera gustado verla. Fue mi padre el que talló a la Esperanza. Algunas veces el recuerdo me embarga, y entonces parece que fuera él el que me guiara las manos... Sin embargo, ésta es de Gloria. La Esperanza, de pasión.

El hombre hablaba, sin quitar la vista, ni acaso la atención, de lo que estaba haciendo. Miguel, ávido y absorto a un tiempo en aquella visión, seguía preguntando.

- ¿Qué Virgen es?.

- No sé... no es un encargo. Aún está por terminar. Sólo le tengo el busto, la cara. A decir verdad, que lo mismo puede ser una Virgen del Rosario, que de Belén... o una Virgencita del Carmen. Cuando termine Ésta me pondré con Ella... y Ella sola me lo dirá lo que quiere ser.

- ... O una Pastora.

Por un instante los dos viejos se miraron. El escultor no había caído jamás en que aquel rostro pudiera ser el de una Pastora. A Miguel no le cabía el beneficio de la duda. Cuando un rostro te dice algo clara y meridianamente no hay vuelta de hoja, o lo que es lo mismo: una imagen, cuando se representa ante ti tan nítidamente, vale más que mil palabras.

- ¿Una Pastora?...

- Una Pastora -insistió Miguel- Una Pastora para Triana.

 

domingo, 8 de mayo de 2011

Jacarandas

Hoy la he visto. No la buscaba, pero se vino a mis ojos. Como un niño que enseña orgulloso su juguete nuevo, parecía querer decirme ¡mira: ya tengo flores!.

Apenas tenía dos o tres ramitos. Todavía no ha brotado del todo, pero ya lucía su traje nuevo, morado... que en Mayo no es luto, y menos para las Glorias.

Dicen que la jacaranda no es de Sevilla. Que vino de las Américas para adornar la vieja Exposición del 29. Esa de la que hablaba el Pali.

No lo sé. No sé si es o no sevillana. Supongo que no. Pero ha hecho de Sevilla su segunda patria, su casa, su mejor jardín.Toda Sevilla se llena de jacarandas florecidas cada Mayo, y casi todos los Otoños. Sí, en Otoño, porque la jacaranda, por más que delicada, florece dos veces... cuando le apetece.

Y Mayo ya está a la vuelta de la esquina...

Poco a poco la más sencilla de las flores se irá abriendo paso entre las delicias florales de una Sevilla que la espera con los brazos abiertos.

Nacerá como siempre delicada, fragante, asoslayada para que los soles y los vientos de Mayo no la quemen. Siempre de soslayo. Como la esperanza, como casi todas las cosas buenas de la vida.

No hay duda: esto ya no tiene marcha atrás... la Gloria se va instalando en el alma... van aflorando anhelos, que son como las jacarandas del alma: siempre fragantes, siempre asoslayados... juguetillos delicados que tienden a florecer más de una vez. Y una va mirando por las calles, para ver cómo y cuánto están floreciendo las jacarandas... y pensando: "Mayo es cuestión de días. Ya va a estar Sevilla alfombrada de morado..." mientras que deshoja días en el calendario.

Cuando la "suya", esa que espera cada año verla entrar por la calle Guadalquivir, esté cuajada de flores será la hora de despertar. La Gloria se habrá apoderado definitivamente del alma y el País del Eterno Otoño volverá, por un día, a ser tomado por la Primavera.

Por una primavera pujante, que sabe que es Primavera porque una Jacaranda Bendita, sencilla, asoslayada, límpidamente sevillana, ha brotado en sus entrañas como una inmensa Fuente de nueva Vida.

Ya está floreciendo de nuevo la jacaranda, Sevilla.

Placita... qué poco queda.




(Escrito a finales de Abril de 2009)




Se me ha hecho quizá demasiado tarde. Se me ha venido Mayo encima, y ya las jacarandas están en plena floración. El día 21 de Mayo, Tercer Sábado de Mayo, como casi siempre, la Gloria de San Lorenzo saldrá a pasear por las calles del barrio desde su Convento de San Antonio, y el cielo de Sevilla la verá pasar dulce, asoslayada, como una jacaranda... como casi todas las cosas buenas de la Vida...

Corpus Christi en Sevilla. Ocho de la tarde. La calle San Vicente se ha vestido de Primavera. San Antonio es un hervidero de esa alegría de lo sencillo, esa que sólo se puede paladear a pequeños sorbos. María, la de la Placita... vestida de Pastora, sencilla, como siempre, estrenando anhelo y Primavera nueva. Albor de mantilla... La primera estrella que se alza en el cielo para decirle en silencio que en la calle Guadalquivir el día se muere por Ella. Campanas al repique desde las dos atalayas.

... Y se va, navegando, río manso, barrio abajo, en un barquito de plata y flores que sólo lleva por remos los anhelos; por vela... una bohemia rama de álamo que sueña ser rosal para acariciarle el pelo con pétalos de seda. Revuelo de herberas y rizos de pilistra.

Que el País del Eterno Otoño también tiene su Primavera. Que Mayo tiene que llegar para todo el mundo, y San Lorenzo la espera como agua de Mayo. Que Mayo no se abre en el barrio hasta que Ella sale a la calle.

Que Mayo ya se escurre por el calendario y San Lorenzo sueña...

Sueña, barrio de Otoño... Sueña primaveras dulces, serenas, asoslayadas como jacarandas. Sueña, barrio del alma, esencia del corazón de Sevilla... Sueña el Sueño más Sevillano, el de los locos bohemios, el que borra otoños en el alma...

Qué poco queda ya, Placita... Qué poco queda...

viernes, 1 de abril de 2011

Necesidad

Necesito ir a la Fuente. Necesito beber del agua de su dulzura. Tengo sed. Siempre tengo sed. Sed de verdad. Sed de tranquilidad. Sed de dulzura. Sed de consuelo. Sed de poder ser como soy, de quitarme la careta y mirarla, simplemente mirarla, para contarle todo lo que la vida me quita y lo que me da. De poder recordarla vívidamente cuando la siento lejos, sin que su imagen se me desvanezca entre recuerdos. De pensar que me quedan sólo unos días para volver a beber.

No es que sea mi responsabilidad... no. No es que sienta la obligación moral de cumplir una norma estipulada, hace años, por otro al que haya de rendir la pleitesía que se rinde a los que ya han traspasado con su obra la barrera de los siglos. Es que es mi medicina, mi descanso, mi remanso, mi paz...

Todas las semanas acudo a la cita. Me espera como siempre: el rostro ensimismado entre dulzuras, sentada -no hay prisas- en el minúsculo terruño que llena de luz, de Gloria. A su lado, raro es que no tilile la llama de alguna velita, inocentemente sencilla, inefablemente franciscana como Ella, inequívoco testigo de que alguien, antes que yo, ya fue a beber del manantial de su mirada.

Toda la semana, todos los días de la semana, me levanto entre ojos que me miran escrutando cada milímetro de mi ser personal, de mi idiosincracia y mi manera de ver y tratar todas las cosas, de mi fisonomía, de mi manera de vestir y de peinar, de si estoy o no maquillada, de si me perfumo con Carolina Herrera o con Heno de Pravia.

Toda la semana tengo que ser "la mejor", "la más graciosa", "la más simpática", la que mejor vende la mercancía, la que siempre te va a solucionar el problema, la que convence a la gente... aunque me dé cuenta de que es la gente la que, bajo la trama de una sobrevalorada simpatía, me vence a mí, sin convencerme.

Es parte del juego de una sociedad que hace mucho tiempo ha abandonado todo atisbo de valor. No es que haya perdido el Norte... sino mucho peor: es que lo ha encontrado tirando siempre para delante, pasando de puntillas por la vida, sobre las cabezas de las personas, sin profundizar por un instante en quiénes son esas cabezas, qué piensan, qué sienten. Todo es superficial, artificio. Es la mejor manera para no sentir, no sufrir... no desesperar. Y no perder un tiempo "precioso", quizá porque eso sería un gasto innecesario, que a menudo no tenemos previsto en nuestro planning, y que luego nos haría estar más agobiados (más todavía) para llegar en punto a ninguna parte.

Todo encaja... En realidad todo encaja en un puzzle que, mientras nadie se niegue a formar, queda perfectamente engarzado. Y si alguien se niega a ello, los demás lo ignoran, lo cercan, sitían su personalidad y, cuando el sitio se hace insistenible, necesariamente él solo tragará y comulgará con ruedas de molino. "Impepinable", como diría aquél.

Es la civilización del siglo XXI. La "sociedad digital", en la que todos tenemos que ser o "ceros", o "unos", y así todo suena estupendamente.

Toda la semana está llena de obstáculos, de espinas, de rabia y desesperanzas contenidas. Pero ese momento del Sábado por la tarde, o la mañana del Domingo, sólo es Ella... su dulzura, su mirada... y la posibilidad de desnudar los sombríos lugares del alma ante su presencia, lo mismo que se desnuda, paso a paso, sin pudor alguno ante mis ojos, la umbría sonora de San Lorenzo, tras cruzar la sutil, impalpable, pero diferenciablemente perceptible, frontera de La Gavidia.

Misa de Domingo, a las doce y media en San Antonio. O un Sábado cualquiera por la tarde, como aquel en que, hace casi seis años, llegué buscándola.

Y el primer Sábado de cada mes, Sabatina, con el altar hermoseado como un niño chico vestido de Domingo de Ramos. Rosario y letanías, el sempiterno primer día de la "novenísima" de mil setecientos y pico... "Dios te salve hermosísima, bellísima y graciocísima María, Pastora Soberana del mismo Dios humanado...", y ese Salve Madre, que huele y suena a terruño, a Porciúncula franciscana reconstruida a la sevillana manera, y a pan caliente cuando crepita entregándose dócil entre las manos.

Ese día, el pie de las velitas está casi por completo encendido, signo inequívoco de que no uno, sino muchos, vinieron ya a beber de la Fuente de la Vida, entre las protectoras paredes de su convento franciscano. Y cuesta trabajo encontrar un hueco en el banco contiguo al altar, ese desde donde su mirada se vislumbra aún más bella, más ensimismada, más transida de esa alegría serena, inalienable, de la que hablaba "el poverello".

Todo tiene que ver con Ella. Todas las palabras y las miradas vienen o van a parar a su mirada de madre, su dulzura ensimismada, lo bonita que está, lo bonita que Es.

No... No se trata de un compromiso... Del cumplimiento de una regla arbitraria que alguien quiso imponer o proponer al resto. Ni de airear la medalla para que se vaya ennegreciendo un poco más el cordón. Ni de salir a dar un paseo por el Centro y de paso escuchar misa. Ni de ir "de capilleo" a ver el culto de una Hermandad de Glorias.

No se trata ni tan siquiera de la sencilla alegría de San Antonio, ni de la sobria sevillanía de San Lorenzo... No tiene nada que ver con eso.

Es, simple y llanamente, necesidad.




Estas letras nacieron hace unos años, y están publicadas en algunos foros cofrades de Internet, en el tema de mi Hermandad. El año pasado, la Hermandad franciscana de la Divina Pastora de San Antonio tuvo a bien pubicármelo en su Boletín anual. No se me ocurre mejor publicación, ni regalo más cumplido a unas palabras que volaron del corazón al blanco para ser desahogo del alma, bálsamo para una Necesidad que, después de seis años en San Antonio, aún me sigue llevando hacia Ella.

Pastora y baile

Qué le voy a hacer... si cuando era niña me llevaban a tu capilla para decirte poemas y cantarte con treinta y muchas niñas más aquello de "hoy he vuelto, Madre a recordar..." cuando ni siquiera teníamos recuerdos.

Qué le voy a hacer, si eras cómplice redentora de aquellas cansinas clases de matemáticas o de copiados de ortografía.

Qué le hago, si las primeras palabras que emborroné en un papel hablaban de ti. Si el cuaderno colegial estaba lleno de garabatos que creían ser letras, formando en irregulares renglones mil y una quimeras de sueños infantiles que esperaban, preparadas como un nazareno de La Borriquita su primer Domingo de Ramos, para salir de su cárcel de grafito y blancura matizada a dos rayas cualquier mañana del mes de Mayo.

Qué le hago... Qué he de hacer si Tú eras la que estabas allí, con tu traje de Pastora y tus dos ovejitas. Si madre María Luisa no perdía ocasión para contarme lo contenta que te encontraba cada mañana porque alguna de sus niñas había pasado a verte antes de subir la escalera.

Qué le voy a hacer, si no tenía más coartada que tu sonrisa de niña madre para mis primeros amores, mis primeros sueños, mis dolores primeros. Si sólo estabas tú.

Si estabas sobre el armario de mi primera escuela de Danza, vigilando, sigilosamente, cada paso, cada movimiento, cada momento de alegría o de desánimo... y todos los bailes que una niña, que creía entonces que ya era mayor, te dedicaba desde aquella esquina... siempre en tu esquina... siempre.

Si cuando ya dejé atrás el hogar de mis primeras oraciones, mis primeras letras, mis sueños primeros, me esperaste solícita, tras el portal de en frente de aquella otra vieja academia deshabitada, al principio de la Calle Feria, para que te conminara a ser la más duradera de mis maestras.

Si cada verano, en Chipiona, buscaba de reojo aquella puertecita del patio del pozo, que daba al altar, para escaparme contigo mientras esperaba que bajara madre Matilde, madre Lucía, madre Dolores...

Si en cada repesca de matemáticas venías conmigo escondida entre folios en blanco y ecuaciones sin resolver. Si en los exámenes de baile estabas en la funda de las castañuelas, en cada golpe de cola y entre las hojas de la teórica, confundida con los trajes regionales y la signatura de mil compases distintos.

Qué le voy a hacer, si cuando me creía terminada, tu peso leve y redentor sobre mi hombro dio vida nueva a lo que yacía muerto. Si estabas en Triana cuando me fui de alumna a Matilde Coral. Si estando yo enseñando en el colegio de la calle Mesón del Moro, Tú estabas en la placita de las Mercedarias. Si cuando estuve en el Tiro de Linea, todo el mundo te conocía de aquel colegio que fue también el mío.

Si en los peores momentos de mi vida, una fuerza centrípeta me volvió a llevar junto a ti en este rincón perdido entre San Lorenzo y el río.

Cómo borrar tantas historias... tantos momentos... toda la historia de mi vida, que has sido Tú y la Danza... la Danza y Tú.

Cómo olvidar las rabonas a clase de ballet para estar a tu lado, las engañifas a las maestras para acudir a verte una tarde septembrina de triduo en Triana, o las miradas clavadas en la calle Curtidurías cuando el autobús pasaba de largo camino de Plaza de Armas o al Pabellón de Argentina.

Cómo separar algo que siempre estuvo tan unido, tan dentro de mi universo personal, escondido tantas veces de todos los demás. Escondido todo ante tu mirada.

Como podría mirarte y no pedirte lo que cada día, desde hace más de veinte años, te pido. Cómo podría no contarte, aunque sólo sea con mi mirada, lo que me preocupa, lo que me atormenta, lo que me hace feliz y me emociona. Lo que me pasa cada mañana.

Como podría estar al lado tuya y no hablarte de baile.

Mañana volveré a mirarte, a dejarme creer que te estoy viendo, que eres visible y palpable, que te puedo acariciar con sólo levantar la mano... No es que no crea en tu presencia sempiterna. Te llamo a cada momento, y sé que siempre estás conmigo... Pero a veces... ¡qué necesario se me hace mirarte!. Descubrir en tu mirada serena la dulzura sobrecogida de una madre siempre protectora... invitándome a quedarme junto a ella para acrisolar de nuevo todos mis cristales rotos.

Mañana volveré a llamarte Esperanza de los desahuciados, y Vida, Dulzura y Consuelo, Fuente y manantial del que parten mis anhelos y medianera de todas las gracias que ha de concederme el Cosmos. Me confundiré entre tus siemprevivas para por un momento creer que aguantaré, como ellas, hasta que acabe el estío, y soñaré de nuevo, protegida ante tus plantas, que nada será distinto cuando se cierren las puertas del Convento.

En ese momento mi alma estará bailando, aunque mi cuerpo permanezca quieto, guardando celosamente tu cercanía.


Luego... será lo de siempre: la lucha de cada día, las frustraciones de cada día, la incertidumbre... el no saber qué me deparará la vida ni si merece la pena seguir luchando o no. La danza que no es Danza, por más que mude mis pies al compás de una música que me es extraña, completamente impenetrable, marcada por otros que jamás acompasaron su alma con la mía, ni tan siquiera acaso con la de ellos mismos. 

Seguirás presidiendo mi cartera, al lado de mi carné de identidad -causalidades de la vida- y todos mis actos, buenos y malos, lógicos y absurdos, en este gran teatro de mi existencia.

Seguiré actuación tras actuación musitando entre cajas el "Salve Fuente de la vida" o los primeros versos de la Consagración Calasancia, y cuando mi cuerpo amenace caer rendido en la danza diaria de las amadas rutinas, te conminaré a ser Tú la maestra -yo sólo la repetidora- de tantas y tantas horas de clase. De ensayos tediosos. De problemas e inquietudes interiores y exteriores. Y de dudas no resueltas. Y de llantos que nunca fueron llorados. Y de alegrías recordadas o aún no vividas.

Y vuelta otra vez a empezar... a escribir unas cuántas de páginas más en el libro de mi vida, a cuerpo y alma desnudas, que hablen de Pastora y Baile.


Madre de los locos bohemios y de los sueños bonitos... el Sueño más Sevillano... Sueña por nosotros. No nos abandones al sueño de los que ya olvidaron vivir viviendo, de los que renunciaron a soñar, a creer, a bailar.

lunes, 7 de marzo de 2011

NO HABÍA PALOMAS BLANCAS. Mi Pastora de San Antonio de Rosario a los Humeros

Como una paloma... blanca... arrebolada. Tan etéreamente terrena como el aleteo de sus alas cuando alza el vuelo. Tan cálida como su arrullo, cuando el sol choca de lleno en el suelo añejo de su terruño.


Como una paloma blanca, matizada por los rayos del mediodía, que hacen cálido el blancor almidonado de los buenos sueños de Sevilla.

Como una paloma.

Como una paloma blanca, no zurita, ni siquiera gabina, de esas que tanto abundan por su barrio.


La puerta de la Gavidia está flanqueada eternamente por los centinelas del barrio. Da igual que a Daoiz lo llenen de pinchos hasta las orejas... Ellas están en su sitio. Son herederas del noble linaje de las bravías... y como bravías que son, no abandonarán la plaza.

Son azules, grises, negruzcas, ensombrecidas. Quizá a fuerza de tanto surcar el cielo del barrio de parte a parte, fue éste el que las pintó de otoño, en perfecta consonancia con sus calles, con sus gentes... con esa secular sobriedad otoñal de San Lorenzo.

También hay algunas pardas, de las que los palomeros llaman bayas. A mí me gusta pensar que esas son de San Antonio, o de Santa Rosalía... y por eso van vestidas con hábitos franciscanos, del color del pan horneado, cálido de barrio y de fuego bien temperado, recién salido de la tahona.

Van de la Gavidia a la Plaza, de la Plaza a la Gavidia... Algunas se cuelan, quizá perdidas o por un instante desorientadas, por la calle Baños; y otras se pierden por la Concordia hasta la Plaza del Duque, donde nunca les falta un alma caritativa que les haga caer algunos granos de arroz inflado, o “gusanitos” de maíz.

Pero las palomas son palomas... y, como las palomas, siempre vuelven.

Han estado siempre allí... Vieron llegar al Señor y al Traspaso, al Rey con Rocamador, a Fray Isidoro, a Fray Diego y a la revolución del 68, a la Soledad, a la Palma, a San Antonio y a San Francisco... y a María Auxiliadora con su cohorte de salesianas. Y por más que el Ayuntamiento intente quitarlas de en medio, allí han de seguir, quizá hasta que San Lorenzo sea solamente un barrizal de recuerdos conclusos y  dormidos, perdido en lo arcano de la historia de Sevilla.

Son tan de San Lorenzo como las propias paredes del barrio, como las vencidas acacias de la Plaza, en cuyos huecos anidan, como la vieja torre de la iglesia, mora y cristiana, que parte el cielo del barrio en dos mitades. Se bañan y beben en la fuente que el Ayuntamiento puso hace poco en la Plaza, para aliviar la sed momentánea y la calor estival de lorentinos y transeúntes, porque ellas saben que son las dos cosas. Duermen en la techumbre de la Parroquia, donde han aprendido a convivir hasta con las trampas que desde hace años quieren diezmarlas. Comen de lo que les echa la vecindad. Y del arroz que queda en el suelo después de las bodas. Y del bocadillo de la merienda puerilmente abandonado en una esquina, a hurtadillas de los ojos cansados de los abuelos, cuando la Plaza se llena de algarabía y juegos infantiles, a media tarde. Son parte del paisaje y del paisanaje lorentino, umbrío, gris, azulado, ensombrecido de otoño como ellas.


 ... Pero no había palomas blancas.

Faltaba en el barrio una luz que anunciara el alba, en un vuelo inusitado de blancores cálidamente tornasolados por el astro que al mismo barrio le dio nombre.

Faltaba blancura y lozanía, de cal, de arrabal... Faltaba la frescura del río grande, y la brisa salina y dulce de soñados canales que suenan por igual a gracia gaditana y a patios cordobeses.

Faltaban sábanas tendidas al viento en las mañanas de Noviembre, sombrío de difuntos y recuerdos. Faltaba blancura de amanecidas blancas, de miga de pan blanca y caliente.

No había palomas blancas... mensajeras de esperanza que tiñeran de oro blanco el azabache inmenso de la penumbra atávica del Corazón de Sevilla.


 Salió de mañana... como siempre. Vestida de mañanitas... como todos los años. Iba blanca... blanca de albas serenas... blanca con la luz de un sol aún adormecido, que se deslizaba, como Ella, por el intrincado laberinto de las callejas del barrio y sus alrededores.

Salió, y como las otoñales palomas de su barrio, se perdió entre resquicios que tan sólo saben descifrar en sus vuelos las palomas, transitando por las calles y el tiempo, bebiéndose el sol que, embelesado, la acompañaba por callejuelas perdidas hasta más allá de la frontera del País del Eterno Otoño.


 La umbría desvaneció su manto. El barrio descorrió su velo de otoño, y Mayo, equivocado de fecha y de lugar -o quizá no tanto-, acarició su cara con un rayo de sol sencilla, franciscanamente dorado, a la salida de la capilla de Los Humeros.

No había palomas blancas. No había más palomas blancas en San Lorenzo. Las palomas de su barrio son como él: zuritas, otoñales, ensombrecidas.

Tal vez sólo una paloma blanca vio nacer el viejo barrio de San Lorenzo. Blanca de paz y lozanía, de miga de pan caliente, de cal, de sábana blanca tendida al viento... Y aquella mañana, ¡Santo Dios!, estaba más blanca que nunca.

Como una paloma, arrebolada, blanca...

... Como una paloma blanca, matizada por los rayos del mediodía, que hacen cálido el blancor almidonado de los Buenos Sueños de Sevilla.


A mi Pastora de San Antonio, cuando hace unos años, en Noviembre de 2008, fue en Rosario de la Aurora a la capilla de Los Humeros.

domingo, 6 de marzo de 2011

CAMPANAS DE SAN ANTONIO. A mi Pastora de San Lorenzo y su muhecín franciscano


Campanas… Campanas…

            Ese sonido de las campanas me llama poderosamente, más que cualquier otro.

            Si alguien preguntase a cualquier cofrade al uso cuál es el sonido que más le evoca a su cofradía, casi de seguro contestaría que es el sonido de una marcha, el rachear de las zapatillas de una cuadrilla de costaleros, o el crepitar de un cirio consumiéndose al borde de la madrugada.

            A mí, sin embargo, me embargan el alma las campanas.

            Se me hace que son como los antiguos muecines de los musulmanes de Al-Andalus, llamando a oración desde el culmen de una torre, muy cerca del Cielo, a parroquianos, extraños y transeúntes. Los cristianos no tenemos muecín... Pero tenemos Campanas.

            Y cada campana suena distinta, se podría llamar con distinto nombre y habla en un idioma diferente... un idioma que sólo sabe entender y diferenciar el que lo lleva grabado en la retina de esos recuerdos que, quizá porque no se ven, se instalan muy lentamente, pero con inusitadas raíces, en el alma.

Es curioso... que a menudo nos parece que todas las campanas suenan igual. Todas... menos la nuestra. Esa, la podríamos diferenciar a kilómetros de distancia, y resulta inconfundible a nuestros oídos. Y a nuestros recuerdos. Y en no pocas ocasiones, a esa necesidad nuestra de encontrar abiertas las puertas del Paraíso, entre las penumbras -que a veces son sombras ennegrecidas de espanto o indiferencia- de cada día. Ese Paraíso que algunos llamamos Esperanza, otros Luz, otros Amor... o Pastora, o Rosario... o Dolores... O tal vez, como la de nuestra entraña, Soledad. ¡Y cada campana nos nombra a cada uno por nuestro nombre y advocación!.

            Las mías, mis campanas, son las del Convento de San Antonio de Sevilla, la casa de mi Pastora de San Lorenzo. Mi casa.

            Repican desde dos pequeñas atalayas perdidas entre mil atalayas, campanarios, campaniles, espadañas... entre San Lorenzo y el río.

            ¿Tendrá campanas el barrio de San Lorenzo?... San Antonio, Santa Ana, Santa Rosalía, Mercedarias, Reparadoras... La del Señor... San Lorenzo... Es seguro que el inventario está incompleto. A cualquier hora del día puedes escuchar una campana que, en su letanía cansada de bronce y brisa, anuncia algo al viento. Los lorentinos las conocen todas.

Yo... que nací y me crié de Gavidia para afuera... sólo he aprendido el Dialecto de las Atalayas, el de las campanas de mi convento de San Antonio... las que vuelan para mi Pastora en Mayo, para la Palma, entre Marzo y Abril, y en Junio para el Santo. A veces... sólo a veces... entre líneas alcanzo a inteligir el discurso de un oso panza arriba que suena sobre la torre mora y cristiana de la "catedral" del barrio... Pero sólo a veces.

Y curiosamente, esas campanitas mías de San Antonio tocan en un melismático acento, siempre a compás descompasado... como un niño imprevisible cantando una cancioncilla dulce, a media voz... Como el canto de un jilguero, irregular, asilvestrado... pero tan sensible al oído de quien lo espera o, de quien, sin esperarlo, lo descubre entre los silencios largos de las penumbras decimonónicas lorentinas, blanqueando con su jueguecillo alegre el crepúsculo eterno del crisol donde se funden todos los atardeceres de Sevilla.

Se diría que no han aprendido aún a tocar a misa. Pero cómo repican a Gloria para anunciar que Mayo sale a pasear por el Barrio... Cómo aprendieron la partitura sublime de aquel barquito de flores camino del carril del Cielo, que es la Calle Guadalquivir, o buscando el mar de la Plaza... siempre haciéndole compás a la misma marcha, año tras año, Mayo tras Mayo.

Yo os he escuchado repicar de Miércoles Santo, de Rosario de nardos y campanilleros, de Función Principal, de pujante primavera un Sábado del Mes de Mayo... Y de diario, cuando al percibir la cardelina de cristal de vuestro sonido en el aire adormecido de San Lorenzo, sabía que ya estaba abierta la puerta del Convento. Que durante un instante en el tiempo podía acercarme a Ella acercándome, como en vuelo de palomas, al eco de vuestro imposible melisma. Solían ser las ocho. La misa empezaba a las ocho y media. Era tiempo de dulzura, de silencio entretejido con Avemarías y misterios musitados por matronas de cabello blanco y misa diaria. De Embeleso de los Cielos, Consagración Calasancia y Letanía Pastoreña, ante un altar puerilmente engalanado de margaritas o siemprevivas, sufrida y humilde flor de diario.

Y Se me hace, ¡ay campanitas mías!, que se os hace más fácil lo difícil... y más difícil lo fácil. Que en vuestra sencillez franciscana, sabéis repicar a Gloria... pero no tocar a misa.



Campanas de San Antonio:
no sabéis tocar a misa.
Sabéis repicar a Gloria
cuando la Madre más niña,
río manso, barrio abajo,
pinta surcos de mantilla.
Sabéis coronar rosarios
con vibrantes letanías.
Sabéis peinar en el cielo
plegarias de bronce y brisa.
Sabéis jugar con los vientos...
Pero no tocar a misa.

Con la octava de la tarde
-lienzo de melancolía-
la claridad desvanece
diluida en sombras tibias.
Primer toque en San Lorenzo.
Alcoy. Marqués de
la Mina.
Albo
r de cal. A lo lejos
el Convento y
la Placita.
E
n la Atalaya, un jilguero
de rivera lorentina,
a voz de badajo incierto,
cierra las claras al día.
Dentro, la tarde velada
dibuja en flor a María:
la Palma, gladiolos blancos;
la Pastora, margaritas.
Queda en el altar mayor,
lejana entre lejanías,
una Azucena solloza
lágrimas de aguamarina.
En el altar de la Gloria
todo es luz, todo alegría.
Todo flor, todo primor,
todo belleza sencilla.
Arrebolada en dulzura,
la ternura, que se inclina,
pinta rizos de almidón
a su carita de niña.
Sus manos, jardín del Cielo
la una, la otra caricia,
tejen y destejen blondas
de promesas escondidas.
Cinco misterios no bastan
para decirle "bonita".
Cinco, con sus Padrenuestros
y sus diez Ave Marías.
Pero un rosario son cinco,
y en la atalaya, cautiva,
otra campana echa al viento
su canción de bronce antigua.
Embeleso de los Cielos,
Consagración, Letanía...
Susurro sordo de cuentas.
Rosario pobre de esquinas.
En un rincón, titilando,
cuatro suspiros crepitan:
Cuatro angelillos de cera
lloran cera derretida.
Tercer toque: altar y atrio.
Placita. Curtidurías.
San Lorenzo, tras mis pasos,
se enciende por
La Gavidia.
Perdid
a ya San Vicente,
se oculta el sol, que declina
pintando panes de fuego
al cielo, mantel de misa.

Mañana, a la misma hora,
cuando esté muriendo el día,
tal vez, me encuentre muy lejos
de las puertas de Sevilla.
Y al oír de otra campana
su llanto dulce de esquila
jugará con mis memorias
vuestro imperfecto melisma.
Y ebria de azucenas blancas,
de promesas encendidas,
de letanías pastoreñas,
de rivera, Palma y brisa,
quizá, cerrando los ojos
y entre memorias, repita:

"Campanas de San Antonio,
de San Lorenzo vigías:
Sabéis repicar a Gloria.
... Pero no tocar a misa".