jueves, 8 de agosto de 2013

Albahaca, yerbabuena y toronjil

“… Mi corazón espera,

también hacia la luz y hacia la vida…”.

 
(D. Antonio Machado, “El Olmo Seco”)

 


Las empecé a comprar hace año y pico, las primeras en la Feria Agrícola de la Alameda de Hércules. Quizá su primera y mayor cualidad, al menos entonces, es haber estado a mi vista en el bulevar de los parias... en mi Alameda sevillana.

 

Me encantan los aromas, aunque nunca me han llamado la atención los perfumes caros. No... Yo soy más de las varitas de yerbaluisa y clavel de Laila, que tenía una tienda de sortilegios en la calle Feria cerca de la Plaza de Mengíbar... del olor concentrado a incienso en el Besamanos de mi Virgen, durante los Cultos de Otoño de mi Hermandad, o del de  la Pastora de Santa Marina el día de la Purísima Concepción, cuando los hermanos primitivos -dieciochescamente exagerados- queman en los incensarios qué sé yo cuántas medidas del más aromático, y se aroma toda la esquina de la calle hasta la Casa de los Artistas... del aroma a  alhucema quemada en una copa de cisco, en el salón de la casa del Castillo de las Guardas de mi amiga Mari Carmen, apurada la esencia y compartida entre quienes nunca somos extraños… de pequeños trozos de jabones artesanales, comprados al corte, cada uno de una esencia distinta, en cada viaje, en cada feria, o cuando me los han recomendado para las grietas que, en temporada de montaje, de tanto marcar con palmas, me salen en las manos.

 

Y de macetas... de muchas macetas... todas de olor.

 

Sí, ya sé... que hay algunas mucho más vistosas, con colorines... la crem de la crem de la botánica cuestión. Pero a mí me gusta más la albahaca, la yerbabuena, el tomillo, el toronjil, la lavanda, el romero... Esas que según algún que otro pariente cercano son demasiado silvestres para gastar una maceta de porcelana en trasplantarla, porque “niña… si es un tomillo, y eso no vale nada, hija”, y que dan unas florecillas de nada, sí... Pero es que dan un olor... ¡¡¡qué olor!!!.

 

Quizá sea esa predilección mía nunca perseguida pero atávica por "lo otro": por la cara B de los discos de vinilo, por las Glorias en vez de por la Semana Santa, por la calle Feria y la Cruz Verde más que por la Campana y la calle Sierpes, por un bañito en La Caleta más que por un crucero por las Islas Griegas, por Alameda más que por Triana, por San Lorenzo más que por la Catedral, por Vallejo más que por el Niño ‘Marchena, por la Velá del Carmen más que por la Feria de Abril, por un cuartillo en La Alameda más que por un palacete de los que todavía quedan cerca de la Fuente de las Palomas... y hasta por los leones más que por los Hércules.

 

Quizá una manera como otra cualquiera de tratar de ignorar los gritos, que a veces llegan a alaridos, de mis pasiones con minúsculas y mis fantasmas de toda la vida: mientras cuido macetas, riego macetas, miro macetas o paso la mano por encima de las macetas, no estoy comiendo de más, ni bebiendo refrescos azucarados, ni comprando en los chinos trastos que luego no utilizo.

 

O que requieren menos tiempo, y menos urgencia, que otra de mis aficiones truncadas de toda la vida: criar pájaros erráticos, temporal o permanentemente echados a perder, o tener un pequeño palomar, lo que, en casa, en mi casa, es tanto más que imposible.

 

Vete tú a saber... porqué me empezó a picar el gusanillo de ir llenando el balcón de macetas, cada una con un aroma diferente. El caso es que me dio por ahí, y no era demasiado caro… y además de vez en cuando le podía pedir prestada a alguna una hojilla, para aromar mi cuarto o algún guiso… o para mis tés con yerbabuena.

 

Quise hacer de mi terraza un jardín de esencias, o “de los sentidos”, que se llaman así -“de los sentidos”- porque, al tiempo que ver sus colores distintos, puedes pasar la mano por encima de las hojas, sintiendo el distinto tacto de cada una, y, luego, cerrando los ojos, al acercar la mano a la cara, puedes percibir el aroma, distinto de cada una, que es el verdadero tesoro de la yerba en cuestión, un olor a silvestre, olor a libertad, a profundo.

 

Pero algo debió fallar…

 

Puedo suponer, por lo que luego me han dicho gente que sabe del tema, que fue mi excesivo, pero inexperto celo, porque con la calor de Sevilla, por miedo a que se encontraran secas, las regaba demasiado a menudo, y demasiado profuso… Tanto que, con el ‘enguachisne’ permanente, algún bicho debió atacar a alguna de ellas, y de ahí saltar a las demás. Se me minaron todas.

 

El tomillo hube de sacrificarlo, y la estevia y dos de las albahacas duraron algo más, pero también terminaron por mustiarse. Las demás las podé como pude, como mi inexperiencia absoluta me dio a entender, intentando, sin pelarlas del todo, quitarles todas las hojas roídas por ese minúsculo duendecillo, que no alcanzaba a ver, pero que las dejaba llenas de hoyitos blancos y redondos, traslúcidos, como sorbido el verde.

 

Después compré una albahaca de hoja pequeña a uno de esos que van ambulantes, huérfanos de papel alguno, con el cajoncito en la mano, vendiéndolas por la calle Feria o en la Alameda. Me encanta el olor y el sabor de la albahaca, en la pasta, en el revuelto de setas, en la carne… en un vasito o en un platito en mi cuarto, tal cual fueran capullos de jazmín recién abiertos, o en la palma de la mano, recién pasada por las hojas verdes de la maceta.

 

Pero las nuevas hojas tardaron muy poco en agujerearse de igual manera que las que podé. Sin saber qué mal era, fui a pedir consejo a la floristera del vivero del bulevar (ese que tiene flores plantadas en los más inverosímiles de los objetos: zapatos viejos, cestos, bolsos que alguna vez fueron bellos, nuevos y de alguien…), sin que, a la vista de una de las maltrechas hojas, totalmente podrida, la mujer me pudiera dar  tampoco Norte y Sur de lo que estaba acabando con mi incipiente y ya casi destruido “jardín de los sentidos”.

 

Entonces, ya a las últimas, les hice beber y comer todo lo que unos y otros y yo misma pudimos encontrar en revistas, en internet... en cualquier parte, para matar toda clase de bichos e insectos varios: flises de agua con limón, riegos con una gotita de friegaplatos vertida en el agua de la regadera llena, un diente de ajo -que luego brotó y meses después me comí- enterrado junto a cada mata… Pero de nada sirvió todo cuanto hice.

 

Me dio pena tirarlas. Estaban enfermas -muy enfermas- pero estaban vivas… y olían. Olían como pocas macetas he visto oler. Al fin y al cabo, cumplían su tarea: aromar. Y a quien cumple con la tarea que a querencia le corresponde no se le debe descartar de cuajo: es una crueldad... que, además, conozco bien, y no me hace ninguna gracia participar de ella.

 

Las dejé… regándolas de vez en cuando, en la creencia firme de que, con la que tenían encima y el Otoño que se avecinaba, no durarían mucho más.

 

Del mismo modo resolví, ahora sé que con acertado tino, no seguir ampliando más mi jardín de esencias hasta el augurado “funeral” de las primeras habitantes de mi fantaseado vergel, dando por hecho que, como ya había pasado con la albahaca nueva del ambulante, cualquier cosa que llegara a mi terraza de primeras sería tomada por la plaga de… de lo que fuera, que aún no he dado con lo que pudiera haber sido.

 

Y llegó el Otoño… y las desmejoró casi al punto de acabar con sus brotes, despojándolas de todo atisbo de belleza o de dignidad, y dejándoles apenas algunas hojas verdes, minadas todas ellas, e incluso los tallos, de aquellos redondelitos traslúcidos, algunos ya ennegrecidos. Mil veces me preguntaba cómo y por dónde aquellas cuatro ramas casi desnudas, leñosas ya en la base, y arrugadas, llenas de algo que no veía pero que indudablemente las estaba corroyendo, se aferraban a la vida, guardando siempre tres o cuatro hojillas infectadas, sí, pero aún tiernas y olorosas, muy olorosas.

 

Y de la misma manera que llegó el Otoño, se fue, y llegó el Invierno, y también se fue… no sin antes arruinar del todo la rama grande, ya sin vástagos ni bastones, del toronjil, y terminar de secar del todo la albahaca, la cuál la había comprado por “permanente”, o de hoja perenne, habiéndome jurado y porfiado aquel floristero francés que me la vendió en la Feria de La Alameda que esa variedad no moría con el frío -caso especial entre las albahacas, que son plantas de una sola temporada y suelen morir cuando se va la calor-, sino que, aunque en invierno permanecería menos vistosa, como aletargada, volvería a retoñar en Primavera, en todo su esplendor de verdura, aroma y flor. Pero claro… todo esto, de estar sana.

 

            Sin embargo, al toronjil, por debajo de la rama madre, toda desaliñada y ya muerta, le estaban brotando, clandestinamente rastreras, unas hojillas nuevas, pertinaces en la lucha contra la hoz o el abandono. La empecé a cuidar de nuevo, a pesar de que las hojas nuevas también lucían estigmatizadas con las mismas marcas que sus predecesoras. ¡¡Maldito bicho de los demonios!!.

 

            La yerbabuena crecía… no mucho, porque es una de hoja pequeña, la más pequeña de cuantas tuve sembradas antes de la plaga-catástrofe que diezmó mi recién estrenado jardín. Procedía la coqueta matichuela de un esqueje que me dio mi amiga Reyes una tarde de primeros de Mayo en el bulevar, en el paseo de los parias, confundida creyendo que era otra yerba. Yo ya tenía yerbabuenas, de hojas grandes y frondosas… y lo que quería era una albahaca de hoja pequeña, que tienen un sabor un tanto más picante que la común, de hoja más redonda y grande. Pero, regalo de una amiga, no la iba a rechazar. Y además: olía sorprendentemente bien. Muy bien. Perfecta para mis tés y tisanas, para mis caldos y el arroz viudo que tanto me gusta comer los sábados a medio día. De todas las que replanté cuando hice la primera cura, fue la única que sobrevivió, aunque insana ya para mucho tiempo.

 

            A la albahaca “Luciano” (así se llamaba por ser éste el nombre del maestro hortelano que le consiguió dar la cualidad de perenne) la di por perdida.

 

Era ya tiempo de Primavera, cuando, además de las flores y las yerbas de olor, comienzan a florecer las actuaciones, los mini-bolos por teatros y multiusos de las casas de la cultura de algunos pueblos, o las clausuras de cursos de institutos, facultades, colegios nacionales… La época, señalada igual en cada calendario, año tras año, en que se empieza a recolectar el fruto de algunos proyectos paciente y lentamente horneados en la estación del frío, corrida cada año casi por completo dentro del estudio, proyectando, ensayando, creando, creciendo… aprendiendo y enseñando, y tratando de mantener el tipo de mis compañeros danzantes y el mío propio sin caer en el tópico del aburrimiento gris, sombrío, rutinario… tan contrario y tan dañino a todo lo que se llama Arte como el grosero inquilino de mis macetas para sus hojas y ramas amarilleadas y lánguidas.

 

No daba ya tiempo de retirar macetas… No… Las desgraciadas que sucumbieran al esquivo duendecillo tendrían que esperar tras el pretil hasta que pasara la “temporada alta”… que no es larga… para qué nos vamos a engañar… pero a veces sí intensa, excluyente, agotadora…

 

Cuál fue mi sorpresa al ver que, con las lluvias propias de la estación, este año más cansinas y abundantes, la albahaca, que parecía totalmente muerta, empezó a retoñar de nuevo, incluso a florecer, enseñando, en su punta más alta, un racimo de florecillas blancas.

 

Compadecida de mis asistidas, y admirada de la resistencia que, durante un año casi, habían opuesto a la sombra, siempre presente, del bidón de la basura, quise llevarlas a La Floroña, un puesto nuevo de flores que han puesto en el bulevar, en La Alameda, a que me dieran una medicina de verdad, un “fitoquímico” de esos que a los ecologistas hippies del Huerto del Rey Moro les gusta tan poco… aunque por unos meses tuviera que prescindir de pedirles prestadas sus olorosas ambrosías para mis guisos, tisanas y refrescos. Incluso fui a hablar con el dueño… Pero la temporada arreciaba: el fin de las prácticas de Danzaterapia, las salidas a comprar material, las actuaciones, la preparación de nuestra gira otoñal por Centroamérica… más el trabajo extra en la Hermandad, con la Procesión de la Virgen por el barrio el cuarto Sábado de Mayo, la Función al Santísimo, el Corpus de Sevilla, el de San Lorenzo, la Procesión de San Antonio… Y de colofón, para redondear la faena, la desafortunada caída de un familiar directo, que terminó en prescripción médica de reposo absoluto por tiempo indefinido, y el consiguiente desasosiego que da el tener a una persona encamada por semanas en toda la marcha de la casa. ¡¡Imposible de dedicarle tan siquiera una mirada a mis destartaladas macetas!!, que, sin remisión alguna, se fueron secando hoja por hoja, a la calor casi abrasante de Junio y Julio sevillanos, sin ni siquiera un sorbo de agua fresca de la regadera o de la re-que-te-reciclada lata de champiñones con que, en condiciones normales, hubieran calmado su sed de cuarenta grados a la sombra.

 

Al fin y al cabo -me dije- estaban enfermas desde hacía un año… Ahora, cuando llegue Agosto, cogeré las vacaciones, y, como ya no hay macetas enfermas, podré proseguir con mi jardín de los sentidos, adquiriendo otras macetas y matas, ya sin el fatal inquilino que mató a las anteriores.

 

No sé si fue mi tía, que por hacer las cosas más allá de pluscuamperfectas, enchufó dos o tres regaderas a los ya cadáveres de las macetas de mi frustrado jardín… O fue que, habiendo lavado no sé qué prenda delicada a mano -tal vez un... 'algo' de gasa o sedilla, del vestuario de escena del grupo de Danza-, y como algunas no se pueden escurrir, echara ella o yo el resto del agua, recogida en el baño que dejo bajo el tendedero para que, al chorreo de la prenda, no se se cale la solería y moje a los vecinos, a los tiestos, aún con las raíces dentro y el esqueleto desnudo de las hojas muertas, quemadas de sed, para no tener que pasar con el baño lleno de agua a dentro de la casa y manchar el suelo de pisadas.

 

El caso es que un día, hace pocos días, de entre las hojas achicharradas de mi albahaca “Luciano”, de mi yerbabuena de hoja pequeña y de mi toronjil, empezaron, de nuevo, diría yo que milagrosamente, a brotar pequeñas hojas verdes. ¡Por Dios, qué aguante!.

 

Y fijándome un poco, me di cuenta que las hojas estaban limpias, sin los malditos redondelillos de verde roído. ¡¡Todas!!. Ni que decir tiene que no me lo podía creer.

 

He podado, esta vez a fondo, a mi toronjil, a mi yerbabuena y a mi albahaca. Las dos primeras han quedado con las hojillas nuevas, sanas. A la albahaca, como tenía las ramas muy altas, y lo sano lo tenía en las puntas, por no dejarla desnuda por abajo y con “pelambre” por arriba, que tarda más en llegarle el agua y el alimento, la pelé y le corté las largas ramas hasta una altura prudente, fijándome en dejar los minúsculos botones verdes que tenía ya al punto de abrir.

 

Durante unos días he estado aderezando mis comidas con el resultado de la poda. Sea lo que fuere que tuviere, a mí no me hace daño. Estaba todo buenísimo.

 

En dos o tres días, los botones se han convertido en hojas -en hojas por ahora sanas-, y está mi albahaca la mar de contenta, abriendo cada día más sus alas, tras el pretil de la terraza… haciéndome embelesar al comprobar cómo, en sólo unas horas, su apariencia varía -os lo juro- como la de un pastel cuajándose en la encimera de la cocina, como la de un cacharro de barro secando su estrenado color al aire.

 

Y huelen… ya, pequeñas, al punto estrenadas, huelen de tal manera que…

 

Y aquí me hallo, entregada a la causa, comprobando cada día si les falta agua o si todavía tienen las entrañas húmedas -no vaya a ser que me pase de nuevo- con un palito, o enterrando el dedo chico… en la esperanza de ver crecer, aromar, florecer, a mis “reciennacidas eternas”, vigilando cada día si es cierto que se ha ido o se ha muerto o lo que sea el cochino bicho para, en cuanto pase un tiempo razonable, si siguen estando sanas, comprarme en La Floroña, o en el vivero del paseo (o quizá vaya a La María a Capuchinos, y así me paso a ver a la Pastora), romero, lavanda, tomillo, poleo, yerbaluisa… para poder pasarles la mano y disfrutar de las esencias del aromado “jardín de los sentidos” de mi terraza.

 

 

Y el aroma madre de mi alma, el aroma… el mío… de Sueños y Danzas, Amor, Vocación, loca bohemia escondida… la esencia mía que tantas veces ha secado y florecido de nuevo, ahora en dique seco, roída, diezmada, por mis pasiones con minúscula y la vorágine de la vida… ¿retoñará ese aroma como mi albahaca?, ¿como mi yerbabuena?, ¿como mi toronjil?.

 

… Mi corazón espera… espera hacia la luz, y hacia la Vida.

domingo, 14 de julio de 2013

Volver...


… Con la frente marchita, como cantaba el tango. Con las heladas de una vida que no te pide permiso para jugártela de vez en cuando cargando mi sentido y mi espalda de años, de fracasos, de sueños rotos y proyectos olvidados. De lo no vivido. De lo que no quise vivir y, sin quererlo, me tocó apurar. Con casi veinticinco kilos de más y un franco problema para controlar lo que como y lo que dejé hace tiempo de comer… por citar alguna de las jorobas adquiridas.
Volver con el alma casi congelada. Con el vago recuerdo de haber sentido. Con la mochila en que antaño guardaba mis zapatillas y mis castañuelas repleta de pasiones con minúscula, dispuestas a saltar a cualquier resorte y convertirse en dragones con siete cabezas para quemarme la vida de una cierta llamarada.
Volver sin saber cómo. Olvidado hace tiempo el mecanismo de andar. El alma varada en mal puerto desde hace tanto.
Volver a intentar desandar el camino -el mal camino- sin saber si lo conseguiré de ésta o volveré a caer de nuevo. Sin saber a dónde llegaré, y acaso sin saber a ciencia cierta si quiero llegar a ningún sitio.
Volver a acostumbrar el alma a que todo no está perdido… para pedirle que luche, aunque para ello se tenga que volver a hundir en la noche oscura que transitó hasta esta playa desierta de esperanza, de identidad y de baile.
Volver a encontrar tiempo cada día para improvisar un calentamiento, un estiramiento… un tiempo para la Danza, aunque tenga que comenzar desde más abajo que desde cero y el cuerpo ya -aún- no me lo pida.
Volver… volver… volver…
Volver a decirle al alma que ame, y que el alma se crea que ya no ha de prescindir de lo bien amado. Volver a hacer presente lo que tanto me dolió hacer recuerdo.
Volver a donde jamás estuve. Ser de nuevo lo que sé que nunca llegué a ser. Volver a sentir y a disfrutar. Volver a aprender a dejarme llevar, aunque mojar el alma me exponga, de nuevo, al mordisco de algún perro pendenciero.
Volver… que es encontrar el valor para volver a respirar Danza, por la Danza y para la Danza, a vivir Danza, en Danza, por la Danza y para la Danza; a soñar Danza; a pedir y pedirme, cada día, Danza.
Volver al sacrificio del dulce yugo elegido por amor, por vocación, antes del naufragio.
Volver, ignorando que a veces, más veces de las que quisiera, me parece no sentir nada por la Danza, ni acaso por la vida.
Volver, asumiendo que quizá el hielo que se ha instalado en mi esencia puede que sea ya tan gélido, tan viejo y establecido, que no volverán a deshelarse las entretelas del alma.
Volver… sin pensarlo demasiado… porque como lo piense… Pero anda que si pienso en no volver…
Volver a bailar. Volver a ser Danza, cuando siento la Danza tan lejana, tan ajena, tan ya tan poco mía.
Volver a empezar. Empezar a volver. ¡Ya!. ¡Ahora!.
Volver… ¿Podré volver?. ¿O acaso estoy alimentando un reflejo del pasado, llegado a este prado yerto de mi presente por no sé qué camino olvidado del alma?.
Volver… sin saber volver… con la duda pataleándome en el centro del corazón y del sentido. Mas ¿Quién lo sabe?. ¿Tendrá alguien desentrañados ya, para sí o para otro, los secretos que guardan el destino y el alma para írnoslos dando de comer a poquitos, como a las palomas?. ¿Alguien sabe tanto como para no dudar, como para no errar, como para no caer, y abandonar, y tener que volver… o no volver?.
Volver… con la frente marchita, como dice el tango. Y densa la fuente del  pensamiento, entre dudas y realidades, entre autoconsejos y pasiones varias, con minúsculas y con mayúsculas. En la soledad de siempre y rodeada desde lejos por los de siempre. Quizá una estampa nueva de mi Pastora de San Antonio ande perdida en mi viejo atadillo revuelto de recuerdos, de vivencias y de lastres. Tal vez una foto de los chavales, posando o actuando en cualquier teatrucho de pueblo, o aquella que nos hicimos el día que vino Gualberto.
Volver… Que si veinte años son nada… digo yo que siete serán “menos que nada”, ¿no?. Cábala imposible de Matemáticas inexactas de la vida.
Volver… volver… volver… Que el viajero que huye -ya lo decía Gardel- tarde o temprano detiene su andar, y vuelve al primer amor como a la tierra madre, al terruño primero, a la piedra fundamental.
Volver… con la esperanza -humilde, casi imperceptible- de sentir de nuevo, de Ser de nuevo, de bailar de nuevo… aunque ya nada sea lo mismo que fue, ni lo que pudo ser. Aunque siga el alma mutilada de tanto y por tanto, perdida la ingenuidad y la inocencia, y la frente marchita… y las nieves del tiempo plateando mi sien.

martes, 2 de abril de 2013

Salve, Fuente de la Vida. Sea lo que vos queráis...

Salto al vacío. Salto a la vida y en la vida. Sin red ni paracaídas, sin saber el oficio, aunque con vocación, eso sí... por lo menos con vocación.
 
Salto al vacío. Salto a la vida y desde la vida. Sin evadir un instante la sobrevenida de ese universo que constantemente cae sobre mi cabeza, sobre mi corazón... sobre mis manos y todo mi cuerpo.
 
Salto al vacío, y la incertidumbre, y la torpeza, de quien flota a merced de un viento que no controla, que le maneja los pulsos como si fuera una pluma, o un demonio de una flor en primavera.
 
Salto al vacío, a lo demás, a los demás... a lo otro... a lo desconocido. O a lo que quisieras desconocer. O a lo que quisieras conocer más y no conoces.
 
La transfiguración al revés. Qué bien se está aquí... después de haber echado el rato.
 
Recuerdos a fabricar que la intensidad aún no dulcifica. Un mar de nervios. Seguro que se olvida algo. ¿Qué digo que "se" olvida?... ¡Que ME olvido, que no es lo mismo!.
 
Clases, Danzas, pasiones con minúscula y Pasiones, con mayúscula.
 
La vida entera esperando salir al escenario.
 
Y luego... luego está el escenario de la vida. La vida a ganar cada día. La vorágine del momento. Sin parar. Sin pensar acaso. A la deriva de algo cuya primera identidad desconozco.
 
Salve, Fuente de la Vida. Sea lo que vos queráis.

sábado, 9 de marzo de 2013

Pensamiento

Sin tiempo.

Sin tierra.

Sin alas.

El hombre a la deriva de la urgencia establecida.

El hombre y la mujer en la deriva, desposeídos, desterrados de sí mismos, sin tierra, sin puerto, sin punto de llegada ni de partida.

Sin presente.

Sin pasado.

Sin futuro.

El hombre convertido en un destartalado computador sin lugar ni espacio para soñar, para sentir, para crear, para vivir viviendo.

El hombre y la mujer tornados en meras herramientas de metal mal maleado en manos de... ¡Qué sé yo de quién son las manos de este universo de artificio plastificado!.

jueves, 3 de enero de 2013

Jueves

 
 
 
 



Eh, oiga...
 
¿Cuánto pide usted por ese cielo azul intenso, que ilumina y techa de luz la calle?. ¿Cuánto por el blanco encalado de las paredes, matizado con el sol del mediodía?. Por la rama de un naranjo y las ondas que dibuja el viento en la ropa tendida de las azoteas, perdidas en ilusorio cambalache sobre las plantas de los pies descalzos de los balcones -laberinto de azulejos de colores-, sobre el aturdido paso de los transeúntes, y el pulso abigarrado de la calle, del mercadillo, de la ciudad interior que hoy, como es Jueves, cabe toda en esta media calle de mi ciudad.
 
¿Cuánto pide por el efímero sonido del aire chamullando de blues o de flamenco, marcando como surcos de recuerdo en mi alma de gramola vieja?.
 
¿Cuánto?... ¿Cuánto pide por el olor, el color, el sabor, el blandor, de esa magdalena grande, al final de la mañana, frente al Mercado?.
 
Por el olor, el color, el sabor... a cambalache, a Mercado, a vida, a gente, a mañana, a barrio, a Calle... A Feria.
  
 
 
 
Sepa usted... que si yo tuviera... Si me llegara lo que llevo en la mochila... se lo compraría todo sin regateo.
 



... Pero eso es imposible.

martes, 11 de septiembre de 2012

Carmen





Hay que ver Internet lo que mueve. Resulta que una tiene las ventanas abiertas a todas partes sin darse apenas cuanta. Y lo mismo al revés: te asomas por el alféizar de alguna página perdida buscando sabe Dios qué y te salen al encuentro recuerdos, historias, personas o lugares que han formado parte, por algún tiempo, de tu universo personal... Recuerdos, historias, lugares o personas que ni por casual idea pensabas encontrarte en ese justo momento.
 
 
Ayer no sé qué andaba buscando sobre el Carmen de Calatrava, entre sueños y añoranzas de leones y de Hércules... y me encontré con una foto de una bailaora. Una foto del año setenta y cinco. Treinta y siete castañas que tiene ya la foto... las mismas que cuenta esta servidora. Y cuando leo el pie de foto me entero de que la retratada es Carmen Montiel, "una joven bailaora de la escuela de Matilde Coral".
 
 
Carmen Montiel fue, no hace demasiados años, maestra de esta servidora de ustedes durante dos cursos y un verano. Poco tiempo... pero qué intenso.
 
 
Si en otras ocasiones me he dolido, amarga e improductivamente, de un ambiente -el de la Danza- que se ha mostrado ante mí superficial, lleno de hipocresía y prejuicios, deshumanizado por demás, nobleza obliga nombrar a esta señora, quizá la persona más humana y más auténtica de todas con las que me he cruzado en este periplo mío de amores y sinsabores por vocación.
 
 
Recuerdo de ella la nula impostación de su semblante y de su persona. No me pareció nunca una mujer sonriente, ni acaso intentaba serlo. Pero cuando la sonrisa le brotaba era como un rayito de sol colándose en un día nublado por la calle Feria, hendiéndola desde la Resolana a la callejuela Regina.
 
 
Recuerdo el verla cruzar cualquier mañana de Julio con el carrito de la compra lleno por la Avenida de la Soleá hasta la academia. Sus palabras ciertas, aunque dolieran, dentro y fuera del aula... Y un montón de correcciones, de compases, de cadencias...
 
 
Su curiosidad innata por todo lo que tuviera que ver con la Danza, siendo ya una institución como maestra de Flamenco. Solía comparar el Baile con una droga: mientras más tomas, más quieres.
 
 
El absoluto respeto por la idiosincrasia de cada alumno, la personalización de todo cuanto enseñaba… No sabía enseñar en estándar. No sabía, no podía, y acaso no quería despersonalizar la Danza, mirar, corregir, sino a la persona. Persona a persona. Conocedora a aprendiz. Entre iguales esencias, sí... pero ojo: una, la de la maestra, esencia pulida, curtida por la experiencia, plena de autoridad; la otra, la de enfrente, valiosa esencia en bruto, a pulir, a curtir. Me repetía una y otra vez que no la tenía que llamar de usted (yo me resistía, mitad por mi casi enfermiza timidez, mitad porque de sobra sabía lo que tenía enfrente), pero ¡ay! de quien sacara el pie del plato y le perdiera un milígramo del respeto profesional que le correspondía...
 
 
La nula aceptación de prejuicio alguno en cuanto a lo que podría o no llegar a hacer cada uno de nosotros: su función era enseñar, sacar de cada uno de nosotros lo mejor que pudiéramos dar… lo demás… para otra.
 
 
La responsabilidad imbuída de cuidar la más preciada prenda de cualquier danzante, que es su cuerpo mismo. A la clase de Carmen Montiel se podía entrar con maillot o con camiseta, con pantys o con pantalones de ciclista, con una cola o con el moño de Escuela Bolera. Pero no se te ocurriera entrar con el pie desnudo calzando tacón… ni taconearas con las rodillas encajadas sin doblar, ni zapatearas con la punta cayendo en vertical desde arriba… porque te podía mandar a Santa Justa sin pisar el Martinete del “chillío”. Y es que tenía razón: la que de nosotros se dedicara a la Danza, o a la enseñanza de ésta, si no guardábamos nuestro físico con unos mínimos cuidados en cuanto a técnica y en cuanto a material… en cuatro años todas fuera de combate. Lo demás, la imagen… eso para cada uno queda, que sobre el libro de los gustos no hay nada escrito.
 
 
Los Sábados, los Domingos, los entrefiestas des-puenteados… las navidades… Porque Carmen, por más que nos ponía un horario, no trabajaba por horas: Carmen trabajaba por objetivos, por bailes. Si no están los objetivos… hay que echarle más horas. Ya hay que pasar de baile. “¿Os viene bien a todas el Domingo a las diez?”.
 
 
Las batas de cola proletariamente compartidas, amarradas a la cintura con una media inservible ya de carreras. Las broncas por llegar tarde a clase excepto a quien sabía que salía de trabajar. Su sencillez, su naturalidad, su total autenticidad, su falta de cuidado por parecer perfecta, simpática, graciosa, jovial, divertida...
 
 
Carmen no necesitaba nada de eso: estaba tan pasada de sabiduría, de humanidad… de ser Carmen… como lo estaba de compás, de cadencia… De Flamenco… de Danza.
 
 
 
 
Foto: Carmen Montiel, una de las grandes del Baile Flamenco y la docencia de la Danza de mi ciudad.

lunes, 27 de agosto de 2012

La vie en rose


Mediodía de Sábado. Agosto agoniza lánguidamente, sin querer dejar de ser Agosto todavía. Apogeo de luz en la calle Feria. Acabo de salir del Mercado, y tiro para atrás, para la Cruz Verde, para comprar algo en los chinos de la esquina de González Cuadrado.

Voy cargada. La verdad es que no sé muy bien por qué no lo hice al revés: primero acercarme a la Cruz Verde, y luego al Mercado. Probablemente entré desde la Alameda a la altura del Mercado, y no quise esperar más para llevarme mi col, mis papitas nuevas, mi sandía y unas uvas que estaban diciendo en el puesto “co-me-mé”.

Camino. Quizá es poco comprensible el efecto imán que ciertos lugares de mi ciudad causan sobre mi persona. Es algo que me penetra por los ojos, por los oidos, por la piel acaso... pero que difícimente podría explicar. Yo no nací en la calle Feria. Ni en la Alameda. Ni en San Lorenzo. Mi niñez y mi juventud transcurrieron entre dos barriadas de extramuros, una al Norte y otra al Sur de la ciudad. No recuerdo haber jugado en la Plaza de San Lorenzo, ni ir con mi madre al mercado de la calle Feria. Acaso, de muy niña, pasar por la Alameda la tarde de algún Domingo buscando la puerta de una iglesia, no recuerdo cuál. Sin embargo, algo me llama poderosamente a perderme en este paisaje, o paisanaje que, por alguna escondida razón, no me es extraño.

Me hago una con todo lo que me rodea. No pienso. Sólo camino. Se me olvida la carga, quizá de tan asumida. No me molesta el sol, ni el calor. Y no sé por qué, porque el termómetro, probablemente, roza los cuarenta.

Llego a la esquina de la Correduría y tiro para adentro. Y paro. Me llaman a la atención unas notas que salen de algún balcón. Es un piano. No podría jurar que fuera alguien que estuviera tocando dentro, en alguna casa, o quizá una grabación. Incomprensiblemente el eco de aquel sonido me llegó más claro al alma que al oido. Me quedo inmóvil, por un momento. Me siento como una paloma dejando que el sol le entre por entre las alas. Quizá fuera el sol del mediodía... o las notas de aquel piano... que poco a poco, remoloneándose en su propio susurro, iba desgranando una bohemia melodía, como quien tararea cualquier cancioncilla sin apenas darse cuenta.

¿La Vie en Rose?... ¡Sí!... Es La Vie en Rose. La Vie en Rose... Miles de recuerdos vinieron entonces conmigo a aquel rincón de la calle Feria. Pero no querían ser recuerdos. Como animados por el sonido apenas percibido de aquella casi melodía se iban engarzando, enredando en el presente, fundiéndose al calor del sol casi septembrino en esa sensación total que a veces te hace ser y sentirte plena, sin límite.

Y sigo entonces mi marcha. Por el balcón siguen sonando las notas de La Vie en Rose en un piano, sabrá Dios si presente o imaginado. Y yo pienso, cabilo, casi sin darme cuenta...

Qué será de mí si algún día no puedo pasear por la calle Feria.