viernes, 1 de abril de 2011

Necesidad

Necesito ir a la Fuente. Necesito beber del agua de su dulzura. Tengo sed. Siempre tengo sed. Sed de verdad. Sed de tranquilidad. Sed de dulzura. Sed de consuelo. Sed de poder ser como soy, de quitarme la careta y mirarla, simplemente mirarla, para contarle todo lo que la vida me quita y lo que me da. De poder recordarla vívidamente cuando la siento lejos, sin que su imagen se me desvanezca entre recuerdos. De pensar que me quedan sólo unos días para volver a beber.

No es que sea mi responsabilidad... no. No es que sienta la obligación moral de cumplir una norma estipulada, hace años, por otro al que haya de rendir la pleitesía que se rinde a los que ya han traspasado con su obra la barrera de los siglos. Es que es mi medicina, mi descanso, mi remanso, mi paz...

Todas las semanas acudo a la cita. Me espera como siempre: el rostro ensimismado entre dulzuras, sentada -no hay prisas- en el minúsculo terruño que llena de luz, de Gloria. A su lado, raro es que no tilile la llama de alguna velita, inocentemente sencilla, inefablemente franciscana como Ella, inequívoco testigo de que alguien, antes que yo, ya fue a beber del manantial de su mirada.

Toda la semana, todos los días de la semana, me levanto entre ojos que me miran escrutando cada milímetro de mi ser personal, de mi idiosincracia y mi manera de ver y tratar todas las cosas, de mi fisonomía, de mi manera de vestir y de peinar, de si estoy o no maquillada, de si me perfumo con Carolina Herrera o con Heno de Pravia.

Toda la semana tengo que ser "la mejor", "la más graciosa", "la más simpática", la que mejor vende la mercancía, la que siempre te va a solucionar el problema, la que convence a la gente... aunque me dé cuenta de que es la gente la que, bajo la trama de una sobrevalorada simpatía, me vence a mí, sin convencerme.

Es parte del juego de una sociedad que hace mucho tiempo ha abandonado todo atisbo de valor. No es que haya perdido el Norte... sino mucho peor: es que lo ha encontrado tirando siempre para delante, pasando de puntillas por la vida, sobre las cabezas de las personas, sin profundizar por un instante en quiénes son esas cabezas, qué piensan, qué sienten. Todo es superficial, artificio. Es la mejor manera para no sentir, no sufrir... no desesperar. Y no perder un tiempo "precioso", quizá porque eso sería un gasto innecesario, que a menudo no tenemos previsto en nuestro planning, y que luego nos haría estar más agobiados (más todavía) para llegar en punto a ninguna parte.

Todo encaja... En realidad todo encaja en un puzzle que, mientras nadie se niegue a formar, queda perfectamente engarzado. Y si alguien se niega a ello, los demás lo ignoran, lo cercan, sitían su personalidad y, cuando el sitio se hace insistenible, necesariamente él solo tragará y comulgará con ruedas de molino. "Impepinable", como diría aquél.

Es la civilización del siglo XXI. La "sociedad digital", en la que todos tenemos que ser o "ceros", o "unos", y así todo suena estupendamente.

Toda la semana está llena de obstáculos, de espinas, de rabia y desesperanzas contenidas. Pero ese momento del Sábado por la tarde, o la mañana del Domingo, sólo es Ella... su dulzura, su mirada... y la posibilidad de desnudar los sombríos lugares del alma ante su presencia, lo mismo que se desnuda, paso a paso, sin pudor alguno ante mis ojos, la umbría sonora de San Lorenzo, tras cruzar la sutil, impalpable, pero diferenciablemente perceptible, frontera de La Gavidia.

Misa de Domingo, a las doce y media en San Antonio. O un Sábado cualquiera por la tarde, como aquel en que, hace casi seis años, llegué buscándola.

Y el primer Sábado de cada mes, Sabatina, con el altar hermoseado como un niño chico vestido de Domingo de Ramos. Rosario y letanías, el sempiterno primer día de la "novenísima" de mil setecientos y pico... "Dios te salve hermosísima, bellísima y graciocísima María, Pastora Soberana del mismo Dios humanado...", y ese Salve Madre, que huele y suena a terruño, a Porciúncula franciscana reconstruida a la sevillana manera, y a pan caliente cuando crepita entregándose dócil entre las manos.

Ese día, el pie de las velitas está casi por completo encendido, signo inequívoco de que no uno, sino muchos, vinieron ya a beber de la Fuente de la Vida, entre las protectoras paredes de su convento franciscano. Y cuesta trabajo encontrar un hueco en el banco contiguo al altar, ese desde donde su mirada se vislumbra aún más bella, más ensimismada, más transida de esa alegría serena, inalienable, de la que hablaba "el poverello".

Todo tiene que ver con Ella. Todas las palabras y las miradas vienen o van a parar a su mirada de madre, su dulzura ensimismada, lo bonita que está, lo bonita que Es.

No... No se trata de un compromiso... Del cumplimiento de una regla arbitraria que alguien quiso imponer o proponer al resto. Ni de airear la medalla para que se vaya ennegreciendo un poco más el cordón. Ni de salir a dar un paseo por el Centro y de paso escuchar misa. Ni de ir "de capilleo" a ver el culto de una Hermandad de Glorias.

No se trata ni tan siquiera de la sencilla alegría de San Antonio, ni de la sobria sevillanía de San Lorenzo... No tiene nada que ver con eso.

Es, simple y llanamente, necesidad.




Estas letras nacieron hace unos años, y están publicadas en algunos foros cofrades de Internet, en el tema de mi Hermandad. El año pasado, la Hermandad franciscana de la Divina Pastora de San Antonio tuvo a bien pubicármelo en su Boletín anual. No se me ocurre mejor publicación, ni regalo más cumplido a unas palabras que volaron del corazón al blanco para ser desahogo del alma, bálsamo para una Necesidad que, después de seis años en San Antonio, aún me sigue llevando hacia Ella.

Pastora y baile

Qué le voy a hacer... si cuando era niña me llevaban a tu capilla para decirte poemas y cantarte con treinta y muchas niñas más aquello de "hoy he vuelto, Madre a recordar..." cuando ni siquiera teníamos recuerdos.

Qué le voy a hacer, si eras cómplice redentora de aquellas cansinas clases de matemáticas o de copiados de ortografía.

Qué le hago, si las primeras palabras que emborroné en un papel hablaban de ti. Si el cuaderno colegial estaba lleno de garabatos que creían ser letras, formando en irregulares renglones mil y una quimeras de sueños infantiles que esperaban, preparadas como un nazareno de La Borriquita su primer Domingo de Ramos, para salir de su cárcel de grafito y blancura matizada a dos rayas cualquier mañana del mes de Mayo.

Qué le hago... Qué he de hacer si Tú eras la que estabas allí, con tu traje de Pastora y tus dos ovejitas. Si madre María Luisa no perdía ocasión para contarme lo contenta que te encontraba cada mañana porque alguna de sus niñas había pasado a verte antes de subir la escalera.

Qué le voy a hacer, si no tenía más coartada que tu sonrisa de niña madre para mis primeros amores, mis primeros sueños, mis dolores primeros. Si sólo estabas tú.

Si estabas sobre el armario de mi primera escuela de Danza, vigilando, sigilosamente, cada paso, cada movimiento, cada momento de alegría o de desánimo... y todos los bailes que una niña, que creía entonces que ya era mayor, te dedicaba desde aquella esquina... siempre en tu esquina... siempre.

Si cuando ya dejé atrás el hogar de mis primeras oraciones, mis primeras letras, mis sueños primeros, me esperaste solícita, tras el portal de en frente de aquella otra vieja academia deshabitada, al principio de la Calle Feria, para que te conminara a ser la más duradera de mis maestras.

Si cada verano, en Chipiona, buscaba de reojo aquella puertecita del patio del pozo, que daba al altar, para escaparme contigo mientras esperaba que bajara madre Matilde, madre Lucía, madre Dolores...

Si en cada repesca de matemáticas venías conmigo escondida entre folios en blanco y ecuaciones sin resolver. Si en los exámenes de baile estabas en la funda de las castañuelas, en cada golpe de cola y entre las hojas de la teórica, confundida con los trajes regionales y la signatura de mil compases distintos.

Qué le voy a hacer, si cuando me creía terminada, tu peso leve y redentor sobre mi hombro dio vida nueva a lo que yacía muerto. Si estabas en Triana cuando me fui de alumna a Matilde Coral. Si estando yo enseñando en el colegio de la calle Mesón del Moro, Tú estabas en la placita de las Mercedarias. Si cuando estuve en el Tiro de Linea, todo el mundo te conocía de aquel colegio que fue también el mío.

Si en los peores momentos de mi vida, una fuerza centrípeta me volvió a llevar junto a ti en este rincón perdido entre San Lorenzo y el río.

Cómo borrar tantas historias... tantos momentos... toda la historia de mi vida, que has sido Tú y la Danza... la Danza y Tú.

Cómo olvidar las rabonas a clase de ballet para estar a tu lado, las engañifas a las maestras para acudir a verte una tarde septembrina de triduo en Triana, o las miradas clavadas en la calle Curtidurías cuando el autobús pasaba de largo camino de Plaza de Armas o al Pabellón de Argentina.

Cómo separar algo que siempre estuvo tan unido, tan dentro de mi universo personal, escondido tantas veces de todos los demás. Escondido todo ante tu mirada.

Como podría mirarte y no pedirte lo que cada día, desde hace más de veinte años, te pido. Cómo podría no contarte, aunque sólo sea con mi mirada, lo que me preocupa, lo que me atormenta, lo que me hace feliz y me emociona. Lo que me pasa cada mañana.

Como podría estar al lado tuya y no hablarte de baile.

Mañana volveré a mirarte, a dejarme creer que te estoy viendo, que eres visible y palpable, que te puedo acariciar con sólo levantar la mano... No es que no crea en tu presencia sempiterna. Te llamo a cada momento, y sé que siempre estás conmigo... Pero a veces... ¡qué necesario se me hace mirarte!. Descubrir en tu mirada serena la dulzura sobrecogida de una madre siempre protectora... invitándome a quedarme junto a ella para acrisolar de nuevo todos mis cristales rotos.

Mañana volveré a llamarte Esperanza de los desahuciados, y Vida, Dulzura y Consuelo, Fuente y manantial del que parten mis anhelos y medianera de todas las gracias que ha de concederme el Cosmos. Me confundiré entre tus siemprevivas para por un momento creer que aguantaré, como ellas, hasta que acabe el estío, y soñaré de nuevo, protegida ante tus plantas, que nada será distinto cuando se cierren las puertas del Convento.

En ese momento mi alma estará bailando, aunque mi cuerpo permanezca quieto, guardando celosamente tu cercanía.


Luego... será lo de siempre: la lucha de cada día, las frustraciones de cada día, la incertidumbre... el no saber qué me deparará la vida ni si merece la pena seguir luchando o no. La danza que no es Danza, por más que mude mis pies al compás de una música que me es extraña, completamente impenetrable, marcada por otros que jamás acompasaron su alma con la mía, ni tan siquiera acaso con la de ellos mismos. 

Seguirás presidiendo mi cartera, al lado de mi carné de identidad -causalidades de la vida- y todos mis actos, buenos y malos, lógicos y absurdos, en este gran teatro de mi existencia.

Seguiré actuación tras actuación musitando entre cajas el "Salve Fuente de la vida" o los primeros versos de la Consagración Calasancia, y cuando mi cuerpo amenace caer rendido en la danza diaria de las amadas rutinas, te conminaré a ser Tú la maestra -yo sólo la repetidora- de tantas y tantas horas de clase. De ensayos tediosos. De problemas e inquietudes interiores y exteriores. Y de dudas no resueltas. Y de llantos que nunca fueron llorados. Y de alegrías recordadas o aún no vividas.

Y vuelta otra vez a empezar... a escribir unas cuántas de páginas más en el libro de mi vida, a cuerpo y alma desnudas, que hablen de Pastora y Baile.


Madre de los locos bohemios y de los sueños bonitos... el Sueño más Sevillano... Sueña por nosotros. No nos abandones al sueño de los que ya olvidaron vivir viviendo, de los que renunciaron a soñar, a creer, a bailar.

martes, 29 de marzo de 2011

Sombra y son

Hoy, aunque hace poco entró la Primavera, tengo el alma llena de Otoño. Y cuando tengo el alma llena de Otoño, el alma se me va buscando su igual por las calles de Sevilla, para encontrar su sitio.


Hay un lugar en Sevilla donde todo el año es Otoño. Bueno... todo el año no. El tercer Sábado de Mayo la Primavera, plena de flores y con destelleos de plata, se apodera del lugar... Qué milagro de primor infinito... Qué dulzura de Primavera sobre Otoño la de aquel Sábado...


Pero el resto del año, todo el año, en mayor o menor medida, a veces por la climatología, la mayor parte de las veces por el propio estado del alma del transeunte, es Otoño. Otoño sombrío a veces. Dulce y cálido Otoño otras.


El Otoño de aquel lugar no es un Otoño cualquiera. No en vano, allí se fabrican y funden todos los lubricanes de la ciudad, que son como pequeños Otoños diarios, como el Otoño de cada día. A veces el Otoño suena allí como una viola en el alma. Otras como un violonchelo, derramando sus notas profundamente, calando hasta los tuétanos de los huesos. Otras, si estás atento, puedes escuchar desde una ventana o un balcón, el eco lejano de un piano que no se ve, pero se intuye. Todo es según le dé a un viejo que se sienta cada tarde en la Plaza a hacer lubricanes con hilos de luz naranja y a tornasolar el pecho de las palomas zuritas con sombras y luces violáceas, mientras las agasaja y les echa de comer mijitas de pan candente.


Fíjate si tiene arte el viejo, que hasta la Plaza lleva su nombre...


Pero otras veces, cuando el viejo también tiene el alma llena de Otoño, o cuando se le inunda de Primavera el tercer Sábado de Mayo, en aquel lugar sólo suena una campana. Un oso panza arriba gruñendo desde la torre de la Iglesia, verdadera Catedral de un País en Eterno Otoño.

Suena... y cuando suena, te llama, hablándote de cosas que crees que nadie sabe... tan sólo tú... y ella. Te empapa, te cala, te llega hasta lo más profundo del alma, más que cualquier otro instrumento que se haya inventado o que inventarse pudiere de aquí en adelante.


Esa torre, al contrario que la Giralda, nació cristinana, pero parece mora. Que yo sepa, sus campanas no tienen nombre, como cada una de las de su hermana primogéita de la Plaza Virgen de Los Reyes. Tampoco es tan esbelta como ella. Pero te habla al alma, al fondo del alma, cuando tu alma está entre penumbras, llena de Otoño.

Parte el cielo de su País en dos mitades, imponiéndose al firmamento altiva, como una fortaleza inquebrantable. Pero al darle el sol en el viejo lomo, cubre al barrio con su sombra protectora, y te hace sentir seguro, porque sabes que nada escapa a su tutela.




Yo no digo que tú seas la mejor del mundo;
la más alta, la más bella ni la más gallarda.
Pero suenas y me llamas a sombras profundas
que guardo en el alma.

Cuando el alba se compone en Santa Rosalía,
-celosía centenaria: cielo, nube y rama-
tu figura incontenible de mora y cristiana.
Sombra y son. Torre y campana.

La Gavidia es la frontera del Eterno Otoño,
de las sombras de Sevilla, de las tardes largas,
de los soles que se mueren siempre en San Lorenzo,
de sonoros muecines que al romper al cielo
son moras cristianas.
Sombra y son. Torre y campana.

Yo no digo que tú seas la mejor del mundo;
la más alta, la más bella ni la más gallarda.
Yo te busco porque sabes de sombras profundas
que oculta mi alma.



Lo siento... pero hoy tengo el alma llena de Otoño.

viernes, 25 de marzo de 2011

Merece la pena

         

Boceto para la coreografía IF YOU BELIEVE


            Mañana va a parecer un príncipe. Un faraón de Egipto con toda su magnificencia, aunque a él le sobra todo eso. Sólo le basta una buena canción para bucear en su propio “yo” y lograr comunicarse con él mismo y con el cosmos de lo no inteligible como ni usted ni yo (y eso que llevo décadas intentándolo) podríamos siquiera imaginar.

            Nació, inalienablemente, para bailar. La Danza es su vida. El movimiento su arma de libertad. La libertad, su única patria. Ama los caballos. No entiende por qué, pero el arte lo llama poderosamente. Se le abre el alma cuando escucha a Camarón, a Witney Houston o a Sergio Contreras, y en su carpeta guarda celosamente láminas con pinturas de Miguel Ángel, fotos de Danza y caballos… muchos caballos.

            Pudiera parecer, a simple vista, que vive aislado de lo que le rodea. Eso es lo que dijeron los médicos, los psicólogos, los pedagogos, los logopedas… en fin, todos esos profesionales que conocen a la perfección los patrones estándares de la conducta de las personas.

Pero mientras más lo observo, más convencida estoy de que su aislamiento es, más que un muro impuesto por el lastre inquebrantable de la discapacidad, una manera de alejarse del mundanal ruido de una sociedad que no va con él. Una manera de ser él mismo, sin aditamentos ni artificios. Un camino hacia su propio ser, desde el que sí puede ver y conversar con todo lo que le rodea. Con el cosmos, con la Naturaleza, con la Danza, con la Música y el tempo del mundo, conmigo y contigo, si sabemos y queremos escucharlo, y con el alma de los caballos. No es prosa lírica: yo lo he visto. Lo he visto con mis propios ojos hablar sin palabras con un caballo, y el caballo lo entendía, y le sonreía, y le amaba.

            Quizá es que la mayoría de las personas somos menos sensibles que los caballos, nos comemos más el tarro con tonterías y no sabemos, no queremos o algunos no podemos entender la cosmología de las cosas sencillas, necesarias, auténticas… y al que no comulga con ruedas de molino, le endilgamos el adjetivo.

            Hace tiempo que no intento que siga mis coreografías a pie de letra. Y a veces lo consigo sin intentarlo… pero ¿para qué?… si me encanta ver cómo las revienta. Si cuando las revienta las coreografías mejoran enteros. Nació libre sin remedio y sin propósito de enmienda. Ponerle trabas es perder algo de esa genialidad natural. Le doy cuatro ideas, que hacemos juntos. Luego lo dejo desarrollar. A veces no hace falta que se las dé: él me las birla directamente, sin pedir permiso. A veces es él el que me da ideas, que yo desarrollo en mis improvisaciones. A veces es un movimiento de alguno de los otros bailarines, o un paso concreto de un baile, que le llama la atención y embebe como una esponja, matizándolo con su forma esencial de moverse y de bailar, su técnica, su estilo, su idioma.

            Cuando baila, baila desde dentro, por necesidad vital, por instinto humano. No busca el aplauso, aunque cuando termina, una alegría inusitadamente penetrante lo embarga por completo, y, al comprender que tú también te sientes igual que él, su semblante se le ilumina, y a veces se acerca a ti, emocionado, a darte un abrazo.

Se ha producido el milagro. La habitación se transforma en un templo donde la Danza en estado puro no necesita altar ni mesa, porque lo inunda todo.

Quizá por eso, cuando me propuse hacerle otra nueva coreografía, escogí una pieza de música soul, de Witney Houston y Maria Carey, que habla de los milagros y posee la nobleza y la frescura de un caballo grande galopando libre con la crin al viento.

La coreografía, If you believe (Si tú lo crees), lleva ya va para dos años en repertorio. Se estrenó, como casi todo, en una ocasión pequeña, con un público pequeño, en petit comité y entre casi conocidos, en un pequeño escenario efímero, y con un presupuesto en indumentaria no ya pequeño, sino inexistente.

Es el día a día de una compañía de Danza que hace tiempo rehusó llamarse como tal para no perder sus señas de identidad como grupo de personas que bailan, que no maquinaria pesada para reproducir coreografías. Personas a las que, si no cribamos por grado de discapacidad, menos podemos éticamente cribar por el grado de posibilidades económicas. No sería ni justo, ni coherente, ni tendría ningún sentido, ni pedagógicamente ni desde el plano artístico. Hay poco, y son muchos… y los atrezzos se simplifican, se apañan y, si se pueden fabricar a mano, o reciclar atrezzos existentes ya, mejor que mejor.

Pero mañana vamos al Álvarez Quintero (puntero, puntero), convidados por otros compañeros de otra Compañía de Psicodanza, y hacía tiempo que queríamos darle un poco de color y de vistosidad al baile… Y dicen que la ocasión la pintan calva. Cuando te mira la diosa fortuna, en forma de providencial papel moneda, no puedes “dejarlo para luego”. Para luego, lo necesitarán otros, y ya no habrá ocasión ni opción de mejora.

Y así es que llevo una semana y pico de tienda en tienda, buscando telas, buscando lazos, cintas al bies, lentejuelas de colores, entretela... para hacer un milagro sobre el milagro.

Jornadas interminables, desde las seis y media de la mañana que salgo de mi casa hacia el trabajo hasta la hora en que Dios quisiera que encontrara lo que buscaba, y si no lo encontraba, había que dejar lo que fuera al día siguiente, de trabajo, de lo tuyo o de lo ajeno, porque esto urgía, y había que encontrarlo.

Haciendo bocetos en cualquier sitio, comiendo lo que podía, cuando podía y donde podía (adaptabilidad franciscana: comía como vestía y vestía como podía), faltando a las clases de la carrera de Danza, a las de Contemporáneo, a la reunión de la priostía de la Pastora, a las sesiones de electroterapia para la tendinitis del hombro… y postergándolo todo: viajes, compras, limpiezas a fondo, visitas a la biblioteca, reuniones de la tertulia literaria… TODO.

Al principio se te hace un mundo dejar de pensar y centrarte en ti, en tus responsabilidades, tus problemas, tus necesidades y tu manera de llevar las cosas “a tu manera”. Te sientes agobiada, asfixiada por la circunstancia y desplazada por la urgencia de cosas que nunca son para ti.

Pero, al cabo de un tiempo, merece la pena.

Como mi compañero de fatigas, creo que estoy aprendiendo a escapar del mundanal ruido de una sociedad que a mí también me da tres patadas en las costillas, aunque en no pocas ocasiones me encuentre aprisionada en la tela de araña de sus vanidades.

Una sociedad digital donde todos tenemos que tragar con ser o unos o ceros, para que al de al lado le suene todo de p.ost m.eridian. Una sociedad en que vales lo que crematísticamente puedan ganar contigo o a tu costa, y existes solo cuando a la sociedad le conviene y en la manera en que le conviene.

Hoy en día no se esconden las diferencias. Se ignoran, que es peor. Se camuflan, o simplemente se pasa de ellas. De las diferencias y de las personas que la tienen. Lo sé por experiencia. Lo he vivido mil veces en primera persona.

Quería ir a Jerez el pasado Sábado. Tenía que hacerlo para buscar un zapato de baile a la medida de mis cansados y maltrechos pies. Mis pies son la historia de otro milagro, si es que al amor, a la vocación, y a la providencia, se les puede llamar así. Nunca llegaré a saber cómo me enamoré de la Danza teniendo unos pies tan deformes, tan anchísimos y tan sensibles que cualquier cosa me hace polvo si no la planta, los dedos, si no el talón, si no el tobillo y si no el pie entero. El caso es que, con el pie tan difícil, me tengo que probar el zapato antes de llevármelo. En Sevilla no existe en almacén ninguno de los modelos del ancho, altura y largo que a mí, supuestamente, me hacen falta. Se vende poco, con lo cuál no se trae, y si se trae se trae apalabrado.

De camino, pensaba hacer algo de turismo. Caminar por las calles de Jerez y, ¿por qué no?, escuchar a Javier Ruibal y a Glazz en directo, que tocaban el pasado Sábado por aquellos lares.

Pero no… no fue el fin de semana pasado, porque el fin de semana pasado me lo pasé entero buscando telas para el traje de egipcio y corales para el Zorongo Gitano, que lo interpretan otros dos chavales de la Compañía.

Sigo sin poder ocuparme de encontrar unas zapatillas de punta, y de comprar ese maillot, de arreglar el cuarto del ordenador y el dormitorio, y de hacer limpieza en el ordenador.

Pero merece la pena.

Hoy mi cuerpo ya no da para más. A última hora de la tarde se terminaron los últimos retoques del traje de egipcio. La falda del Zorongo estaba cosida desde ayer. La pobre mía está ya más vencida que mi corazón, pero una noche más saldrá a escena y hará el apaño. Quedé en ir al centro a buscar unas licras, pero no me ha dado tiempo. Quizá mañana, en vez de buscar mis zapatillas de punta y un modelito para que no se me caigan las manos el Domingo de Ramos.

Vuelvo a casa. Estoy derrotada. Pero ya todo está preparado. Se hizo el milagro… de nuevo. Siempre pensé que la Danza, cuando nace en el alma, y cuando se expande por el viento, tiene algo de sobrenatural, de milagro.

Y sé que no habría habido milagro si no fuera por unas cuántas compañeras. Unas, han montado el traje en tres días, y en una semana de vértigo. Otras han tomado las riendas de las labores organizativas. Y otras han tranquilizado a los chavales (y a la coreógrafa de los chavales) contando chistes cuando los ensayos se hacían penosos y cansinos, y mis ojos parecían salirse de las órbitas, ya por el cansancio, ya por los nervios.

Más allá de San Isidoro del Campo, sé que está todo lo demás. El mundo que rechaza mi compañero autista. El de las academias de baile carísimas repletas de niñas bien que bailan por pasar el rato y de paso -de paso- se sacan la carrera de Danza, como el que se bebe una cerveza en el Gambrinus… por pasar el rato con la amigueta de turno. El de las puertas cerradas. El de las medias sonrisas y las palabras vacías en tibio tono de contestador automático. El de las palmaditas en la espalda. El del “vuelva usted mañana”. El de las monas que se disfrazan de seda o las disfrazan de seda. El mundo alineado y alienado en que pretende engarzarnos la sociedad en que nos ha tocado vivir.

La superficialidad de un ambiente al que quise pertenecer un día por amor a la Danza, y que con el tiempo y las vivencias adquiridas, se fue desnudando ante mí para dejar al aire sus vergüenzas, sus juegos de poder y su maquillado vacío de valores y, sobre todo, de materia sensible, de humanidad, de persona.

Un mundo al que le falta danza, Danza pura, locura del alma, y le sobran estrategias de poder y mercadeo de voluntades.

Un mundo en que siempre he sido una extraña. La rara. El mundo de la gente segura de sí misma que consigue lo que quiere cuando quiere, y maneja el cosmos que le rodea a golpe de bolsillo y de “porque sí, porque yo lo mando, que estaba antes que tú”. Lo maneja, o al menos, lo cree manejar.

Camino lentamente. Me he quedado dormida en el viajero de Santiponce. Debo de tener una estampa bastante rara, quizá de persona poco recomendable, de quinquilla o de “tocada”. Por algún sitio me tiene que salir la beta bohemia de los artistas.

Saco mi MP4, me coloco los pinganillos y me pongo a escuchar música. Desconecto. ¿Por qué será que siempre abre por algún tema de Alameda?. Suenan los “platillos volantes” del principio de Urbana, princesa en flor.

… Mira: la luna cambió.

Mi luna cambió de cuarto.

El azahar ha roto un año más en mi ciudad. Sevilla está repleta de flores blancas.

Mañana, mientras Fray Ricardo esté engarzando poemas y alabanzas a mi Divina Pastora de San Antonio, yo estaré en el Álvarez Quintero, con mi Compañía, con tres de mis bailarines.

Uno de ellos, estrena indumentaria.

Horas de ensayo, noches casi en vela, y unos nervios que me comen viva. Frustraciones, desengaños, luchas y combates. Ramalazos bohemios de la que nunca quise dejar de ser.

Besos, abrazos, mucha mierda.

La suerte está echada. Ahora sólo queda que ellos salgan a bailar y que Dios reparta suertes.

Entre bambalinas, volveré a musitar el “Salve, Fuente de la vida” y el principio de la Consagración Calasancia.



Merece la pena.



Gracias, Manuel, porque probablemente sin darte cuenta, me terminaste de convencer de lo que estaba haciendo con las tres palabras que encabezan la entrada: Merece la pena.

jueves, 24 de marzo de 2011

El dialecto de los parias

No cabe duda... hablamos un idioma propio, un dialecto que pasa desapercibido para todos los demás, pero que cuando llega a nuestros ojos, a ojos de otro paria cualquiera, sabemos reconocer.

Son vivencias, sentimientos, deseos, costumbres, coletillas al hablar... miles de detalles, y miles de maneras de expresarlos.

Esta sociedad que nos ha tocado en suerte no es del todo mala... pudiera ser, tal vez, peor. Pero deja ciertos huecos, ciertos "agujeros negros". Un paria es el que queda en ese agujero negro.

En realidad, los parias no existen para la sociedad. Esa es quizá la definición que se me hace más certera del término. Un paria es aquel que vive entre la gente en un determinado lugar, pero sin existir socialmente, sin ser socialmente reconocido en todo su ser personal.

Al paria se le llama, se le reclama, se le pide... y hasta se le da (no lo que necesita, pero se le da). Pero no existe. No existe porque los demás, la sociedad, ha creado una envoltura decorada sobre ellos, para poder creer que son como a ella le gusta, o le conviene, que sean.

Interiormente, el paria, claro está, sí existe. Y por eso precisamente es un paria. Un paria inadaptado permanente y eternamente, desde el día que tuvo consciencia de su "ser social" y del natural.

¿Por qué la sociedad hace parias?. Pues eso sí que no lo sé. Y créanme: me encantaría saberlo. Probablemente porque unos errores han de tapar otros. Si todo fuera perfecto, no habría parias, pero como falta "mano de obra barata" para tapar las chapuzas de otros, que a la vez tapan las de otros y otros... al final de la cadena siempre tiene que haber un paria, un desarraigado al que arraigar dónde, cómo y cuándo nos haga falta.

Y a quien le toca, le toca si hay quintada ser el quinto... como decía Jorge Cafrune (el de Marito).

Es curioso cómo a veces, en nuestro destierro sentimental de todo lo que amamos -injusto y terrible destierro el que te desgrana de tus ilusiones y expresiones más íntimas- encontramos una especie de espejo por el camino... y, extrañados, casi exclamamos: ¡Uy, mira... otro paria!.

Y sí... otro paria. Con otras razones, con otras guerras perdidas y otro bajage de sueños rotos. Con otra apariencia y expulsado de otro paraíso, pero al fin y al cabo, otro paria.

Lo intuimos... lo olemos. Sabemos perfectamente a lo que se refiere el de enfrente sin tener por qué conocer ni su nombre ni su gracia (ni siquiera su desgracia). Es normal: hablamos el mismo idioma. Un dialecto que pasa desapercibido para los demás y que sólo cobra significado a nuestros ojos, a los ojos de un paria.

Entonces el alma te da un vuelco y las heridas que de podridas, de purulentas, ya ni siquiera sangraban, vuelven a manar sangre y lágrimas.

Yo, mi querido paria recién nacido al absurdo de la nada, también he llorado en seco. También he querido ser sólo el murmullo del viento. Ni eso siquiera... Mejor el silencio. Pero nadie puede convertirse en viento.

Hay, sin embargo, dos cosas que le quedan al paria: la caricia de consuelo dulce que Abril estremece en su brisa y acuna Mayo, y el sueño de la Tierra Prometida.

La primera es bálsamo de todas las heridas y cicatrices que te llevaron a ser paria.

El segundo puede llegar a ser un martillo que te golpea incesante la esencia misma de tu ser más íntimo, llegando a atormentar lo poco que de paz te queda. Pero te hace sentir que, a veces, sigues vivo, y te da señas de que, por encima de paria, eres tú, como eres, como tú eres... aunque por ser como eres la sociedad de haya dejado en el agujero, y sientas, hables y te expreses como los parias... Como lo que eres.

Mejor ser paria que ser borrego...

lunes, 7 de marzo de 2011

NO HABÍA PALOMAS BLANCAS. Mi Pastora de San Antonio de Rosario a los Humeros

Como una paloma... blanca... arrebolada. Tan etéreamente terrena como el aleteo de sus alas cuando alza el vuelo. Tan cálida como su arrullo, cuando el sol choca de lleno en el suelo añejo de su terruño.


Como una paloma blanca, matizada por los rayos del mediodía, que hacen cálido el blancor almidonado de los buenos sueños de Sevilla.

Como una paloma.

Como una paloma blanca, no zurita, ni siquiera gabina, de esas que tanto abundan por su barrio.


La puerta de la Gavidia está flanqueada eternamente por los centinelas del barrio. Da igual que a Daoiz lo llenen de pinchos hasta las orejas... Ellas están en su sitio. Son herederas del noble linaje de las bravías... y como bravías que son, no abandonarán la plaza.

Son azules, grises, negruzcas, ensombrecidas. Quizá a fuerza de tanto surcar el cielo del barrio de parte a parte, fue éste el que las pintó de otoño, en perfecta consonancia con sus calles, con sus gentes... con esa secular sobriedad otoñal de San Lorenzo.

También hay algunas pardas, de las que los palomeros llaman bayas. A mí me gusta pensar que esas son de San Antonio, o de Santa Rosalía... y por eso van vestidas con hábitos franciscanos, del color del pan horneado, cálido de barrio y de fuego bien temperado, recién salido de la tahona.

Van de la Gavidia a la Plaza, de la Plaza a la Gavidia... Algunas se cuelan, quizá perdidas o por un instante desorientadas, por la calle Baños; y otras se pierden por la Concordia hasta la Plaza del Duque, donde nunca les falta un alma caritativa que les haga caer algunos granos de arroz inflado, o “gusanitos” de maíz.

Pero las palomas son palomas... y, como las palomas, siempre vuelven.

Han estado siempre allí... Vieron llegar al Señor y al Traspaso, al Rey con Rocamador, a Fray Isidoro, a Fray Diego y a la revolución del 68, a la Soledad, a la Palma, a San Antonio y a San Francisco... y a María Auxiliadora con su cohorte de salesianas. Y por más que el Ayuntamiento intente quitarlas de en medio, allí han de seguir, quizá hasta que San Lorenzo sea solamente un barrizal de recuerdos conclusos y  dormidos, perdido en lo arcano de la historia de Sevilla.

Son tan de San Lorenzo como las propias paredes del barrio, como las vencidas acacias de la Plaza, en cuyos huecos anidan, como la vieja torre de la iglesia, mora y cristiana, que parte el cielo del barrio en dos mitades. Se bañan y beben en la fuente que el Ayuntamiento puso hace poco en la Plaza, para aliviar la sed momentánea y la calor estival de lorentinos y transeúntes, porque ellas saben que son las dos cosas. Duermen en la techumbre de la Parroquia, donde han aprendido a convivir hasta con las trampas que desde hace años quieren diezmarlas. Comen de lo que les echa la vecindad. Y del arroz que queda en el suelo después de las bodas. Y del bocadillo de la merienda puerilmente abandonado en una esquina, a hurtadillas de los ojos cansados de los abuelos, cuando la Plaza se llena de algarabía y juegos infantiles, a media tarde. Son parte del paisaje y del paisanaje lorentino, umbrío, gris, azulado, ensombrecido de otoño como ellas.


 ... Pero no había palomas blancas.

Faltaba en el barrio una luz que anunciara el alba, en un vuelo inusitado de blancores cálidamente tornasolados por el astro que al mismo barrio le dio nombre.

Faltaba blancura y lozanía, de cal, de arrabal... Faltaba la frescura del río grande, y la brisa salina y dulce de soñados canales que suenan por igual a gracia gaditana y a patios cordobeses.

Faltaban sábanas tendidas al viento en las mañanas de Noviembre, sombrío de difuntos y recuerdos. Faltaba blancura de amanecidas blancas, de miga de pan blanca y caliente.

No había palomas blancas... mensajeras de esperanza que tiñeran de oro blanco el azabache inmenso de la penumbra atávica del Corazón de Sevilla.


 Salió de mañana... como siempre. Vestida de mañanitas... como todos los años. Iba blanca... blanca de albas serenas... blanca con la luz de un sol aún adormecido, que se deslizaba, como Ella, por el intrincado laberinto de las callejas del barrio y sus alrededores.

Salió, y como las otoñales palomas de su barrio, se perdió entre resquicios que tan sólo saben descifrar en sus vuelos las palomas, transitando por las calles y el tiempo, bebiéndose el sol que, embelesado, la acompañaba por callejuelas perdidas hasta más allá de la frontera del País del Eterno Otoño.


 La umbría desvaneció su manto. El barrio descorrió su velo de otoño, y Mayo, equivocado de fecha y de lugar -o quizá no tanto-, acarició su cara con un rayo de sol sencilla, franciscanamente dorado, a la salida de la capilla de Los Humeros.

No había palomas blancas. No había más palomas blancas en San Lorenzo. Las palomas de su barrio son como él: zuritas, otoñales, ensombrecidas.

Tal vez sólo una paloma blanca vio nacer el viejo barrio de San Lorenzo. Blanca de paz y lozanía, de miga de pan caliente, de cal, de sábana blanca tendida al viento... Y aquella mañana, ¡Santo Dios!, estaba más blanca que nunca.

Como una paloma, arrebolada, blanca...

... Como una paloma blanca, matizada por los rayos del mediodía, que hacen cálido el blancor almidonado de los Buenos Sueños de Sevilla.


A mi Pastora de San Antonio, cuando hace unos años, en Noviembre de 2008, fue en Rosario de la Aurora a la capilla de Los Humeros.

domingo, 6 de marzo de 2011

CAMPANAS DE SAN ANTONIO. A mi Pastora de San Lorenzo y su muhecín franciscano


Campanas… Campanas…

            Ese sonido de las campanas me llama poderosamente, más que cualquier otro.

            Si alguien preguntase a cualquier cofrade al uso cuál es el sonido que más le evoca a su cofradía, casi de seguro contestaría que es el sonido de una marcha, el rachear de las zapatillas de una cuadrilla de costaleros, o el crepitar de un cirio consumiéndose al borde de la madrugada.

            A mí, sin embargo, me embargan el alma las campanas.

            Se me hace que son como los antiguos muecines de los musulmanes de Al-Andalus, llamando a oración desde el culmen de una torre, muy cerca del Cielo, a parroquianos, extraños y transeúntes. Los cristianos no tenemos muecín... Pero tenemos Campanas.

            Y cada campana suena distinta, se podría llamar con distinto nombre y habla en un idioma diferente... un idioma que sólo sabe entender y diferenciar el que lo lleva grabado en la retina de esos recuerdos que, quizá porque no se ven, se instalan muy lentamente, pero con inusitadas raíces, en el alma.

Es curioso... que a menudo nos parece que todas las campanas suenan igual. Todas... menos la nuestra. Esa, la podríamos diferenciar a kilómetros de distancia, y resulta inconfundible a nuestros oídos. Y a nuestros recuerdos. Y en no pocas ocasiones, a esa necesidad nuestra de encontrar abiertas las puertas del Paraíso, entre las penumbras -que a veces son sombras ennegrecidas de espanto o indiferencia- de cada día. Ese Paraíso que algunos llamamos Esperanza, otros Luz, otros Amor... o Pastora, o Rosario... o Dolores... O tal vez, como la de nuestra entraña, Soledad. ¡Y cada campana nos nombra a cada uno por nuestro nombre y advocación!.

            Las mías, mis campanas, son las del Convento de San Antonio de Sevilla, la casa de mi Pastora de San Lorenzo. Mi casa.

            Repican desde dos pequeñas atalayas perdidas entre mil atalayas, campanarios, campaniles, espadañas... entre San Lorenzo y el río.

            ¿Tendrá campanas el barrio de San Lorenzo?... San Antonio, Santa Ana, Santa Rosalía, Mercedarias, Reparadoras... La del Señor... San Lorenzo... Es seguro que el inventario está incompleto. A cualquier hora del día puedes escuchar una campana que, en su letanía cansada de bronce y brisa, anuncia algo al viento. Los lorentinos las conocen todas.

Yo... que nací y me crié de Gavidia para afuera... sólo he aprendido el Dialecto de las Atalayas, el de las campanas de mi convento de San Antonio... las que vuelan para mi Pastora en Mayo, para la Palma, entre Marzo y Abril, y en Junio para el Santo. A veces... sólo a veces... entre líneas alcanzo a inteligir el discurso de un oso panza arriba que suena sobre la torre mora y cristiana de la "catedral" del barrio... Pero sólo a veces.

Y curiosamente, esas campanitas mías de San Antonio tocan en un melismático acento, siempre a compás descompasado... como un niño imprevisible cantando una cancioncilla dulce, a media voz... Como el canto de un jilguero, irregular, asilvestrado... pero tan sensible al oído de quien lo espera o, de quien, sin esperarlo, lo descubre entre los silencios largos de las penumbras decimonónicas lorentinas, blanqueando con su jueguecillo alegre el crepúsculo eterno del crisol donde se funden todos los atardeceres de Sevilla.

Se diría que no han aprendido aún a tocar a misa. Pero cómo repican a Gloria para anunciar que Mayo sale a pasear por el Barrio... Cómo aprendieron la partitura sublime de aquel barquito de flores camino del carril del Cielo, que es la Calle Guadalquivir, o buscando el mar de la Plaza... siempre haciéndole compás a la misma marcha, año tras año, Mayo tras Mayo.

Yo os he escuchado repicar de Miércoles Santo, de Rosario de nardos y campanilleros, de Función Principal, de pujante primavera un Sábado del Mes de Mayo... Y de diario, cuando al percibir la cardelina de cristal de vuestro sonido en el aire adormecido de San Lorenzo, sabía que ya estaba abierta la puerta del Convento. Que durante un instante en el tiempo podía acercarme a Ella acercándome, como en vuelo de palomas, al eco de vuestro imposible melisma. Solían ser las ocho. La misa empezaba a las ocho y media. Era tiempo de dulzura, de silencio entretejido con Avemarías y misterios musitados por matronas de cabello blanco y misa diaria. De Embeleso de los Cielos, Consagración Calasancia y Letanía Pastoreña, ante un altar puerilmente engalanado de margaritas o siemprevivas, sufrida y humilde flor de diario.

Y Se me hace, ¡ay campanitas mías!, que se os hace más fácil lo difícil... y más difícil lo fácil. Que en vuestra sencillez franciscana, sabéis repicar a Gloria... pero no tocar a misa.



Campanas de San Antonio:
no sabéis tocar a misa.
Sabéis repicar a Gloria
cuando la Madre más niña,
río manso, barrio abajo,
pinta surcos de mantilla.
Sabéis coronar rosarios
con vibrantes letanías.
Sabéis peinar en el cielo
plegarias de bronce y brisa.
Sabéis jugar con los vientos...
Pero no tocar a misa.

Con la octava de la tarde
-lienzo de melancolía-
la claridad desvanece
diluida en sombras tibias.
Primer toque en San Lorenzo.
Alcoy. Marqués de
la Mina.
Albo
r de cal. A lo lejos
el Convento y
la Placita.
E
n la Atalaya, un jilguero
de rivera lorentina,
a voz de badajo incierto,
cierra las claras al día.
Dentro, la tarde velada
dibuja en flor a María:
la Palma, gladiolos blancos;
la Pastora, margaritas.
Queda en el altar mayor,
lejana entre lejanías,
una Azucena solloza
lágrimas de aguamarina.
En el altar de la Gloria
todo es luz, todo alegría.
Todo flor, todo primor,
todo belleza sencilla.
Arrebolada en dulzura,
la ternura, que se inclina,
pinta rizos de almidón
a su carita de niña.
Sus manos, jardín del Cielo
la una, la otra caricia,
tejen y destejen blondas
de promesas escondidas.
Cinco misterios no bastan
para decirle "bonita".
Cinco, con sus Padrenuestros
y sus diez Ave Marías.
Pero un rosario son cinco,
y en la atalaya, cautiva,
otra campana echa al viento
su canción de bronce antigua.
Embeleso de los Cielos,
Consagración, Letanía...
Susurro sordo de cuentas.
Rosario pobre de esquinas.
En un rincón, titilando,
cuatro suspiros crepitan:
Cuatro angelillos de cera
lloran cera derretida.
Tercer toque: altar y atrio.
Placita. Curtidurías.
San Lorenzo, tras mis pasos,
se enciende por
La Gavidia.
Perdid
a ya San Vicente,
se oculta el sol, que declina
pintando panes de fuego
al cielo, mantel de misa.

Mañana, a la misma hora,
cuando esté muriendo el día,
tal vez, me encuentre muy lejos
de las puertas de Sevilla.
Y al oír de otra campana
su llanto dulce de esquila
jugará con mis memorias
vuestro imperfecto melisma.
Y ebria de azucenas blancas,
de promesas encendidas,
de letanías pastoreñas,
de rivera, Palma y brisa,
quizá, cerrando los ojos
y entre memorias, repita:

"Campanas de San Antonio,
de San Lorenzo vigías:
Sabéis repicar a Gloria.
... Pero no tocar a misa".