domingo, 19 de agosto de 2012

Anhelo

Donde habitan los suspiros
de la Bambera gitana,
y los ayes más remotos
que suenan por Seguiriya.
Donde se duerme Sevilla
y se traspasa Triana,
y se hace flor una Nana,
y Sueño una maravilla.
Donde brota la semilla
del Sueño más Sevillano,
y torna en Tango gitano
la clavel de tu mejilla.
Donde juega la chiquilla
que otrora, de niña, fuera,
y llora la Petenera
de destierro y de dolor.
Donde rondada de amor
de tu mano primorosa
pierde su espina la rosa
y desgrana en Ti su olor.
Donde Liviana al calor
de tu sereno albedrío
cruza la Cantiña el río
de la pena a la Alegría.
Donde aguarda el puro día
que crepúsculo no aguarda,
y dos ángeles de guarda
coronan la fantasía.
Donde no existe falsía,
ni injusticia, ni venganza,
y se vuelve la alabanza
feliz, cual la Colombiana,
y juega la Sevillana
a ser oración y Danza.
Donde vive la esperanza
de las cosas que se sueñan,
y las maestras enseñan
con amorosos cayados.
Donde la gente ha olvidado
lo que vale la mentira.
Donde la vida es Guajira,
sin Soleá, sin Taranto.
Donde no te busque tanto
porque te sienta a mi vera,
y toque a mi primavera
terciar de flores su manto.
Donde ya no llega el llanto,
y el alba se ve más clara,
y se acierta a ver tu cara
sin espejos de árbol vivo.
Donde el Martinete, altivo,
tras las lunas se levanta,
y entre fraguas de gargantas
forja de estrellas tu velo.
Donde se vislumbra el Cielo,
y se muere la Taranta.
Donde dos palomas santas
pintan rizos en tu pelo.
Donde mueren mis anhelos,
y la vida se hace gozo,
y se llora de alborozo
ante tus ojos de aurora...
Qué gozo tener, Señora,
un trozo de Edén bendito.
Un compás, un pedacito
de Cielo, apenas un cante.
Una mirada, un instante,
mi bata de bailaora...
Y, vestida de Pastora,
la Gloria de tu semblante.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Adelita Domingo



Tenía para mí un halo como de dios pagano, porque había sido la primera maestra de mi primera maestra, Lourdes Moreno, que como mi primera maestra que era, también lo tenía.

Y eso aunque sabía que ella y mi maestra no habían terminado del todo bien, cosa que suele pasar cuando dos generaciones imbuídas en una misma danza se cruzan, se miran, se reinventan e, inevitablemente, al fin, se separan. Años después, también a mí me ocurrió algo parecido con Lourdes, cuando levanté el vuelo desde mi academia de barrio, cerca de la Fuente de las Palomas, al cielo abierto de Sevilla, más allá de las cancelas del Parque. ¡Qué vacío enorme entonces, horfandad de zapatillas y primeros pasos aprendidos!. Y qué minúsculas en el tiempo te devuelve la vida, mejor y más cruel maestra que cualquiera otra, esas estaciones pasajeras, eternas entonces que parecían, de los primeros ventanales rotos, como impresas en papel sepia amarillecido de recorte de periódico.

Eran los años de la adolescencia, acaso de la pre-adolescencia, cuando todo empezaba y no existía en mi vocabulario la palabra recuerdo.

Era la época de las flores, los "días del arco iris", que cantaba Niccola di Bari, el principio de todo.

Todas las chicas de Octavo B estábamos enamoradas: del rubito que pasaba por el kiosko a la hora de la salida del mediodía, del hijo de la maestra de matemáticas, de Michael Jackson, de Glenn Madeiros, de Danni Amatulo el de Fama... Y yo me había enamorado de la Danza.

Así... sin más... Yo me había enamorado de la Danza, y me pasaba las horas muertas en clase, dibujando zapatillas, castañuelas y bastones en el "Piter an moly" verdinegro de inglés, o en el Bruño de religión.

Y es que a esas edades, al principio de todo, cuando todo es "lo primero" -la primera maestra, la primera academia, las primeras castañuelas, la primera falda, el primer baile, la primera nota de Albéniz en el piano- todo se te queda marcado como a fuego.

Y probablemente, no es lo mejor, no... Pero ¿tú qué sabes?.

Por aquel entonces, mi primera maestra era una mezcla entre madre por horas, el tendero de West Side Story y una especie de "camello" de la más ansiada, por amada y por necesaria, ambrosía.
Sin el freno de la impotencia, ni la huella del cansancio y del hastío, clavadas en el alma, mi vida giraba en torno a cómo destrozar zapatillas rosas de media punta, la hora de clase que me correspondía en aquella academia de barrio, minúscula, de al lado de las cocheras de TUSSAM, la fecha en que caía la Verbena de Calasancias, la capilla de la Pastora -confidente de tantas cuitas de vocación- y el sinvivir de ir sacando los cursos, más o menos, para que mi madre no me "quitara" de baile.

Todo tenía que ver, en menor o mayor medida, con la Danza. Todo. La música, la ropa, la dieta, los horarios... ese rascar de cualquier sitio, a cualquier hora, un instante -ahora nimio, entonces inmenso- para bailar, leer de baile, ver ese programa de Flamenco que echaban en Canal Sur, recién estrenado, o en el Telesú'.

Albéniz, que sonaba intrigante en el nuevo 'tocadiscos' de CDs que mi padre acababa de traer al salón de casa, desgranando en el alma de Frubeck de Burgos las notas de Asturias, Córdoba o Cádiz. Bambino, preguntando una y otra vez en el viejo picú de la academia por una chaqueta que le habían hecho "con tanta salanería". La Jota de La Dolores. American Blues (un conato de degollar a Gershwin que a mi maestra le encantaba, y a mí, entonces, también).

Canción Lógica, Andaluces de Jaén, Amanecer en el Puerto y Serrat cantando las Nanas de la Cebolla de Miguel Hernández, en la soledad de mi cuarto de estudios, o en el radiocassette mientras ensayaba en casa. Libre y Quererte, de Amigos de Gines. Annie's Song, de John Denver, sonando en Radio 80.

El Recital Flamenco de Manolo Sanlúcar, Zyriab de Paco de Lucía, y una grabación con muy mal sonido del Amor Brujo y la Danza de Los Vecinos del Sombrero de Tres Picos... todas ellas en cinta musicassette, más piratas las tres que ellas mismas, compradas Agosto tras Agosto en el puestecillo de la "Calle Sierpes" de Chipiona -ese que ponía las dos mesas grandes llenas de cintas en la puerta de su casa al lado de la Cruz del Mar- con los aguinaldos de Navidad y los cuatro cuartos que me tenía preparados mi abuela Isabel -ella y Dios sabrían cómo- por mi santo y mi cumpleaños.

Nicola di Bari, Claudio Baglioni y Antonio Machín, y las cintas de Mantovani, 'Berner Muler' y Melodías Inolvidables. Yo no sé lo que se le podía infundir a aquella pipiola de trece o catorce años, que todo tenía que ver con la Danza. Absolutamente todo.

Todo era posible, lograble, disfrutable. Todo ayudaba a pensar que basta querer para poder, trabajar para conseguir, ensayar para atrapar la Danza para siempre en la agenda de mi vida, igual que la había atrapado (¿o quizás me había atrapado ella a mí?) en las entretelas del alma.

No había nada mejor que mi academia de barrio. Las había más grandes, pero no mejores. Y nadie enseñaba mejor que Lourdes ni vendía tan buena mercancía: Albéniz, Serrano, Moreno Torroba, Bretón... y los libros que se traía de vez en cuando de Barcelona. Todo lo demás era, por desconocido, hortera. En realidad, la academia de mi barrio no era una "academia de barrio". Las academias de barrio eran las demás, las del barrio de al lado, o esa a la que había ido mi compañera de banca del colegio, en cualquier barriada al Este de la ciudad. La mía era la de Lourdes, la de MI barrio, que por otra parte ni tan siquiera era, ni había sido tal vez nunca, Barrio.

Si la Danza era la prohibida ambrosía ansiada y necesaria para el alma, no había hueco más querido que el de aquella reja fea, desnuda, huérfana de cartel alguno, de mi academia de baile, ni camello con mejor mercancía ni más solicitud que mi maestra. No... no podía inteligir que lo hubiera. Aunque siempre me asaltó la duda... ¿Ni Adelita Domingo?.

lunes, 23 de julio de 2012

... hasta llegar a ese Cielo que dejaste en la Alameda



Desde el Carmelo a Sevilla
llegaste al embarcadero
a bordo de tu barquilla
sobre un río marinero.

Presentió tu voz la historia
¡Oh celestial medianera!
Y pregonó por la gloria
que llegaste la primera.

Y del ayer legendario
en tu hogar de humilde techo
dejaste el escapulario
prendido sobre mi pecho.

Estribillo:

Salve, Madre del Carmelo,
que tu mar se haga vereda
hasta llegar a ese cielo
que dejaste en la Alameda.




La letra es de Antonio Muñoz Maestre. Me encantaría saber quién le puso música. Se te mete en el alma:

... "Que tu mar se haga vereda... Hasta llegar a ese cielo que dejaste en la Alameda"...

Hoy le he pedido tierra a la Virgen del Carmen. Tierra... Su tierra.

Dicen que a los carmelitas, para bien morir, hay que ponerles un puñado de tierra rozándoles los pies o echar su cuerpo al suelo.

Para bien vivir, esta pastoreña necesita hoy sentir bajo sus pies un puñado de tierra. Un puñado de tierra de entre San Lorenzo y la Alameda. Y que mi cuerpo se halle en su ser, integrado con un paisaje al que, sin razón conocida, sabe que pertenece.

Estoy desvelada. Me siento como pez fuera del agua, respirando a duras penas y a punto de soltar el hilo, no sé aún si el de la caña o el de la vida. Llevadme a la mar... dijo una vez un poeta.

Llevadme, ensueños, a la tierra. A mi tierra, Carmen, a tu tierra, a la mía.


¡¡¡TIERRA!!!.

sábado, 21 de julio de 2012

Termina el curso

Termina el curso, con más de medio Proyecto de vacaciones y el otro medio muertecito con estos calores... en aquella sala, esa porciuncula nuestra, que es tan versátil, tan versátil, que de ser una nevería en Invierno se convierte en un horno en Verano.

Termina el curso, una semana antes de lo previsto, porque dos de los pocos bailarines que me quedan se van de colonias a Galaroza, a aquella preciosa casita donde pernoctamos cuando actuamos en el Capitol Sierra, en Junio de 2009 (ufff... sí que ha llovido desde entonces...), y porque Carmen, la gobernanta, se ha quedado sin nadie en Lavandería y Cocina está en cruz y en raya... y claro... por más que me ponga en cruz el comer y el vestir van antes que el bailar, aunque alguno de mis tormentos hoy hayan llegado a casa diciéndoles a sus padres que "la del moño" les ha enseñado a bailar "en pelotas" (¡¡eehhh, no saquéis la parte borde de vuestro inconciente: sólo les he enseñado los "em-botados" de Escuela Bolera!!, jajaja).

Termina el curso, y es momento de hacer balance, examen de con-ciencia y de sin-ciencia de lo que han dado de sí estos once meses, lo bueno y lo malo, lo que se ha hecho bien y lo que se pudo hacer mejor. Y lo que se hizo como se pudo. Y lo que simplemente no se hizo o se hizo y salió como el mismísimo culo. Balance de todo. Balance pedagógico, artístico, dancístico, vocacional... sentimental acaso.

Y es que para que nos pague la Junta (bien... decía... ejemmm... Quiero decir, para que la Junta NOS PROMETA que nos va a pagar, con garabato de quien competa incluído... Nos PROMETA, porque pagar, pagar, lo que es pagar no paga ni a tironazos)... ¿Por dónde íbamos?... ¡Ahhh!, sí... Que para que la Junta nos conceda las subvenciones, ayudas, conciertos, sin-ciertos y demás maneras de apellidar la entrada de papel moneda, los balances se hacen en Diciembre, de año en año. Pero una, que ha pasado de una parte del aula a la de enfrente sin apenas darse cuenta, no se resiste a contar sus días por curso, de Septiembre a Junio o a Julio, no de Enero a Diciembre.

Termina el curso, y es el tiempo de volver a empezar -si es que se deja de empezar alguna vez, y de volver- de dedicarle más tiempo a buscar música, a buscar vídeos, a pensar en coreografías para el curso que viene, y en vestuarios, y en escenografías. A darle vueltas a la sesera sobre quién debe ser el siguiente  en entrar a la compañía, y con qué estilo, y con quién. A preparar actividades nuevas. A sacar tiempo para aprender a hacer presentaciones, para clase y para promoción, porque este año o se promociona o se promociona... que con la que está cayendo como encima no se promocione... apaga y vámonós. A cabilar cómo llegar a quien sabes que no has llegado, cómo presentarle lo que tanto amas, y que quieres que también él comparta contigo y con todos.

A cargar pilas y a cargar las alforjas de nuevas experiencias, que luego serán o no Danza, serán 'mi' danza, 'su' danza o nuestra danza, o la Danza de todos cuando traspase la barrera luminosa. ¿Quién lo sabe?. Si la Danza brota de cualquier cosa o de ninguna... y cuando a Ella le da la gana.

A descansar. A no descansar demasiado. A trabajar lo que no dio tiempo de trabajar. A disfrutar de otras cosas, con o sin las zapatillas puestas. A pasear por el Jueves. A levantarme tarde de vez en cuando...

Y si la Junta "se enrolla" y empieza a soltar lo que nos adeuda, y, por milagro divino, cobro, a largarme tres días y dos noches a aquella fonda de aquel pueblecito que conocí el pasado Agosto -donde no me molesta ni el viento- para encalarme el alma, como de año en año hacían con las casas antiguas, con claridades de fachadas blancas al sol del mediodía.

Termina el curso, y ya lo creo que ha dado de sí el pajolero curso. Para bien y para mal.

Termina el curso... Ya se termina el curso. Probablemente ya ha terminado, pues esos dos días que quedan ahí de la última semana, casi con seguridad los pasaré en Lavandería o en oficina. De baile... nada.

Termina el curso y a mí me faltan días, me faltan horas... Pero para qué me voy a engañar: también, a estas alturas, me faltan fuerzas. Que una ya no es una niña... y las vacaciones están porque el cuerpo las necesita. Que si no... no nos las darían.

Termina el curso... un curso más... Otro curso más. Y ya tenemos otro circulito de Edding rojo en el almanaque para el catorce de Septiembre. Vamos... que vamos a tener que deshacer la maleta de la playa, de la piscina, de la montaña... a la par que llenamos el troler de las actuaciones.

Termina el curso, y algo de él se queda entre las entretelas del alma... y ya tienes un curso más.

Porque esta servidora, que pasó de una parte del aula a la otra sin apenas darse cuenta... que aún no ha dejado de ser alumna y ya lleva lo suyo de maestra... Esta servidora de ustedes, todavía no ha aprendido a contar por años. Como en los lejanos años de uniforme gris de Calasancias y babilón a rayas, yo sigo contando mi vida por cursos.

sábado, 7 de julio de 2012

La Velá del Carmen




El cielo de la Alameda, de límpido azul, está matizado hoy de guirnaldas blancas, cuyos flecos de papel, a la brisa cálida de este Julio, menos caluroso que el de otros años, aletean como minúsculas palomas, y emulan con su sonido el de los álamos de la mitad sur del paseo, la de los Hércules. Las han prendido a los plataneros, a las columnas de los leones, al pequeño tabladito que han colocado junto a la columna "de la Feria", a los soportes del toldo del kiosquillo de las viandas... Han traído este año hasta calesitas para los niños, y también hay una tómbola, y un kiosco de helados.
Es la Velá del Carmen. El Martes, cuando volvía del centro a la Fuente de las Palomas, pasé por la Alameda hasta la Puerta de la Barqueta, y estaban los hermanos engalanando la calle Calatrava para que la Virgen pasase hacia el río. El Miércoles, entrada ya la madrugada, los vi prendiendo las guirnaldas. Mira... parecen esos arcos que soportan las bóvedas de las iglesias. Pero estos son de papel, y la bóveda que soportan es el cielo azul ingrávido sobre el paseo. El cielo de la Alameda, azul limpio, azul turquí claro.
Al fondo, los leones, como siempre. Y encima alguna paloma oteando, desde su conquistado baluarte, todo el barrio de San Lorenzo, o el de la Feria.
Fíjate bien... disfruta: ni Murillo hubiera podido pintar este festival de colorido efímero, este detalle pasajero que nos ha brindado esta mañana de Julio. Y ahora en la mañana está todo parado... Cuando caiga la tarde se llenará de vida, de jolgorio... Continuará la Velá... la Velá del Carmen, en la Alameda de Hércules.



jueves, 7 de junio de 2012

Son aquellas pequeñas cosas...


Una gaviota mirando al mar desde una torre de la Alameda Apodaca.
Un paseo sin prisas por Moguer cuando la luz del día lo hace más bonito.
Un momento cualquiera, íntimo, ante el altar de mi Pastora.
La Alameda por la tarde repleta de niños jugando.
La Plaza de San Lorenzo con los brotes nuevos de sus plateneros.
El rayito de sol que sentí colarse aquel día nublado por la calle Feria.
Aquellas ganas de bailar, de nuevo.
Las columnas de los leones desde la calle Calatrava. Y las de los Hércules entrando desde San Lorenzo por el Multicine.
Una noche de Viernes septembrina despetalando claveles en un patio de la calle Amparo.
El primer concierto de Alameda.
Un buen ensayo con Danzaterapia.
Un verso de Eternidades.
Andalucía de Lecuona.
El pregón de Enrique Esquivias.
Nuestra actuación para Amor y Vida.
El ramo que nos regalaron en Polígono Sur.
Una lágrima de emoción de Sor Josefina.
  
Esos sueños que no nos parecen irrealizables... algunas veces.

lunes, 4 de junio de 2012

Se llamaba JL

Se llamaba JL. Bueno... no... Le pusimos JL un amigo de cinco años que se llamaba... ¿José?, ¿Jesús?, ¿Jairo?... no lo recuerdo ya, y una servidora. Le pusimos JL por nuestras iniciales, y porque pretendíamos llevarlo a la Libertad tras unos días de obligada Jaula enfermería. Porque pensamos, aunque suene un poco antagónico, que sólo en el logro de haber conseguido ubicarlo en una jaula grande, y en una de esas jaulas que los humanos llamamos "casas", estaba el camino a su libertad, y la única posibilidad de que sobreviviera.

Me la encontré en la calle Castillo de Alcalá, entre dos coches... Era apenas un pichón, pero ya estaba plumada. Estaba gravemente herida, roto el blanco de su plumaje por un gran mordisco, puede que de un gato callejero. Puede, que del mismo que la acechaba cuando la logré cojer. Casi se dejó.

Supongo que quiso saltar del nido uno o dos días antes de tiempo, y le sentó realmente mal la independencia. Pudo ser a mediados de Mayo, un mes después de yo empezar en Paz y Bien. Entonces... hará ya cuatro años, los mismos que llevo con mis bailarines.

La intenté colocar en casa de un amigo que cría palomas blancas, pero tenía lleno el palomar, así que me la llevé a mi habitación, en una estrella de cartón robado, como la de la canción de Triana. Allí tampoco cabía. Éramos demasiados: Moly (mi perro), yo... y Buenaventura: un palomo zascandil que había criado aquel invierno, y que todavía no quería emenciparse del todo. Le di de comer, le di de beber... y con una gasita y un poquito de Betadine, le curé, como pude, el bocado, inmenso (o al menos a mí me lo pareció).

Esa noche, JL -que aún no era JL- durmió, escondida, debajo de la cama, Buenaventura sobre el taburete de nea, en su jaula amarilla, y Moly, como de costumbre, entre su cama de espuma y el rehollito que hacía la colcha a mis pies.

Por la mañana me la llevé al Centro. Yo sabía que en Alcalá había otro Centro que era una finca, una granja escuela. A lo mejor se podía colocar allí. Pero al llegar y preguntar a mi compañera, ésta me dijo que en San Buenaventura no hay palomas, o al menos, no cogían palomas de la calle. Pues estamos aviados... porque en la Protectora palomas no cojen tampoco porque no están en peligro de extinción (¿que no?... Las palomas en general, no... pero JL sí), y en casa como me presente con la paloma, me mandan a tomar viento fresco a mí y a la paloma.

Tras el trabajo, a la Protectora. Calle Hespérides. Me sé el sitio de memoria. He llevado allí bencejos de San Lorenzo, palomas del Parque, y hasta una polla de agua que se encontraron en la Unidad de Día de mi Centro de Santiponce. Allí, nada más por llevarla de la calle, la miran, te dicen lo que tiene y no te cobran nada (al menos a mí no me lo cobraron).

Si tiene el ala rota... mal asunto. Sólo pueden vivir entonces en cautividad, y a veces, cuando no suelda el hueso en condiciones, con grandes dolores. A veces, de la tristeza de no poder volar, se dejan morir o viven indolentemente, sin ganas... sin aliento vital. Las palomas se parecen mucho a las personas: nacieron para volar y sólo volando son felices, como yo si no bailo me falta el aire.

Pero JL tenía una fractura limpia, perfectamente colocada el ala en su sitio, y un hueso tan pueril que, aunque el ala estaba rota, podía preverse una grata evolución, y en poco tiempo: en quince días estaría totalmente recuperada si el hueso soldaba bien y las heridas no maleaban. Sólo necesitaba quien cuidara unos días de ella, y una casa que le sirviera de improvisado hospital durante su convalescencia. Vitamina D y baños de sol para inducir a soldarse el huesecillo, minúsculo, del ala rota, y curas diarias con Betadine para ir sanando las heridas, que no eran demasiado profundas, pero al pobre animal lo habían dejado esmorecido.

Pues duro con ella. La intenté dejar en una clínica veterinaria... y nada... La ofrecí por el centro a tantos viandantes como pude, pero ¿quién va a querer una paloma herida?. Se me escapó por Santa Catalina. No podía volar, acaso no sabía aún volar, y estaba herida... le tenía que picar el yodo que le echaron en la Protectora enormemente en las heridas. Pero quería vivir más que nada en este mundo. Se notaba que le gustaba el callejeo... No sé qué pintaba en Bami, porque esa tenía alma de alamedosa... y pinta de haber nacido entre San Vicente y El Pumarejo.

Se asía a la miguita que de vez en cuando colgaba de mi mano, mojada en agua para ser a la vez refresco y alimento, como un náufrago a la tabla de su salvación. Dejarla sola era un crimen por omisión. Cualquier felino callejero hubiera hecho de ella su suculenta cena, dando al traste con las bohemias pretensiones de mi casi-volandera amiga.

Con ella me llegué hasta la calle San Luis, hasta un centro cultural ocupado. Esta gente, pensé, no tendrá problemas en albergar la jaula durante unos días. Yo vendré a cambiarle comida y agua, a limpiarla y a curarla, y a darle la medicina diariamente. No teniendo que pagar nada... por una okupa más no creo que encuentren problema alguno. Además, esta es pequeña: "okupa" poco sitio, y sólo van a ser unos días.

Pero nada... los "okupas", que por cierto, eran todos de Greenpeace, no quisieron "okuparse".

De vuelta ya, con JL y un marronazo a cuestas, por la calle Castellar me paré a hablar con una muchacha que paseaba con dos niños: uno de ellos era un bebé. El otro podía tener unos cinco años. Su nombre... no lo recuerdo bien, pero empezaba por J.

"Bueno... yo... -dijo la chiquilla- Yo puedo quedarme con la paloma. Total... por unos días... Pero no tengo para comprarle nada. Lo tendrías que traer todo tú... y venir tú a echarle las gotas y a curarla". Vi -vimos, JL y yo- el Cielo abierto.

Tiré para la calle Feria para comprarle una gran jaula de loro en los chinos de la Cruz Verde, que entonces las tenían baratísimas... más que las de canarios. En la semillería, compré comida de palomas y, quizá, bizcocho. Tal vez sacara de allí también las medicinas que me había recetado el veterinario de la Protectora. En la farmacia compré un tarrito pequeño de Betadine. Las gasas las traía desde casa.

Eso debió de ser un Martes... porque yo enseñaba en la guardería de Bami los Lunes y los Miércoles, y recuerdo que los Martes iba a Alhoja, la tertulia literaria que se reune en el Ateneo, en la sala Juan Ramón Jiménez... y ese Martes falté. Estuve, después, toda la semana yendo a curarla. Maricarmen, la madre de "J" y eventual casera de JL, debió pensar que la que os escribe estaba demasiado loca para ser peligrosa, y me abrió la puerta de su casa sin saber quién era. Ella, probablemente, tampoco era la Duquesa de Romanones... aunque eso a JL la verdad es que le importaba bastante poco, a mí menos, y a ella intuyo que menos todavía. En días, JL era otra. La herida estaba cicatrizando muy bien. El ala cada vez tenía mejor pinta. Cada día "J" y Maricarmen me decían que cuando el sol era potente, pero aún libiano, ponían la jaula en el patinillo, y JL, con esa sabiduría innata que tienen las palomas para curarse con el lorenzo, abría el ala (siempre el ala mala) para recibir su baño de sol, que poco a poco debió ir haciendo soldar su fractura, y haciendo el ala fuerte para poder volar.

Llegado el Sábado -el tercer Sábado de Mayo- estaba yo por la mañana con JL y con "J" (pero por Dios... ¿cómo se me ha olvidado el nombre de ese niño?), intentando de que JL volara un poquito. No mucho, porque aún tenía el ala rota, aunque ya la movía mucho mejor. Me vio con el Betadine y la gasa... y no le debió gustar demasiado. La verdad es que para curarla tenía que hacerle un poquito el hara-kiri... e instintivamente las primeras veces se dejaba, pero a medida de que la veíamos mejor cada vez ponía más resistencia.

Y entonces ocurrió que entre los juegos y correteos de "J" y la amenaza de mi bote de Betadine y ese "papel de lija blanco empapado de 'eso' que salía del bote de Betadine, que parecía sangre" (así lo debía de ver JL), JL alzó el vuelo. Se posó en el alféizar de la ventana del vecino de arriba, y luego en el de enfrente del piso más alto del patinillo. Y luego, voló. No volaba del todo bien, pero fue capaz de alzar el vuelo. Intentamos esperarla, por ver si volvía. Pero no volvió. Simplemente, abrió sus alas, la buena y la rota (que ya no estaba tan rota), y voló. Sé que era el tercer Sábado de Mayo porque ese día, por la tarde, salía mi Pastora por San Lorenzo.

No sé qué habrá sido de ella. Ni de "J". Ni de Maricarmen.

Sólo sé que hoy me he acordado de aquel animalillo, no por fuerte menos indefenso... no por indefenso menos fuerte... y de toda su historia hasta que, confiado en su independencia, volvió a alzar el vuelo... no sé si prematuramente... pero lo alzó.

Y es que hoy yo también he echado a volar una paloma con las alas rotas y una herida a medio cerrar...



Gracias a Reyes, Manolo, Mariano, a mi familia pastoreña, a mi compañía de Danza -la mejor compañía del Mundo, chicos... y parte del extrangero- y a todos los que en estos días, y en los que quedan de incertidumbre y de dolor, habéis estado, y estáis, soportando el chaparrón e intentando propiciar que el felino mordisco que esta paloma lleva en las alas cure al menos lo suficiente para volver a alzar el vuelo. Un vuelo pequeño, apenas perceptible acaso desde lejos... pero vuelo al fin y al cabo... que es danzar entre las ondas de la libertad.