miércoles, 23 de noviembre de 2011

Palabras tuyas

Ehh, tú... Quiero, amigo, que sepas algo:


Que hace tiempo caí y no me he conseguido levantar aún.

Que las esperanzas son frágiles, y a veces no mojan más allá de la piel encallecida de los corazones rotos.

Que necesito agua a cada instante. Que tengo Sed, mucha Sed, y no me calman mil manantiales serenos.

Que quiero tirar para adelante, volver a empezar, ser al fin... y siempre quedo varada en el mismo sitio.

Que soy como perrillo flaco, que no es que todo se le vuelvan pulgas, pero todas las pulgas lo atacan.

Que quiero levantarme y andar ahora que puedo hacer camino... pero no tengo valor para sentir las piedras clavadas en mis pies amoratados.

Que no quiero darle la razón que no tienen a los que baticinaron que fracasaría por mi propio pie, y sé que estoy haciendo oposiciones.

Que quiero seguir... avanzar... mejorar... centrarme... estar a la altura, y me enzarzo en mil y una aventuras sin importancia que me evanden de lo Único, de la piedra fundamental.

Que quiero apurar como siempre el vaso del sacrificio que se hace por amor, y me faltan agallas para hacerlo como siempre lo hice.

Que quiero sentir el yugo dulce del trabajo en mis espaldas, calando y traspasando hasta el último codo de mi historia... y sin embargo, hoy, vagueo de nuevo.

Que sé que no siempre fui así, que solamente caí y no me pude aún levantar. Que me pesan el alma y el cuerpo. Que quiero ser y no puedo, y acaso nadie se da cuenta.



... Que no puedo con el alma, y tal vez sólo una palabra tuya bastaría para sanarme.

sábado, 19 de noviembre de 2011

A las siete y cuarto



Y yo que siempre solía decir que iba con la hora justa, la exacta... Justo por el reloj de la torre de San Lorenzo. Yo que fijaba el meridiano del mundo donde se asienta el de mi propio universo... Y le ha dado por pararse a las siete y cuarto.

Y digo yo... Si San Lorenzo es el corazón de Sevilla, y el reloj en la torre marcaba los pulsos del corazón de San Lorenzo... ¿Qué va a ser ahora de la ciudad entera?. ¿Se ha parado el tiempo en Sevilla?. ¿O sólo en San Lorenzo?. ¿Se habrá quedado Sevilla sin corazón?. ¿Y los lubricanes?. ¿Quién sabe ahora cuánto duran los lubricanes?. ¿Qué compás han de seguir los atardeceres, Otoños presurosos de cada día?.

Y no sé si es el golpe de calendario, o fue el mini-incendio de La Bofetá de hace unos meses... o simplemente un punto de cordura sobre la "i" de este mundo loco, que siempre va corriendo y corre a ninguna parte.

Sólo sé que desde hace tiempo, no sé muy bien cuánto, cada vez que miro al cielo, la Mora Cristiana marca, impertérrita, irremediable, las siete y cuarto.

Yo también quisiera, vieja torre, alminar de la tarde, detenerme un momento en el tiempo, dejar correr a la gente a mi alrededor, escapar del Siglo y de los siglos, y del tiempo todo. Te miro, pues, y no sé si se me inunda el alma de nostalgia o de deseo, de pena o de cierta envidia.

Deseo de escapar para quedarme, de volar lejos para llegar a estar cerca, de parar para no sentir esta inútil sensación de tiempo huero, ajeno, alienado. Nostalgia de miradas hacia el cielo, partido por dos mitades desde la mitad de Cardenal Espínola, un poco más allá de las Capuchinas. Envidia de quien puede volverse ajeno al tiempo que desconoce, que ya no reconoce ni le afecta. Y pena... pena de tiempo muerto, el tuyo y el mío: el tuyo porque paró, el mío porque ya no me pertenece.

Y te miro, detenido el tiempo entre tus manos -entre tus manillas, digo- y quisiera detener el tiempo de los de abajo, transeúntes de la Plaza... De la vida.

Y me dicen los que saben que tengo la cabeza a las tres de la tarde.

No... La tengo justa, exactamente, a las siete y cuarto.

domingo, 30 de octubre de 2011

En el alma

Caos. Mañana. Agobio. Cansada. Querer. No poder. Pastora. Frustración. Estoy sola. No me siento. No soy.

Versos. Ensueños. Canciones. Rosario. Auroras. Gimiendo. Sonrisa. Palomas. Sevilla.

Danza. Miseria. ¡Justicia!. Quebranto. Alameda. San Lorenzo.

Pasos. Compases de espera. Espera. Esperanza. Jazmines y nardos.

Anís. Yerbabuena. Geranio. Albahaca. Un barco. el Río. Un grito callando. Problemas. Historias. Desprecio. Hastío.

La noche. Oscuro. El Miedo. La Gloria. Trabajo. Amantes. Amado. Amando. Amar. Vocación.

La brisa. El Fuego. La nada. Empujan. Me quema. Me hielo. Sonido. Silencios. Francesco. Cenobio. Campana. Torre. Plaza. Placita Blanca. Otoño. Jacaranda. 

La duda. La brasa. Un salto al vacío. Un bolo... Otro bolo más. Y yo como siempre... con la casa sin barrer.

viernes, 28 de octubre de 2011

Te regalo...

Te regalo un trozo de vida que no viví (tú sí), un sonido flotando en el universo atemporal de las evocaciones. Un espejismo de proyectos rotos. Tu antigua casa. La casilla de los locos.

Te regalo una canción, sin voz, como tú; olvidada por todos... o por casi todos, como tú. Bueno... como tú… y como yo. Tu canción. Nuestra canción. Mi canción preferida. ¿Sabías que es mi canción preferida?. Yo también la he escuchado hasta la saciedad... en un disco. Sí... me acuerdo que el disco me lo compré con lo que me pagó una turista francesa por una clase de Sevillanas que le di en una habitación de hotel en el Barrio de Santa Cruz.

Te regalo este trozo de algo que ni siquiera me atrevo a definir, porque no lo conozco. Hace años que sabía que esto fue, que pasó, que ocurrió cerca del suelo que piso cada día, en mi misma ciudad, mucho antes que Mobile, que Danzaterapia, que la fiebre de la integración, de la inclusión, de la autogestión y de su puñetera madre. Antes de la sutileza. Antes de que yo tuviera siquiera noticia de que esto existía.

He buscado este video antiguo, caótico quizá -medio borrado de años- por cielo, mar y tierra. Ayer lo encontró un amigo y me lo pasó... y me acordé de ti. ¿Te acuerdas tú de estos?. ¿Estabas allí?. Estabas allí, ¿verdad?. ¿Sonaban tan bien como me suenan a mí?. Ese piano... ¿sonaba de verdad, o no...?. ¿Photoshop?, ¿Videoshop?, ¿Teclashop?... O Síndrome Marinelli (dos docenas de dedos en cada mano... Probrecito... nació ya así y sin remedio, y no lo iba a tirar la madre al cubo de la basura. Sobre todo porque tenía la mujer a dos iguales y el delito iba a ser por duplicado. Además, que tiene que haber de todo en la viña del Señor, ¿o no?).

Pero tú... ¿estabas de verdad allí?. ¿Tú?. ¿A ti... te gustaba toda esa música?. ¿Tú... rockero?... ¡Anda ya!. Tú no. Tú, el "abuelo" del taller, tú tranquilo, absorto en tus largos paseos, aspirando sólo a tomarte un café de máquina en el pueblo con las cuatro perras que te da la gobernanta. Estás demasiado cargado de años, demasiado doblado. Más quemao que la pipa de un indio, que la Exposición Sevillana y el Pabellón aquel de la Expo. Más quemao que tú mismo, abuelo... más quemao que tú, por no decir más que yo.

Claro... que... pensándolo bien, esto fue en el 84, ¿no?... Entonces yo estaba haciendo la Comunión en el Corpus Christi, no sabía dónde estaba San Lorenzo, menos La Alameda (uuuuhhh, lagarto, lagarto... que entonces sí que tenía sentido aquello de "no niego que te he querío"). Sevilla, para mí, terminaba en la puerta del Corte Inglés que daba a La Gavidia (que en realidad no daba a La Gavidia, sino a La Concordia). Escuchaba a Parchís, Enrique y Ana y al mormón ese que cantaba con los Pitufos. ¿Sabes?... entonces yo no sabía bailar ni las Sevillanas. Y tú... tú podías tener chispa más o menos la misma edad que el de los teclados... el chico, el que murió. Echando esos cálculos... Más raro es que lo flipe yo, que no que lo flipes tú.

Te regalo lo que me regalaron ayer. Sabe Dios quién y dónde lo encontró. Quién lo grabó en su día... tú sabes dónde.

No te preocupes... ya sé que no eres el trabajador de la semana. Si hubieras estado fuera probablemente ya te habrías jubilado, o serías uno de esos funcionarios -quemadísimos- del "vuelva usted mañana". Pero da igual... te lo regalo. No es un premio, no tienes que ganar nada. Es un regalo. Porque sí, macho... porque sé que te gusta. Que te he quincao, que cuando los pincho en clase para los de la Danza te escaqueas del taller y te acercas a escucharlos.

Toma, pa' ti. Disfrútalo y que te cunda, tío. Te lo regalo.

Pero dime: Tú... de verdad... ¿estuviste allí?.



Alameda, 1984
Festival SALTA LA TAPIA, en el antiguo Hospital Psiquiátrico de Miraflores (Sevilla)

lunes, 8 de agosto de 2011

Cuando cuesta amar

Cuando cuesta amar, y entre los brazos,
dormida la esperanza, parpadea
como sórdido fantasma por la nada
la guadaña del hastío y la impotencia.
Cuando cuesta amar,  y si se ama
es porque se amaba ayer a manos llenas.
Y no hay lágrimas de sal en la partida
porque ya sólo partida es lo que queda.
Cuando quieres esperar, pero te falta
el amado sortilegio del que espera,
la serpiente de la muerte escarba abismos
en el alma de soledades hueras.
Te has marchado, o tal vez yo me he marchado.
¿Qué pasó?. ¿Y cuando fue la hora aquella?.
¿Murió solo?, ¿lo mataron?, ¿sigue vivo?.
¿Agoniza quizá?. ¿Quizá despierta?.
Desandar lo nuestro, correr otros caminos.
Sin pensar por qué, andar otras veredas.
Nos buscamos, alejándonos acaso
Sin querer pensar que el tiempo no nos vuelva.
Cuando pesan las tibiezas en el alma,
siendo el alma tan ajena a la tibieza…
Y una mentira falsa y piadosa
Sin sentirla, empeñamos en creerla…
Nos hacemos daño hundidos en el sueño
de un abismo en la mitad de la Tierra.
Ni te dejo, ni te quiero, ni me miras,
Ni te miro, ni me quieres, ni me dejas.
Porque faltan los suspiros en el alma.
Porque el alma se nos ha quedado seca.
Y nos pesan los fracasos, y nos falta
Los abrazos, las caricias y la entrega.  

                 -----oooo-----

No supimos. Solamente amamos sin reparo.
No sabíamos qué era la quimera.
No entendíamos, y otros no entendían.
Escapamos del siglo y de la esfera.
No quisimos rasgar el tenue velo
que nos regaló una vez la luz serena.
Y vivimos sin vivir, y cavilamos
que tan sólo con amar preciso fuera.

Pero no. No supimos. No entendimos
que no se puede ser sin que otros crean.
Que las miradas pueden ser puñales.
Que la soledad es mala compañera.
Que cuatro brazos no son más que una isla
sin mar, en el mar de la maleza.
Y que puede más un corro de vecinas
que todos los amantes de La Tierra.

lunes, 1 de agosto de 2011

El sueño de un desterrado (I)

“Guarda en su finura el sueño
 de una vocación perdida.
 Todo terruño añorado
 duerme en su perfil pequeño.
 Ella Misma es todo sueño,
 y en soñar le va la vida.
 Mas es Ella lo soñado...
 Que el Sueño de un desterrado
 es la Tierra Prometida.”




Dicen que no era de Triana...

Que llegó con el alma ya vieja desde la otra margen del río.

Vicisitudes políticas de una España revuelta, que nunca fue "una",  lo sacaron de su casa a golpe de decretazo, le privaron de llevar consigo sus señas de identidad, lo apearon del camino que en otro tiempo decidió tomar, y lo disfrazaron de persona normal, sin ideales, sin idiosincracia... un personajillo al uso de la época.

Probablemente se pudo ir de Sevilla, y así habría evitado todo lo que pasó después. Muchos lo hicieron. En las Américas todo era distinto...

Pero no se fue.

Lo tuvieron pululando, paseando su destierro sentimental, por varios barrios de la ciudad. Y cuando ya le pesaba el alma demasiado, lo mandaron a Triana... para más inri a Triana... al otro lado del río, donde la palabra DESTIERRO ya no era solamente una manera figurativa de nombrar el desarraigo. ¡Ay, el río!... ¡el Río Grande!... Qué grande es... algunas veces.

Se llamaba Miguel, igual que el arcángel que vela por Sevilla. Nunca cambió su nombre. ¿Para qué?... Suelen cambiarlo los frailes para reseñar algún santo de su devoción, a menudo la devoción de su ciudad natal, y luego se colocan el nombre de su tierra por apellido. Pero él ya tenía a su tierra en su nombre de pila. "Fray Miguel... ¿de Sevilla?"... Hubiera quedado redundante y un poco hortera, la verdad.

No hay peor destierro que el que te separa de tu propio ser. Ni mayor crimen que mutilar un alma arrancándole algo que le es esencial, como sus creencias y su vocación, sean estas, y aquella, las que fueren.

Se llamaba Miguel, nació en Sevilla, ya no era capuchino, y como todos los desterrados y los parias de todos los tiempos y lugares, soñaba con regresar a la Tierra Prometida, al tiempo de las flores.

Y lo mandaron a Triana... que no había otro sitio... Tuvo que ser a Triana, con el río de por medio. Y en Triana, soñando en la Tierra Prometida, en el Sueño más Sevillano, intentó, por un instante, traerlo desde la orilla de su pasado. Luego pensó... y al cabo dijo para sí: "Sí... eso haré... La traeré hasta aquí. La traeré hasta Triana. Será el Sueño de Triana, igual que lo es de Sevilla".

En cierto modo, Miguel hizo lo mismo que Isidoro, pero al revés: Isidoro pensaba... pensaba en cómo tenía que ser aquella Señora que encandilara a Sevilla. Pensaba y no daba con la clave... hasta que lo soñó. Miguel soñaba con la Tierra Prometida. Soñaba, pero no podía poner en claro aquello que soñaba; no lo atinaba a pensar con la consciencia necesaria para el que quiere poner en pie un proyecto más o menos de futuro.

En vano buscó por toda la ciudad, a un lado y al otro del río, un rostro, una cara, unos ojos... que expresaran aquello que él sentía cuando pensaba en Ella, casi ensoñando. Fueron bocetos y bocetos... artistas y más artistas... madera, barro, papelón... Y no, aquello no era... ni aquello, ni aquello otro, ni lo otro... ni lo de más allá. Aquello... no era lo que él quería. Eran bonitas, pero no era Ella.

Cansado, quizá a punto de dejar volar su sueño, sentose un rato al pie de la Virgen marinera. Lloraba, pero en su semblante había algo... algo que no dejaba morir aquella especie de bohemia, de ensoñación, que el viejo cura albergaba en su pecho. "Con razón te llaman Esperanza los trianeros", le dijo muy bajito. Y se levantó lentamente, y caminó hasta el puente -el puente de barcas- porque aquella mañana había de bajar a Sevilla.


Había ya dejado Triana atrás, y aún en la otra orilla sentía aquella brisa marinera llena de esperanza que junto a Ella había sentido. Recorría las puertas y las calles. Iba absorto. Quizá en la Esperanza. Quizá en la Tierra Prometida. Quizá era que conocía bien el camino. Al fin y al cabo, se trataba de su ciudad, y él había nacido en aquella margen del río.

Mas de repente, sin quererlo, sintió que algo parecía mirarlo desde una ventana de la calle. Sin saber por qué, como prendido de una intuición que no fuera la suya, volvió la cabeza. En seguida reconoció aquel rostro.

Tras la ventana, un viejo escultor sacaba algo a la entraña de un agreste leño... Miguel no pudiera haber jurado el qué. Al fondo, sobre un armazón desnudo hecho con listones de madera, estaba Ella, la que había atraído su atención, sacándolo de la abstracción en la que caminaba.

Era apenas una niña. Morena, como la Esperanza. Su rostro trasminaba dulzura. Parecía que soñaba, absorta en no se sabe qué tiernos pensamientos. La serenidad hacía nido en sus ojos. Nada quebraba la inocencia de aquella muchacha que miraba, solícita, hacia la ventana. Soñaba. Un anhelo de tierras lejanas, devueltas en la ternura de lo recordado, parecía transir su sueño, más tan leve y dulcemente que la pena no hendía una mínima raíz por entre sus ensimismadas cavilaciones, ni en las de aquel que se regalaba en su mirada.

- Oiga usted, buen hombre... ¿Es suya esa Virgen?.

- Sí, mía es?. ¿Por qué?.

- Se parece a la Esperanza, a la Esperanza de Triana.

- Sí... algo. A mi padre le hubiera gustado verla. Fue mi padre el que talló a la Esperanza. Algunas veces el recuerdo me embarga, y entonces parece que fuera él el que me guiara las manos... Sin embargo, ésta es de Gloria. La Esperanza, de pasión.

El hombre hablaba, sin quitar la vista, ni acaso la atención, de lo que estaba haciendo. Miguel, ávido y absorto a un tiempo en aquella visión, seguía preguntando.

- ¿Qué Virgen es?.

- No sé... no es un encargo. Aún está por terminar. Sólo le tengo el busto, la cara. A decir verdad, que lo mismo puede ser una Virgen del Rosario, que de Belén... o una Virgencita del Carmen. Cuando termine Ésta me pondré con Ella... y Ella sola me lo dirá lo que quiere ser.

- ... O una Pastora.

Por un instante los dos viejos se miraron. El escultor no había caído jamás en que aquel rostro pudiera ser el de una Pastora. A Miguel no le cabía el beneficio de la duda. Cuando un rostro te dice algo clara y meridianamente no hay vuelta de hoja, o lo que es lo mismo: una imagen, cuando se representa ante ti tan nítidamente, vale más que mil palabras.

- ¿Una Pastora?...

- Una Pastora -insistió Miguel- Una Pastora para Triana.

 

viernes, 15 de julio de 2011

Tenía once años...

Tenía once años para cumplir los doce. Once años pero de los de hace veintitantos, que hoy los niños con once años te dan once vueltas a la derecha y otras once a la izquierda, y a lo mejor les sobra para darte alguna más o mandarte directamente al carajo. No… mis once años eran ONCE años de los de toda la vida: sin videoconsola, sin netbook y sin tuenti.

Acababa de entrar en Segunda Etapa, y en el piso de arriba de mi colegio de monjas. No me gustaba correr, no me gustaba saltar, no me gustaba andar ni jugar al baloncesto. Era un pato mareado, y no sabía bailar las Sevillanas.

No iba malamente en el colegio. Aparte de Gimnasia, que la tenía MD (natural: Muy Deportiva) desde los seis años, y las matracas, que las venía aprobando por cinco décimas desde los siete… no iba la cosa del todo mal.

Comía por siete, pero la gordura nunca fue un problema para mí. Al fin y al cabo, bonita, lo que se dice bonita, nunca lo fui, ni sin gordura ni con ella… aunque eso, la verdad, tampoco me importaba demasiado. Si yo disfrutaba como un cochino en un charco comiendo… ¿por qué me iba a privar?, ¿para que no se me quedaran chicos los chándales y los uniformes a mitad de curso?.

Mis más preciados valores eran Perlita Blanca, mi muñeca repollo recién salida de fábrica, y mis dos perritas Poochie: “la de verdad”, toda de peluche en blanco y rosa, y la de plástico, que por dentro era un tampón de tinta de colores.

Soñaba con tener unas manoletinas de charol de las que siempre había en el escaparate de la zapatería de los columpios rojos, un canario flauta y el muñeco que estuviera de moda por Reyes. No había más.

Bueno… sí, sí había más: también soñaba con tener unos zapatos de tacón y un traje de gitana, que tuviera muchos lunares rojos de esos enormes de galleta, y a ser posible de Las Pardales, que según mi madre eran unas muy famosas que cosían.

En mi casa, no gustaba la Feria, para qué nos vamos a engañar. La verdad es que hubiera sido un puntazo imaginar a mi padre vestido de corto, con sombrero incluido… y a mi madre un poco piripi de finito o de manzanilla.

Yo la verdad es que la Feria no la echaba de menos (ahora sí, ahora sí que la echaba si pudiera… pero de Pernambuco para allá). A lo mejor por que eso de los cacharritos no era para mí, que yo me subo en las escaleras mecánicas de esos grandes almacenes que hay en la Plaza del Duque y ya voy agarrada hasta a mi corazón. O porque nunca tuve demasiada suerte con las rifas, y la única tómbola que me gustaba era la pequeñita que se hacía en mi colegio de monjas el día de la fiesta de final de curso, que para montarla traíamos todas los juguetes viejos de cada casa, las muñecas de trapo de dos cumpleaños atrás, los cuentos de colorines y los Juegos Reunidos Jeyper.

Yo, Feria, Feria, lo que se dice Feria… A mí no me llamaba la Feria.

Yo lo que quería era un traje de gitana y unos zapatos de tacón de la tienda de los columpios rojos.

Y en casa tuvieron la genial idea de que a la niña no se le compraba traje de gitana como no supiera bailar las sevillanas.

Todas las compañeras del colegio tenían traje de gitana. Años después me enteré de que muchas de ellas no sabían bailar las sevillanas. Pero el caso es que yo no sabía bailar las sevillanas. Y claro… sin sevillanas no hay traje de gitana, y menos de Las Pardales.

Hasta que un día me decidí a aprender las sevillanas.

Y he aquí que iba un Lunes dos de Febrero de finales de los ochenta, a las seis menos diez de la tarde, una servidora que aquí suscribe, comiéndose un bollo con Fuagrás Bolado, con el uniforme de Calasancias, unas castañuelas de Filigrana de papel prensado con cintas colorás, como las de La Canastera, y mis tacones negros recién comprados en la zapatería de los columpios rojos, de esos baratos de las hebillitas, andando plácidamente por donde la tapia de La Catalana de Gas, que hoy ya no hay ni tapia, ni Catalana… ni acaso existe el Fuagrás Bolado… camino de una academia de barrio, que era de la que enseñaba baile en el colegio a la hora del recreo, y que estaba en una bocacalle de la Avenida de Felipe Segundo, cuando Felipe Segundo era avenida… que hoy en día la han dejado en callejón y va sobrado de nombre.

Y mira que la monja que me daba Ciencias me decía: “Laurita, Laurita… Si Lourdes es capaz de enseñarte a ti antes de que te canses la primera sevillana… yo le pongo a Lourdes un monumento en el medio del patio del colegio”. A la buena mujer -eso sí: de poca fe- le faltó decir que si me enseñaba mínimamente a hacer el paseíllo iban a quitar de la capilla a la Pastora e iban a poner una fotografía de la profesora de baile, con palillos de Filigrana incluidos. …La de veces que después me he acordado yo de esa mujer y de sus proféticas palabras (y de la santa de su madre, de camino)…

Pero yo estaba dispuesta a tener mi traje de gitana, de Las Pardales, por supuesto, y para la cuenta que le había echado a la jodía monja desde que me preparó para la Comunión…

Y bueno… así fue. Para Abril tenía traje de gitana y las cuatro sevillanas aprendidas (entre alfileres, pero aprendidas). Eso sí: el traje me lo hizo una de Rochelambert, no Las Pardales. Cosas de mi amantísima madre: toda la vida prometiéndome un traje de Las Pardales y ahora me lo hace una de Rochelambert, la que se lo hacía a mi amiga del colegio de monjas…

Pero resultó que para entonces ya no me importaba tanto mi traje de gitana, ni que me lo hicieran Las Pardales, ni que tuviera muchos lunares rojos de esos enormes de galleta... Me llamaban más mis zapatos negros de tacón, de esos malos de la hebillita que vendían en la zapatería de los columpios rojos, y mis castañuelas de Filigrana de papel prensado, con cintas colorás, como las de La Canastera.

Tenía casi doce años. En la segunda evaluación me acababan de dejar colgadas las matemáticas, pero había sacado un suficiente en Educación Física.

Soñaba con bailar en la fiesta de fin de curso de mi colegio de monjas, y con unas zapatillas rosas de ballet que había visto en Deportes Zeta.

A la monja que me daba Ciencias la mandaron al colegio de Sanlúcar y vino otra de Sanlúcar a la que le echábamos menos cuenta todavía.

Empezaron las clases de ballet, los primeros ensayos encerrada en mi cuarto, las broncas en casa (¡¡Esta niña… que no estudia!!, ¡¡todo el día bailando con la música a toda voz!!), los discos de Los Romeros de La Puebla, la primera falda de ensayo, la moñera de crochet de lana rosa…

Las rabonas al revés: mamá, me voy un rato a la calle… (a la calle de la academia, y con las castañuelas escondidas en los bolsillos). Los ratos perdidos en la capilla del colegio, contándole tanto como anhelaba bailar a una Virgen con cara de niña, vestida con un chaleco de borreguito y un manto azul celeste, que tenía dos ovejas -una a cada lado- y un Niño Dios sentado en el regazo, vestido de pastorcito. Los primeros poemas, que hablaban de Pastora y Baile, de vocación, de libertad, de mí, de mi academia y mi colegio de monjas. Los fandangos de Niña Lola, las rumbas de Bambino, Rosa, La novia del campesino, Compasión, Marinería, Amanecer en el puerto, Andaluces de Jaén, Cigüeñas de Palacio… alguna de Claudio Baglioni…

Creía, cosas de la inexperiencia, que me había hecho mayor. Que había inventado la palabra Vocación, y con ella Amor, y con todas Danza.

Se me fue haciendo pequeño mi colegio de monjas, igual que se me quedaba chico el uniforme gris de cada curso, de Septiembre a Junio. Quizá por eso me empezó a gustar. Le dejé de tener tanta tirria a Madre Dolores, sobre todo porque en Sanlúcar hacía menos pupa con la tabla periódica y con los “patos de Federico” y los “pitos de…”. Bueno… no me acuerdo de quién eran los pitos.

Me puse a dieta para poder bailar mejor.

Después…

Después vino todo lo demás.