sábado, 9 de marzo de 2013

Pensamiento

Sin tiempo.

Sin tierra.

Sin alas.

El hombre a la deriva de la urgencia establecida.

El hombre y la mujer en la deriva, desposeídos, desterrados de sí mismos, sin tierra, sin puerto, sin punto de llegada ni de partida.

Sin presente.

Sin pasado.

Sin futuro.

El hombre convertido en un destartalado computador sin lugar ni espacio para soñar, para sentir, para crear, para vivir viviendo.

El hombre y la mujer tornados en meras herramientas de metal mal maleado en manos de... ¡Qué sé yo de quién son las manos de este universo de artificio plastificado!.

jueves, 3 de enero de 2013

Jueves

 
 
 
 



Eh, oiga...
 
¿Cuánto pide usted por ese cielo azul intenso, que ilumina y techa de luz la calle?. ¿Cuánto por el blanco encalado de las paredes, matizado con el sol del mediodía?. Por la rama de un naranjo y las ondas que dibuja el viento en la ropa tendida de las azoteas, perdidas en ilusorio cambalache sobre las plantas de los pies descalzos de los balcones -laberinto de azulejos de colores-, sobre el aturdido paso de los transeúntes, y el pulso abigarrado de la calle, del mercadillo, de la ciudad interior que hoy, como es Jueves, cabe toda en esta media calle de mi ciudad.
 
¿Cuánto pide por el efímero sonido del aire chamullando de blues o de flamenco, marcando como surcos de recuerdo en mi alma de gramola vieja?.
 
¿Cuánto?... ¿Cuánto pide por el olor, el color, el sabor, el blandor, de esa magdalena grande, al final de la mañana, frente al Mercado?.
 
Por el olor, el color, el sabor... a cambalache, a Mercado, a vida, a gente, a mañana, a barrio, a Calle... A Feria.
  
 
 
 
Sepa usted... que si yo tuviera... Si me llegara lo que llevo en la mochila... se lo compraría todo sin regateo.
 



... Pero eso es imposible.

martes, 11 de septiembre de 2012

Carmen





Hay que ver Internet lo que mueve. Resulta que una tiene las ventanas abiertas a todas partes sin darse apenas cuanta. Y lo mismo al revés: te asomas por el alféizar de alguna página perdida buscando sabe Dios qué y te salen al encuentro recuerdos, historias, personas o lugares que han formado parte, por algún tiempo, de tu universo personal... Recuerdos, historias, lugares o personas que ni por casual idea pensabas encontrarte en ese justo momento.
 
 
Ayer no sé qué andaba buscando sobre el Carmen de Calatrava, entre sueños y añoranzas de leones y de Hércules... y me encontré con una foto de una bailaora. Una foto del año setenta y cinco. Treinta y siete castañas que tiene ya la foto... las mismas que cuenta esta servidora. Y cuando leo el pie de foto me entero de que la retratada es Carmen Montiel, "una joven bailaora de la escuela de Matilde Coral".
 
 
Carmen Montiel fue, no hace demasiados años, maestra de esta servidora de ustedes durante dos cursos y un verano. Poco tiempo... pero qué intenso.
 
 
Si en otras ocasiones me he dolido, amarga e improductivamente, de un ambiente -el de la Danza- que se ha mostrado ante mí superficial, lleno de hipocresía y prejuicios, deshumanizado por demás, nobleza obliga nombrar a esta señora, quizá la persona más humana y más auténtica de todas con las que me he cruzado en este periplo mío de amores y sinsabores por vocación.
 
 
Recuerdo de ella la nula impostación de su semblante y de su persona. No me pareció nunca una mujer sonriente, ni acaso intentaba serlo. Pero cuando la sonrisa le brotaba era como un rayito de sol colándose en un día nublado por la calle Feria, hendiéndola desde la Resolana a la callejuela Regina.
 
 
Recuerdo el verla cruzar cualquier mañana de Julio con el carrito de la compra lleno por la Avenida de la Soleá hasta la academia. Sus palabras ciertas, aunque dolieran, dentro y fuera del aula... Y un montón de correcciones, de compases, de cadencias...
 
 
Su curiosidad innata por todo lo que tuviera que ver con la Danza, siendo ya una institución como maestra de Flamenco. Solía comparar el Baile con una droga: mientras más tomas, más quieres.
 
 
El absoluto respeto por la idiosincrasia de cada alumno, la personalización de todo cuanto enseñaba… No sabía enseñar en estándar. No sabía, no podía, y acaso no quería despersonalizar la Danza, mirar, corregir, sino a la persona. Persona a persona. Conocedora a aprendiz. Entre iguales esencias, sí... pero ojo: una, la de la maestra, esencia pulida, curtida por la experiencia, plena de autoridad; la otra, la de enfrente, valiosa esencia en bruto, a pulir, a curtir. Me repetía una y otra vez que no la tenía que llamar de usted (yo me resistía, mitad por mi casi enfermiza timidez, mitad porque de sobra sabía lo que tenía enfrente), pero ¡ay! de quien sacara el pie del plato y le perdiera un milígramo del respeto profesional que le correspondía...
 
 
La nula aceptación de prejuicio alguno en cuanto a lo que podría o no llegar a hacer cada uno de nosotros: su función era enseñar, sacar de cada uno de nosotros lo mejor que pudiéramos dar… lo demás… para otra.
 
 
La responsabilidad imbuída de cuidar la más preciada prenda de cualquier danzante, que es su cuerpo mismo. A la clase de Carmen Montiel se podía entrar con maillot o con camiseta, con pantys o con pantalones de ciclista, con una cola o con el moño de Escuela Bolera. Pero no se te ocurriera entrar con el pie desnudo calzando tacón… ni taconearas con las rodillas encajadas sin doblar, ni zapatearas con la punta cayendo en vertical desde arriba… porque te podía mandar a Santa Justa sin pisar el Martinete del “chillío”. Y es que tenía razón: la que de nosotros se dedicara a la Danza, o a la enseñanza de ésta, si no guardábamos nuestro físico con unos mínimos cuidados en cuanto a técnica y en cuanto a material… en cuatro años todas fuera de combate. Lo demás, la imagen… eso para cada uno queda, que sobre el libro de los gustos no hay nada escrito.
 
 
Los Sábados, los Domingos, los entrefiestas des-puenteados… las navidades… Porque Carmen, por más que nos ponía un horario, no trabajaba por horas: Carmen trabajaba por objetivos, por bailes. Si no están los objetivos… hay que echarle más horas. Ya hay que pasar de baile. “¿Os viene bien a todas el Domingo a las diez?”.
 
 
Las batas de cola proletariamente compartidas, amarradas a la cintura con una media inservible ya de carreras. Las broncas por llegar tarde a clase excepto a quien sabía que salía de trabajar. Su sencillez, su naturalidad, su total autenticidad, su falta de cuidado por parecer perfecta, simpática, graciosa, jovial, divertida...
 
 
Carmen no necesitaba nada de eso: estaba tan pasada de sabiduría, de humanidad… de ser Carmen… como lo estaba de compás, de cadencia… De Flamenco… de Danza.
 
 
 
 
Foto: Carmen Montiel, una de las grandes del Baile Flamenco y la docencia de la Danza de mi ciudad.

lunes, 27 de agosto de 2012

La vie en rose


Mediodía de Sábado. Agosto agoniza lánguidamente, sin querer dejar de ser Agosto todavía. Apogeo de luz en la calle Feria. Acabo de salir del Mercado, y tiro para atrás, para la Cruz Verde, para comprar algo en los chinos de la esquina de González Cuadrado.

Voy cargada. La verdad es que no sé muy bien por qué no lo hice al revés: primero acercarme a la Cruz Verde, y luego al Mercado. Probablemente entré desde la Alameda a la altura del Mercado, y no quise esperar más para llevarme mi col, mis papitas nuevas, mi sandía y unas uvas que estaban diciendo en el puesto “co-me-mé”.

Camino. Quizá es poco comprensible el efecto imán que ciertos lugares de mi ciudad causan sobre mi persona. Es algo que me penetra por los ojos, por los oidos, por la piel acaso... pero que difícimente podría explicar. Yo no nací en la calle Feria. Ni en la Alameda. Ni en San Lorenzo. Mi niñez y mi juventud transcurrieron entre dos barriadas de extramuros, una al Norte y otra al Sur de la ciudad. No recuerdo haber jugado en la Plaza de San Lorenzo, ni ir con mi madre al mercado de la calle Feria. Acaso, de muy niña, pasar por la Alameda la tarde de algún Domingo buscando la puerta de una iglesia, no recuerdo cuál. Sin embargo, algo me llama poderosamente a perderme en este paisaje, o paisanaje que, por alguna escondida razón, no me es extraño.

Me hago una con todo lo que me rodea. No pienso. Sólo camino. Se me olvida la carga, quizá de tan asumida. No me molesta el sol, ni el calor. Y no sé por qué, porque el termómetro, probablemente, roza los cuarenta.

Llego a la esquina de la Correduría y tiro para adentro. Y paro. Me llaman a la atención unas notas que salen de algún balcón. Es un piano. No podría jurar que fuera alguien que estuviera tocando dentro, en alguna casa, o quizá una grabación. Incomprensiblemente el eco de aquel sonido me llegó más claro al alma que al oido. Me quedo inmóvil, por un momento. Me siento como una paloma dejando que el sol le entre por entre las alas. Quizá fuera el sol del mediodía... o las notas de aquel piano... que poco a poco, remoloneándose en su propio susurro, iba desgranando una bohemia melodía, como quien tararea cualquier cancioncilla sin apenas darse cuenta.

¿La Vie en Rose?... ¡Sí!... Es La Vie en Rose. La Vie en Rose... Miles de recuerdos vinieron entonces conmigo a aquel rincón de la calle Feria. Pero no querían ser recuerdos. Como animados por el sonido apenas percibido de aquella casi melodía se iban engarzando, enredando en el presente, fundiéndose al calor del sol casi septembrino en esa sensación total que a veces te hace ser y sentirte plena, sin límite.

Y sigo entonces mi marcha. Por el balcón siguen sonando las notas de La Vie en Rose en un piano, sabrá Dios si presente o imaginado. Y yo pienso, cabilo, casi sin darme cuenta...

Qué será de mí si algún día no puedo pasear por la calle Feria.

domingo, 19 de agosto de 2012

Anhelo

Donde habitan los suspiros
de la Bambera gitana,
y los ayes más remotos
que suenan por Seguiriya.
Donde se duerme Sevilla
y se traspasa Triana,
y se hace flor una Nana,
y Sueño una maravilla.
Donde brota la semilla
del Sueño más Sevillano,
y torna en Tango gitano
la clavel de tu mejilla.
Donde juega la chiquilla
que otrora, de niña, fuera,
y llora la Petenera
de destierro y de dolor.
Donde rondada de amor
de tu mano primorosa
pierde su espina la rosa
y desgrana en Ti su olor.
Donde Liviana al calor
de tu sereno albedrío
cruza la Cantiña el río
de la pena a la Alegría.
Donde aguarda el puro día
que crepúsculo no aguarda,
y dos ángeles de guarda
coronan la fantasía.
Donde no existe falsía,
ni injusticia, ni venganza,
y se vuelve la alabanza
feliz, cual la Colombiana,
y juega la Sevillana
a ser oración y Danza.
Donde vive la esperanza
de las cosas que se sueñan,
y las maestras enseñan
con amorosos cayados.
Donde la gente ha olvidado
lo que vale la mentira.
Donde la vida es Guajira,
sin Soleá, sin Taranto.
Donde no te busque tanto
porque te sienta a mi vera,
y toque a mi primavera
terciar de flores su manto.
Donde ya no llega el llanto,
y el alba se ve más clara,
y se acierta a ver tu cara
sin espejos de árbol vivo.
Donde el Martinete, altivo,
tras las lunas se levanta,
y entre fraguas de gargantas
forja de estrellas tu velo.
Donde se vislumbra el Cielo,
y se muere la Taranta.
Donde dos palomas santas
pintan rizos en tu pelo.
Donde mueren mis anhelos,
y la vida se hace gozo,
y se llora de alborozo
ante tus ojos de aurora...
Qué gozo tener, Señora,
un trozo de Edén bendito.
Un compás, un pedacito
de Cielo, apenas un cante.
Una mirada, un instante,
mi bata de bailaora...
Y, vestida de Pastora,
la Gloria de tu semblante.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Adelita Domingo



Tenía para mí un halo como de dios pagano, porque había sido la primera maestra de mi primera maestra, Lourdes Moreno, que como mi primera maestra que era, también lo tenía.

Y eso aunque sabía que ella y mi maestra no habían terminado del todo bien, cosa que suele pasar cuando dos generaciones imbuídas en una misma danza se cruzan, se miran, se reinventan e, inevitablemente, al fin, se separan. Años después, también a mí me ocurrió algo parecido con Lourdes, cuando levanté el vuelo desde mi academia de barrio, cerca de la Fuente de las Palomas, al cielo abierto de Sevilla, más allá de las cancelas del Parque. ¡Qué vacío enorme entonces, horfandad de zapatillas y primeros pasos aprendidos!. Y qué minúsculas en el tiempo te devuelve la vida, mejor y más cruel maestra que cualquiera otra, esas estaciones pasajeras, eternas entonces que parecían, de los primeros ventanales rotos, como impresas en papel sepia amarillecido de recorte de periódico.

Eran los años de la adolescencia, acaso de la pre-adolescencia, cuando todo empezaba y no existía en mi vocabulario la palabra recuerdo.

Era la época de las flores, los "días del arco iris", que cantaba Niccola di Bari, el principio de todo.

Todas las chicas de Octavo B estábamos enamoradas: del rubito que pasaba por el kiosko a la hora de la salida del mediodía, del hijo de la maestra de matemáticas, de Michael Jackson, de Glenn Madeiros, de Danni Amatulo el de Fama... Y yo me había enamorado de la Danza.

Así... sin más... Yo me había enamorado de la Danza, y me pasaba las horas muertas en clase, dibujando zapatillas, castañuelas y bastones en el "Piter an moly" verdinegro de inglés, o en el Bruño de religión.

Y es que a esas edades, al principio de todo, cuando todo es "lo primero" -la primera maestra, la primera academia, las primeras castañuelas, la primera falda, el primer baile, la primera nota de Albéniz en el piano- todo se te queda marcado como a fuego.

Y probablemente, no es lo mejor, no... Pero ¿tú qué sabes?.

Por aquel entonces, mi primera maestra era una mezcla entre madre por horas, el tendero de West Side Story y una especie de "camello" de la más ansiada, por amada y por necesaria, ambrosía.
Sin el freno de la impotencia, ni la huella del cansancio y del hastío, clavadas en el alma, mi vida giraba en torno a cómo destrozar zapatillas rosas de media punta, la hora de clase que me correspondía en aquella academia de barrio, minúscula, de al lado de las cocheras de TUSSAM, la fecha en que caía la Verbena de Calasancias, la capilla de la Pastora -confidente de tantas cuitas de vocación- y el sinvivir de ir sacando los cursos, más o menos, para que mi madre no me "quitara" de baile.

Todo tenía que ver, en menor o mayor medida, con la Danza. Todo. La música, la ropa, la dieta, los horarios... ese rascar de cualquier sitio, a cualquier hora, un instante -ahora nimio, entonces inmenso- para bailar, leer de baile, ver ese programa de Flamenco que echaban en Canal Sur, recién estrenado, o en el Telesú'.

Albéniz, que sonaba intrigante en el nuevo 'tocadiscos' de CDs que mi padre acababa de traer al salón de casa, desgranando en el alma de Frubeck de Burgos las notas de Asturias, Córdoba o Cádiz. Bambino, preguntando una y otra vez en el viejo picú de la academia por una chaqueta que le habían hecho "con tanta salanería". La Jota de La Dolores. American Blues (un conato de degollar a Gershwin que a mi maestra le encantaba, y a mí, entonces, también).

Canción Lógica, Andaluces de Jaén, Amanecer en el Puerto y Serrat cantando las Nanas de la Cebolla de Miguel Hernández, en la soledad de mi cuarto de estudios, o en el radiocassette mientras ensayaba en casa. Libre y Quererte, de Amigos de Gines. Annie's Song, de John Denver, sonando en Radio 80.

El Recital Flamenco de Manolo Sanlúcar, Zyriab de Paco de Lucía, y una grabación con muy mal sonido del Amor Brujo y la Danza de Los Vecinos del Sombrero de Tres Picos... todas ellas en cinta musicassette, más piratas las tres que ellas mismas, compradas Agosto tras Agosto en el puestecillo de la "Calle Sierpes" de Chipiona -ese que ponía las dos mesas grandes llenas de cintas en la puerta de su casa al lado de la Cruz del Mar- con los aguinaldos de Navidad y los cuatro cuartos que me tenía preparados mi abuela Isabel -ella y Dios sabrían cómo- por mi santo y mi cumpleaños.

Nicola di Bari, Claudio Baglioni y Antonio Machín, y las cintas de Mantovani, 'Berner Muler' y Melodías Inolvidables. Yo no sé lo que se le podía infundir a aquella pipiola de trece o catorce años, que todo tenía que ver con la Danza. Absolutamente todo.

Todo era posible, lograble, disfrutable. Todo ayudaba a pensar que basta querer para poder, trabajar para conseguir, ensayar para atrapar la Danza para siempre en la agenda de mi vida, igual que la había atrapado (¿o quizás me había atrapado ella a mí?) en las entretelas del alma.

No había nada mejor que mi academia de barrio. Las había más grandes, pero no mejores. Y nadie enseñaba mejor que Lourdes ni vendía tan buena mercancía: Albéniz, Serrano, Moreno Torroba, Bretón... y los libros que se traía de vez en cuando de Barcelona. Todo lo demás era, por desconocido, hortera. En realidad, la academia de mi barrio no era una "academia de barrio". Las academias de barrio eran las demás, las del barrio de al lado, o esa a la que había ido mi compañera de banca del colegio, en cualquier barriada al Este de la ciudad. La mía era la de Lourdes, la de MI barrio, que por otra parte ni tan siquiera era, ni había sido tal vez nunca, Barrio.

Si la Danza era la prohibida ambrosía ansiada y necesaria para el alma, no había hueco más querido que el de aquella reja fea, desnuda, huérfana de cartel alguno, de mi academia de baile, ni camello con mejor mercancía ni más solicitud que mi maestra. No... no podía inteligir que lo hubiera. Aunque siempre me asaltó la duda... ¿Ni Adelita Domingo?.

lunes, 23 de julio de 2012

... hasta llegar a ese Cielo que dejaste en la Alameda



Desde el Carmelo a Sevilla
llegaste al embarcadero
a bordo de tu barquilla
sobre un río marinero.

Presentió tu voz la historia
¡Oh celestial medianera!
Y pregonó por la gloria
que llegaste la primera.

Y del ayer legendario
en tu hogar de humilde techo
dejaste el escapulario
prendido sobre mi pecho.

Estribillo:

Salve, Madre del Carmelo,
que tu mar se haga vereda
hasta llegar a ese cielo
que dejaste en la Alameda.




La letra es de Antonio Muñoz Maestre. Me encantaría saber quién le puso música. Se te mete en el alma:

... "Que tu mar se haga vereda... Hasta llegar a ese cielo que dejaste en la Alameda"...

Hoy le he pedido tierra a la Virgen del Carmen. Tierra... Su tierra.

Dicen que a los carmelitas, para bien morir, hay que ponerles un puñado de tierra rozándoles los pies o echar su cuerpo al suelo.

Para bien vivir, esta pastoreña necesita hoy sentir bajo sus pies un puñado de tierra. Un puñado de tierra de entre San Lorenzo y la Alameda. Y que mi cuerpo se halle en su ser, integrado con un paisaje al que, sin razón conocida, sabe que pertenece.

Estoy desvelada. Me siento como pez fuera del agua, respirando a duras penas y a punto de soltar el hilo, no sé aún si el de la caña o el de la vida. Llevadme a la mar... dijo una vez un poeta.

Llevadme, ensueños, a la tierra. A mi tierra, Carmen, a tu tierra, a la mía.


¡¡¡TIERRA!!!.