domingo, 14 de julio de 2013

Volver...


… Con la frente marchita, como cantaba el tango. Con las heladas de una vida que no te pide permiso para jugártela de vez en cuando cargando mi sentido y mi espalda de años, de fracasos, de sueños rotos y proyectos olvidados. De lo no vivido. De lo que no quise vivir y, sin quererlo, me tocó apurar. Con casi veinticinco kilos de más y un franco problema para controlar lo que como y lo que dejé hace tiempo de comer… por citar alguna de las jorobas adquiridas.
Volver con el alma casi congelada. Con el vago recuerdo de haber sentido. Con la mochila en que antaño guardaba mis zapatillas y mis castañuelas repleta de pasiones con minúscula, dispuestas a saltar a cualquier resorte y convertirse en dragones con siete cabezas para quemarme la vida de una cierta llamarada.
Volver sin saber cómo. Olvidado hace tiempo el mecanismo de andar. El alma varada en mal puerto desde hace tanto.
Volver a intentar desandar el camino -el mal camino- sin saber si lo conseguiré de ésta o volveré a caer de nuevo. Sin saber a dónde llegaré, y acaso sin saber a ciencia cierta si quiero llegar a ningún sitio.
Volver a acostumbrar el alma a que todo no está perdido… para pedirle que luche, aunque para ello se tenga que volver a hundir en la noche oscura que transitó hasta esta playa desierta de esperanza, de identidad y de baile.
Volver a encontrar tiempo cada día para improvisar un calentamiento, un estiramiento… un tiempo para la Danza, aunque tenga que comenzar desde más abajo que desde cero y el cuerpo ya -aún- no me lo pida.
Volver… volver… volver…
Volver a decirle al alma que ame, y que el alma se crea que ya no ha de prescindir de lo bien amado. Volver a hacer presente lo que tanto me dolió hacer recuerdo.
Volver a donde jamás estuve. Ser de nuevo lo que sé que nunca llegué a ser. Volver a sentir y a disfrutar. Volver a aprender a dejarme llevar, aunque mojar el alma me exponga, de nuevo, al mordisco de algún perro pendenciero.
Volver… que es encontrar el valor para volver a respirar Danza, por la Danza y para la Danza, a vivir Danza, en Danza, por la Danza y para la Danza; a soñar Danza; a pedir y pedirme, cada día, Danza.
Volver al sacrificio del dulce yugo elegido por amor, por vocación, antes del naufragio.
Volver, ignorando que a veces, más veces de las que quisiera, me parece no sentir nada por la Danza, ni acaso por la vida.
Volver, asumiendo que quizá el hielo que se ha instalado en mi esencia puede que sea ya tan gélido, tan viejo y establecido, que no volverán a deshelarse las entretelas del alma.
Volver… sin pensarlo demasiado… porque como lo piense… Pero anda que si pienso en no volver…
Volver a bailar. Volver a ser Danza, cuando siento la Danza tan lejana, tan ajena, tan ya tan poco mía.
Volver a empezar. Empezar a volver. ¡Ya!. ¡Ahora!.
Volver… ¿Podré volver?. ¿O acaso estoy alimentando un reflejo del pasado, llegado a este prado yerto de mi presente por no sé qué camino olvidado del alma?.
Volver… sin saber volver… con la duda pataleándome en el centro del corazón y del sentido. Mas ¿Quién lo sabe?. ¿Tendrá alguien desentrañados ya, para sí o para otro, los secretos que guardan el destino y el alma para írnoslos dando de comer a poquitos, como a las palomas?. ¿Alguien sabe tanto como para no dudar, como para no errar, como para no caer, y abandonar, y tener que volver… o no volver?.
Volver… con la frente marchita, como dice el tango. Y densa la fuente del  pensamiento, entre dudas y realidades, entre autoconsejos y pasiones varias, con minúsculas y con mayúsculas. En la soledad de siempre y rodeada desde lejos por los de siempre. Quizá una estampa nueva de mi Pastora de San Antonio ande perdida en mi viejo atadillo revuelto de recuerdos, de vivencias y de lastres. Tal vez una foto de los chavales, posando o actuando en cualquier teatrucho de pueblo, o aquella que nos hicimos el día que vino Gualberto.
Volver… Que si veinte años son nada… digo yo que siete serán “menos que nada”, ¿no?. Cábala imposible de Matemáticas inexactas de la vida.
Volver… volver… volver… Que el viajero que huye -ya lo decía Gardel- tarde o temprano detiene su andar, y vuelve al primer amor como a la tierra madre, al terruño primero, a la piedra fundamental.
Volver… con la esperanza -humilde, casi imperceptible- de sentir de nuevo, de Ser de nuevo, de bailar de nuevo… aunque ya nada sea lo mismo que fue, ni lo que pudo ser. Aunque siga el alma mutilada de tanto y por tanto, perdida la ingenuidad y la inocencia, y la frente marchita… y las nieves del tiempo plateando mi sien.

martes, 2 de abril de 2013

Salve, Fuente de la Vida. Sea lo que vos queráis...

Salto al vacío. Salto a la vida y en la vida. Sin red ni paracaídas, sin saber el oficio, aunque con vocación, eso sí... por lo menos con vocación.
 
Salto al vacío. Salto a la vida y desde la vida. Sin evadir un instante la sobrevenida de ese universo que constantemente cae sobre mi cabeza, sobre mi corazón... sobre mis manos y todo mi cuerpo.
 
Salto al vacío, y la incertidumbre, y la torpeza, de quien flota a merced de un viento que no controla, que le maneja los pulsos como si fuera una pluma, o un demonio de una flor en primavera.
 
Salto al vacío, a lo demás, a los demás... a lo otro... a lo desconocido. O a lo que quisieras desconocer. O a lo que quisieras conocer más y no conoces.
 
La transfiguración al revés. Qué bien se está aquí... después de haber echado el rato.
 
Recuerdos a fabricar que la intensidad aún no dulcifica. Un mar de nervios. Seguro que se olvida algo. ¿Qué digo que "se" olvida?... ¡Que ME olvido, que no es lo mismo!.
 
Clases, Danzas, pasiones con minúscula y Pasiones, con mayúscula.
 
La vida entera esperando salir al escenario.
 
Y luego... luego está el escenario de la vida. La vida a ganar cada día. La vorágine del momento. Sin parar. Sin pensar acaso. A la deriva de algo cuya primera identidad desconozco.
 
Salve, Fuente de la Vida. Sea lo que vos queráis.

sábado, 9 de marzo de 2013

Pensamiento

Sin tiempo.

Sin tierra.

Sin alas.

El hombre a la deriva de la urgencia establecida.

El hombre y la mujer en la deriva, desposeídos, desterrados de sí mismos, sin tierra, sin puerto, sin punto de llegada ni de partida.

Sin presente.

Sin pasado.

Sin futuro.

El hombre convertido en un destartalado computador sin lugar ni espacio para soñar, para sentir, para crear, para vivir viviendo.

El hombre y la mujer tornados en meras herramientas de metal mal maleado en manos de... ¡Qué sé yo de quién son las manos de este universo de artificio plastificado!.

jueves, 3 de enero de 2013

Jueves

 
 
 
 



Eh, oiga...
 
¿Cuánto pide usted por ese cielo azul intenso, que ilumina y techa de luz la calle?. ¿Cuánto por el blanco encalado de las paredes, matizado con el sol del mediodía?. Por la rama de un naranjo y las ondas que dibuja el viento en la ropa tendida de las azoteas, perdidas en ilusorio cambalache sobre las plantas de los pies descalzos de los balcones -laberinto de azulejos de colores-, sobre el aturdido paso de los transeúntes, y el pulso abigarrado de la calle, del mercadillo, de la ciudad interior que hoy, como es Jueves, cabe toda en esta media calle de mi ciudad.
 
¿Cuánto pide por el efímero sonido del aire chamullando de blues o de flamenco, marcando como surcos de recuerdo en mi alma de gramola vieja?.
 
¿Cuánto?... ¿Cuánto pide por el olor, el color, el sabor, el blandor, de esa magdalena grande, al final de la mañana, frente al Mercado?.
 
Por el olor, el color, el sabor... a cambalache, a Mercado, a vida, a gente, a mañana, a barrio, a Calle... A Feria.
  
 
 
 
Sepa usted... que si yo tuviera... Si me llegara lo que llevo en la mochila... se lo compraría todo sin regateo.
 



... Pero eso es imposible.

martes, 11 de septiembre de 2012

Carmen





Hay que ver Internet lo que mueve. Resulta que una tiene las ventanas abiertas a todas partes sin darse apenas cuanta. Y lo mismo al revés: te asomas por el alféizar de alguna página perdida buscando sabe Dios qué y te salen al encuentro recuerdos, historias, personas o lugares que han formado parte, por algún tiempo, de tu universo personal... Recuerdos, historias, lugares o personas que ni por casual idea pensabas encontrarte en ese justo momento.
 
 
Ayer no sé qué andaba buscando sobre el Carmen de Calatrava, entre sueños y añoranzas de leones y de Hércules... y me encontré con una foto de una bailaora. Una foto del año setenta y cinco. Treinta y siete castañas que tiene ya la foto... las mismas que cuenta esta servidora. Y cuando leo el pie de foto me entero de que la retratada es Carmen Montiel, "una joven bailaora de la escuela de Matilde Coral".
 
 
Carmen Montiel fue, no hace demasiados años, maestra de esta servidora de ustedes durante dos cursos y un verano. Poco tiempo... pero qué intenso.
 
 
Si en otras ocasiones me he dolido, amarga e improductivamente, de un ambiente -el de la Danza- que se ha mostrado ante mí superficial, lleno de hipocresía y prejuicios, deshumanizado por demás, nobleza obliga nombrar a esta señora, quizá la persona más humana y más auténtica de todas con las que me he cruzado en este periplo mío de amores y sinsabores por vocación.
 
 
Recuerdo de ella la nula impostación de su semblante y de su persona. No me pareció nunca una mujer sonriente, ni acaso intentaba serlo. Pero cuando la sonrisa le brotaba era como un rayito de sol colándose en un día nublado por la calle Feria, hendiéndola desde la Resolana a la callejuela Regina.
 
 
Recuerdo el verla cruzar cualquier mañana de Julio con el carrito de la compra lleno por la Avenida de la Soleá hasta la academia. Sus palabras ciertas, aunque dolieran, dentro y fuera del aula... Y un montón de correcciones, de compases, de cadencias...
 
 
Su curiosidad innata por todo lo que tuviera que ver con la Danza, siendo ya una institución como maestra de Flamenco. Solía comparar el Baile con una droga: mientras más tomas, más quieres.
 
 
El absoluto respeto por la idiosincrasia de cada alumno, la personalización de todo cuanto enseñaba… No sabía enseñar en estándar. No sabía, no podía, y acaso no quería despersonalizar la Danza, mirar, corregir, sino a la persona. Persona a persona. Conocedora a aprendiz. Entre iguales esencias, sí... pero ojo: una, la de la maestra, esencia pulida, curtida por la experiencia, plena de autoridad; la otra, la de enfrente, valiosa esencia en bruto, a pulir, a curtir. Me repetía una y otra vez que no la tenía que llamar de usted (yo me resistía, mitad por mi casi enfermiza timidez, mitad porque de sobra sabía lo que tenía enfrente), pero ¡ay! de quien sacara el pie del plato y le perdiera un milígramo del respeto profesional que le correspondía...
 
 
La nula aceptación de prejuicio alguno en cuanto a lo que podría o no llegar a hacer cada uno de nosotros: su función era enseñar, sacar de cada uno de nosotros lo mejor que pudiéramos dar… lo demás… para otra.
 
 
La responsabilidad imbuída de cuidar la más preciada prenda de cualquier danzante, que es su cuerpo mismo. A la clase de Carmen Montiel se podía entrar con maillot o con camiseta, con pantys o con pantalones de ciclista, con una cola o con el moño de Escuela Bolera. Pero no se te ocurriera entrar con el pie desnudo calzando tacón… ni taconearas con las rodillas encajadas sin doblar, ni zapatearas con la punta cayendo en vertical desde arriba… porque te podía mandar a Santa Justa sin pisar el Martinete del “chillío”. Y es que tenía razón: la que de nosotros se dedicara a la Danza, o a la enseñanza de ésta, si no guardábamos nuestro físico con unos mínimos cuidados en cuanto a técnica y en cuanto a material… en cuatro años todas fuera de combate. Lo demás, la imagen… eso para cada uno queda, que sobre el libro de los gustos no hay nada escrito.
 
 
Los Sábados, los Domingos, los entrefiestas des-puenteados… las navidades… Porque Carmen, por más que nos ponía un horario, no trabajaba por horas: Carmen trabajaba por objetivos, por bailes. Si no están los objetivos… hay que echarle más horas. Ya hay que pasar de baile. “¿Os viene bien a todas el Domingo a las diez?”.
 
 
Las batas de cola proletariamente compartidas, amarradas a la cintura con una media inservible ya de carreras. Las broncas por llegar tarde a clase excepto a quien sabía que salía de trabajar. Su sencillez, su naturalidad, su total autenticidad, su falta de cuidado por parecer perfecta, simpática, graciosa, jovial, divertida...
 
 
Carmen no necesitaba nada de eso: estaba tan pasada de sabiduría, de humanidad… de ser Carmen… como lo estaba de compás, de cadencia… De Flamenco… de Danza.
 
 
 
 
Foto: Carmen Montiel, una de las grandes del Baile Flamenco y la docencia de la Danza de mi ciudad.

lunes, 27 de agosto de 2012

La vie en rose


Mediodía de Sábado. Agosto agoniza lánguidamente, sin querer dejar de ser Agosto todavía. Apogeo de luz en la calle Feria. Acabo de salir del Mercado, y tiro para atrás, para la Cruz Verde, para comprar algo en los chinos de la esquina de González Cuadrado.

Voy cargada. La verdad es que no sé muy bien por qué no lo hice al revés: primero acercarme a la Cruz Verde, y luego al Mercado. Probablemente entré desde la Alameda a la altura del Mercado, y no quise esperar más para llevarme mi col, mis papitas nuevas, mi sandía y unas uvas que estaban diciendo en el puesto “co-me-mé”.

Camino. Quizá es poco comprensible el efecto imán que ciertos lugares de mi ciudad causan sobre mi persona. Es algo que me penetra por los ojos, por los oidos, por la piel acaso... pero que difícimente podría explicar. Yo no nací en la calle Feria. Ni en la Alameda. Ni en San Lorenzo. Mi niñez y mi juventud transcurrieron entre dos barriadas de extramuros, una al Norte y otra al Sur de la ciudad. No recuerdo haber jugado en la Plaza de San Lorenzo, ni ir con mi madre al mercado de la calle Feria. Acaso, de muy niña, pasar por la Alameda la tarde de algún Domingo buscando la puerta de una iglesia, no recuerdo cuál. Sin embargo, algo me llama poderosamente a perderme en este paisaje, o paisanaje que, por alguna escondida razón, no me es extraño.

Me hago una con todo lo que me rodea. No pienso. Sólo camino. Se me olvida la carga, quizá de tan asumida. No me molesta el sol, ni el calor. Y no sé por qué, porque el termómetro, probablemente, roza los cuarenta.

Llego a la esquina de la Correduría y tiro para adentro. Y paro. Me llaman a la atención unas notas que salen de algún balcón. Es un piano. No podría jurar que fuera alguien que estuviera tocando dentro, en alguna casa, o quizá una grabación. Incomprensiblemente el eco de aquel sonido me llegó más claro al alma que al oido. Me quedo inmóvil, por un momento. Me siento como una paloma dejando que el sol le entre por entre las alas. Quizá fuera el sol del mediodía... o las notas de aquel piano... que poco a poco, remoloneándose en su propio susurro, iba desgranando una bohemia melodía, como quien tararea cualquier cancioncilla sin apenas darse cuenta.

¿La Vie en Rose?... ¡Sí!... Es La Vie en Rose. La Vie en Rose... Miles de recuerdos vinieron entonces conmigo a aquel rincón de la calle Feria. Pero no querían ser recuerdos. Como animados por el sonido apenas percibido de aquella casi melodía se iban engarzando, enredando en el presente, fundiéndose al calor del sol casi septembrino en esa sensación total que a veces te hace ser y sentirte plena, sin límite.

Y sigo entonces mi marcha. Por el balcón siguen sonando las notas de La Vie en Rose en un piano, sabrá Dios si presente o imaginado. Y yo pienso, cabilo, casi sin darme cuenta...

Qué será de mí si algún día no puedo pasear por la calle Feria.

domingo, 19 de agosto de 2012

Anhelo

Donde habitan los suspiros
de la Bambera gitana,
y los ayes más remotos
que suenan por Seguiriya.
Donde se duerme Sevilla
y se traspasa Triana,
y se hace flor una Nana,
y Sueño una maravilla.
Donde brota la semilla
del Sueño más Sevillano,
y torna en Tango gitano
la clavel de tu mejilla.
Donde juega la chiquilla
que otrora, de niña, fuera,
y llora la Petenera
de destierro y de dolor.
Donde rondada de amor
de tu mano primorosa
pierde su espina la rosa
y desgrana en Ti su olor.
Donde Liviana al calor
de tu sereno albedrío
cruza la Cantiña el río
de la pena a la Alegría.
Donde aguarda el puro día
que crepúsculo no aguarda,
y dos ángeles de guarda
coronan la fantasía.
Donde no existe falsía,
ni injusticia, ni venganza,
y se vuelve la alabanza
feliz, cual la Colombiana,
y juega la Sevillana
a ser oración y Danza.
Donde vive la esperanza
de las cosas que se sueñan,
y las maestras enseñan
con amorosos cayados.
Donde la gente ha olvidado
lo que vale la mentira.
Donde la vida es Guajira,
sin Soleá, sin Taranto.
Donde no te busque tanto
porque te sienta a mi vera,
y toque a mi primavera
terciar de flores su manto.
Donde ya no llega el llanto,
y el alba se ve más clara,
y se acierta a ver tu cara
sin espejos de árbol vivo.
Donde el Martinete, altivo,
tras las lunas se levanta,
y entre fraguas de gargantas
forja de estrellas tu velo.
Donde se vislumbra el Cielo,
y se muere la Taranta.
Donde dos palomas santas
pintan rizos en tu pelo.
Donde mueren mis anhelos,
y la vida se hace gozo,
y se llora de alborozo
ante tus ojos de aurora...
Qué gozo tener, Señora,
un trozo de Edén bendito.
Un compás, un pedacito
de Cielo, apenas un cante.
Una mirada, un instante,
mi bata de bailaora...
Y, vestida de Pastora,
la Gloria de tu semblante.