lunes, 7 de diciembre de 2015

Marinelli



Arquitecturas soñadas. Desiguales perfiles que, a fuerza de soles tibios, han aprendido a jugar con la armonía. Casitas de colores. Formas distintas nunca distantes. Luces y claros de mi diario. La belleza misma al alcance de la mano. La belleza que se usa, que se pisa, se come, se huele, se pasea... que se compra y que se vende el Jueves por la mañana, o la mañana de cualquier día en el Mercado. ¿La belleza pura?. No. La Belleza, tal vez, no es pura nunca. Al menos la de mi barrio. Es la vida, la mezcla incesante, la fusión de toda una baraja de colores, de olores, de formas, lo que la hace penetrantemente intensa, eternamente tuya.
 
El sol de casi el mediodía me da en los hombros por la calle Feria, me cala hasta los huesos. Oigo alguien que canta, una guitarra que suena en algún tugurio, gente que se saluda, mercancía que entra y sale del Mercado. La gente pasa, entra en las tiendas abiertas, compra verdulería, para en la cantina o en La Alegría de la Feria. Huele a chicharrones en la esquina de la calle Amargura. Estoy en casa.
 
A espaldas del instante efímero de mi mediodía de Sábado, Arrayán se hace enredadera entre el trasiego del Mercado y la calma penumbra de San Luis. González Cuadrado presagia el azulejo del Sueño más Sevillano en la esquina de Divina Pastora. A la altura de la Plaza de los Carros, ajeno al tumulto que se forma siempre en Vizcaíno, un suspiro se cuela por Los Maldonados, añejo como cuadro de anticuario, para llegar su aliento hasta San Marcos y morir, adoleciendo, a la sombra fresca de la Plaza de Santa Isabel. 
 
Relator adentro, la casa del Pumarejo sueña pasados perfectos, presentes dis-continuos, futuros condicionados. Y San Luis abajo, un laberinto de callejas: Duque Cornejo, Hiniesta, Lira... hasta llegar a San Julián y a La Moravia.
 
Cuando la Feria extiende sus brazos, sus dedos llegan al paseo, a la Alameda de Hércules. Quintana, Peris Mencheta... La misma Relator que se va sosegando desde Feria hasta San Luis, se va haciendo vida, vibra cuando va llegando de la calle Feria a La Alameda. Y en La Alameda cielo abierto, las cuatro columnas, paisanaje variopinto, gente de paso como cintas de colores diferentes sobre el amarillo del pavimento que, según algún Ayuntamiento creyó en su día, imita el color del albero sevillano. Capillitas del Carmen, rockoides de la Caja Negra, el Avanti, Habanilla, el Corto Maltés, el Café Central, República... Al pie de los leones, Ricardo engarzando y vendiendo colgantes de piedras de colores en su tenderete, el de las "pazlomitas", la pintacaras y el que trae juguetes para que los niños jueguen "por la voluntad".
 
A la altura de la Cruz Verde, una caravana de magos recuerdos pasa por la calle Correduría cada mañana de cinco de enero -epifanía de la Epifanía- para ver florecer la calle de globos de colores. Por la tarde, al paso de la Cabalgata del Ateneo, la calle estará repleta de color y algarabía. No se verán los balcones. Sólo globos y gente disfrazada, cantando, pitando con sus matasuegras de colores. 
 
Mi barrio tiene perfiles, formas, luces, sombras, olores, colores, sabores... que sólo mi barrio conoce y compone cada día en inusitada y diferente armonía desigual. Mi barrio tiene, como aquel que cantaba Gardel, alma.
 
 
Dicen que Albéniz componía como pintan los pintores impresionistas, y que en su paleta de sonidos jugaban los colores de cada rincón de España. Falla musicó la esencia de la quintaesencia -la esencia última- de todo lo andaluz. Turina hizo de Sevilla su partitura más cierta.
 
Rafael Marinelli, sin embargo, siempre me suena a barrio. Tanto, que veces el barrio entero me parece una inmensa copla de Marinelli.



"Calle Feria", de Rafael Marinelli
 

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